- 302 -
Capítulo XLI
Fernando el
Deseado
No hemos examinado aquella agitada
sociedad más que en una sola faz. Las altas regiones del poder han permanecido
impenetrables para nosotros; pero ahora nos toca hacer una excursión hacia los
elevados lugares, lugares que llamaba el público la Casa Grande, para
conocer, aunque no con la profundidad que el caso exige, la fuente del
abominable complot, anteriormente descrito.
En una sala del pabellón, que forma un martillo en la fachada oriental
del Palacio estaba Fernando VII, en la misma noche del motín. En aquel pequeño
despacho no recibía a los ministros; aquella no era la cámara, era la
camarilla. Allí habían privado grandemente en épocas anteriores el duque de
Alagón, Lozano de Torres, Chamorro, Tattischief y otros memorables personajes
de los seis - 303 -
años que siguieron a la
vuelta de Valencey. Alguna vez los ministros eran favorecidos con su admisión
en aquel recinto de perfidias y adulación, y allí las sonrisas de Fernando para
sus secretarios eran siempre siniestras. Cuando
sonreía a un liberal, malo. Este axioma cortesano tuvo gran boga del 20 al 23.
Aquella noche estaba con Coletilla, su perro favorito. Sentados junto a una
mesa el uno frente al otro, tenían delante unos papeles, que sin duda eran cosa
importante por la atención con que los leían y anotaban y por la actitud
satisfecha con que el Rey celebraba lo que allí estaba escrito. Fernando se
permitía algunas agudezas de vez en cuando, porque era hombre, como todos
saben, que poseía en grado eminente la propensión a la burla, que ha sido
siempre constantemente adorno del carácter borbónico. Coletilla, que no
acostumbraba a reírse, reía también, por considerar desacato no reproducir en
su fisonomía complaciente y esclava todas las alteraciones de la regia faz de
su amo.
«Señor, esta noche - dijo - , es la noche de la redención. ¡Dios
quiera en su altísima justicia que nuestra empresa llegue a feliz término! Yo
así lo espero; confío mucho en el valor de los que están encargados del negocio.
Señor, V. M. recobrará sus divinos atributos, usurpados por una turba de
habladores sin honor ni nobleza. España va a despertar. ¡Ay de aquellos que
sean sorprendidos en el error, cuando la patria sacuda su letargo, abra los
ojos y vea...!».
Fernando no contestó: había
inclinado la cabeza y parecía muy meditabundo. La luz de una lujosa lámpara le
iluminaba completamente el rostro, aquel rostro execrable que, para mayor
desventura nuestra, reprodujeron infinidad de artistas, desde Goya hasta
Madrazo. Es terrible la infinita abundancia de retratos de aquella cara
repulsiva que nos legó su reinado. España está infestada de efigies de Fernando
VII, ya en estampa, ya en lienzo. Esa cara no se parece a la de tirano alguno,
como Fernando no se parece a ningún tirano. Es la suya la más antipática de las
fisonomías, así como es su carácter el más vil que ha podido caber en un ser
humano. Estupenda nariz, que sin ser deforme como la del conde - duque de
Olivares, ni larga como la de Cicerón, ni gruesa como la de Quevedo, ni tosca
como la de Luis XI, era más fea que todas estas, formaba el más importante
rasgo de su rostro, bastante lleno, abultado en la parte inferior, y colocado
en un cuerpo de buenas proporciones. La vanidad austriaca no hubiera - 304 -
puesto su boca prominente debajo de la nariz borbónica,
símbolo de doblez, con más acierto y simetría que como estaba en la cara de
Fernando VII. Dos patillas muy negras y pequeñas le adornaban los carrillos, y
sus pelos erizados a un lado y otro parecían puestos allí para darle la
apariencia de un tigre en caso de que su carácter cobarde le permitiera dejar
de ser chacal. Eran sus ojos grandes y muy negros, adornados con pobladísimas
cejas que los sombreaban, dándoles una apariencia por demás siniestra y hosca.
Respecto a su carácter, ¿qué
diremos? Este hombre nos hirió demasiado, nos abofeteó demasiado para que
podamos olvidarle. Fernando VII fue el monstruo más execrable que ha abortado
el derecho divino. Como hombre, reunía todo lo malo que cabe en nuestra naturaleza;
como Rey, resumió en sí cuanto de flaco y torpe pueda caber en la potestad
real. La revolución de 1812, primera convulsión de esta lucha de cincuenta
años, que aún dura y tal vez durará mucho más, trató de abatir la tiranía de
aquel demonio, y en sus dos tentativas no lo consiguió. La Revolución hubiera
abatido a Nerón, a Felipe II, y no abatió a Fernando VII. Es porque este hombre
no luchó nunca frente a frente con sus enemigos, ni les dio campo. No fue
nuestro tirano descarado y descubiertamente abominable; fue un histrión que
hubiera sido ridículo a no tratarse del engaño de un pueblo. Nos engañó desde
niño, cuando fraguando una conspiración contra un favorito aborrecido, muy
superior a Fernando por su inteligencia, adquirió una popularidad que pronto pagó
España con la sangre de sus mejores hijos. Fernando fue mal hijo: conspiró
contra su padre Carlos IV, cuya imbecilidad no disminuía el valor de su
benevolencia; conspiró contra el Trono que debía heredar más tarde, y aun
amenazó la vida del que le dio el ser. Después se arrastró a los pies de
Napoleón como un pordiosero, mientras España entera sostenía por él una lucha
que asombró al mundo. Al volver del destierro, pagó los esfuerzos de los que él
llamaba sus vasallos, con la más fría ingratitud, con la más necia arrogancia,
con la anulación de todos los derechos proclamados por los constituyentes de
Cádiz, con el destierro o la muerte de los españoles más esclarecidos; encendió
de nuevo las hogueras de la Inquisición; se rodeó de hombres soeces, despreciables
e ignorantes, que influían en los destinos públicos, como hubiera podido
influir Aranda en las decisiones de Carlos III; persiguió la virtud, el saber,
el valor; dio abrigo a la necedad, a la doblez, - 305 -
a la cobardía, las tres fases de su carácter. Restablecido
a pesar suyo el sistema constitucional, tascó el freno, disimuló como él sabía
disimular, guardando el veneno de su rabia devorando su propio despecho,
encubriendo sus intentos con palabras que nunca pronunció antes sin risa o
encono. Lo que es capaz de tramar un ser de estos, tan hipócritas como
cobardes, se comprende por lo que tramó Fernando en aquellos tres años desde
las mil facciones y complots realistas, alimentados por él, hasta el complot
final de los cien mil hijos de San Luis, que Francia mandó al Trocadero. Así
recobró lo que en su jerga real llamaba él sus derechos, inaugurando los diez
años de fusilamientos y persecuciones en que la figura de Tadeo Calomarde
apareció al lado de Fernando, como Caifás al lado de Pilatos. El pacto
sangriento de estos dos monstruos terminó en 1823, en que Dios arrancó de la
tierra el alma del Rey, y entregó su cuerpo a los sótanos del Escorial, donde
aún creemos que no ha acabado de pudrirse.
Pero con este fin no acabaron
nuestras desdichas. Fernando VII nos dejó una herencia peor que él mismo, si es
posible: nos dejó a su hermano y a su hija, que encendieron espantosa guerra.
Aquel Rey que había engañado a su padre, a sus maestros, a sus amigos, a sus
ministros, a sus partidarios, a sus enemigos, a sus cuatro esposas, a sus
hermanos, a su pueblo, a sus aliados, a todo el mundo, engañó también a la
misma muerte, que creyó hacernos felices librándonos de semejante diablo. El
rasgo de miseria y escándalo no ha terminado aún entre nosotros.
Pero no hagamos historia, y sigamos
nuestro cuento.
«¿Y olvidaréis, señor, lo que me
habéis prometido para mi sobrinillo? -
dijo Elías - . ¡Ah! Yo quisiera que V. M. le conociera: es el botarate mayor
que ha nacido. Anoche habló en la Fontana y les volvió locos. Le
aplaudían con unas ganas... yo también le aplaudí. Con tres oradores así, nos
hubiéramos ahorrado mucho dinero. El pobre ha hecho bastante. Sí, señor: mi
sobrino lo merece, lo merece...».
- Basta que sea tu sobrino, y que tú tengas
empeño en darle ese destinillo... Sí: te lo nombro consejero de la intendencia
de Filipinas. Hará carrera. A mí me gustan los chicos así... exaltados...
- Señor
- dijo Elías humillando su cabeza hasta tocar con la nariz el tapete de
la mesa - , yo no sé cómo V. M. no se cansa de protegerme. Yo, que jamás oculto
la verdad - 306 -
a V. M., me atrevo a
decirle respetuosamente que mi sobrinillo no merece semejante favor. Es un
loco: tiene la cabeza llena de desatinos, y creo que jamás será un hombre
formal. Si me atreví a pedir a V. M. ese favor, fue por los servicios que ha
prestado el chico a nuestra santa causa, uniéndose a esos admirables, aunque
indirectos, instrumentos de justicia que esta noche van a salvar a la patria.
- Tu sobrino merece el destino, y punto concluido.
Aquí tengo el decreto - dijo el Rey
mostrando uno de los papeles.
Después añadió sonriendo:
«Al fin llegará un día en que promulgue una ley por mi cuenta y riesgo. Si viniera Felíu y viera
estos decretos hechos y firmados por mí sin consultarle...».
- Me parece que no los verán Felíu ni otros
muchos: de eso respondo - dijo Coletilla
siniestramente - . Dios permitirá que las sabias leyes de un Rey justo salgan a
luz pública y lleven el orden, la obediencia y el respeto al ánimo de todos los
españoles. Mañana, señor, mañana. Lo primero, señor - prosiguió después de haber mirado al cielo
un buen rato - , es nombrar los capitanes generales y los regentes de todas las
Audiencias, gente de confianza que vaya al momento a cumplir las leyes
perentorias de seguridad pública que les daréis.
El Rey hizo con la mano ese gesto frecuentísimo que indica la actitud de
castigar. Una
contracción de boca dio la última expresión a aquel gesto admirable.
«Señor - continuó el consejero áulico - , yo me atrevería
a recomendar a V. M. una cosa; y es que nada sería más funesto que una
clemencia, que podríamos llamar criminal. Recuerde V. M. lo del año 14. Si
ahora, como entonces, se contenta V. M. con mandar al Fijo de Ceuta a ciertas
personas...».
Coletilla, aunque observaba siempre
en la conversación las fórmulas de la etiqueta absolutista, hizo con la mano,
fijando el pulgar bajo la barba y agitando los demás dedos, un gesto que el Rey
entendió perfectamente.
«Ya veremos lo que se hace - dijo Fernando significando con una
oscilación de su labio que no sería tan blando como en 1814 - . Ya son las
doce - añadió, mirando un reloj - .
¿Sabes que no se siente por ahí todo el ruido que fuera de desear?».
- Por aquí no vendrán, señor. Ya saben que
está aquí la Guardia Real, que no admite bromas.
- Ya la Guardia sabe lo que tiene que hacer:
acercarse - 307 -
aquí y no hacer
manifestaciones en favor de nadie. Después...
- Me parece que siento ruido de voces...
allá... hacia los Caños - dijo Coletilla
acercándose al balcón y aplicando el oído con la insidiosa cautela de un
ratero.
- Sí; pero es hacia San Marcial, hacia allá
abajo. Creo que en la plaza de Afligidos pasa algo ya - dijo el Rey.
- Sí: allí deben estar ya. Allí es la cosa...
¿No se horroriza V. M. al considerar qué planes inicuos podría fraguar allí esa
gente? Tal vez algún atentado contra el Trono o contra la vida de V. M. ¿Quién
sabe? Todo se puede esperar de los liberales.
- Alguna coalición parlamentaria, como dicen.
Pensarían presentar alguna ley, y se ponían de acuerdo con la mayoría para
votarla.
- Para eso, señor, no se reúnen tantas
personas de noche, con tales precauciones y con el mayor secreto.
- Es que me tienen miedo - dijo el Borbón - . Saben muy bien que yo
puedo destruir sus planes acá con mi gramática parda, sin andarme en
constitucionalidades. ¡Oh! Bien me conocen ellos. También me figuro que han
tenido noticia por algún conducto de mis relaciones con la Santa Alianza, o
habrán sabido mi correspondencia con Luis XVIII. Pero con tal que lo de esta
noche salga bien, poco importa lo demás.
En Palacio cundió la alarma con las
noticias que llegaron del tumulto de la capital. El Monarca, cuando recibió a
sus gentiles - hombres y al jefe de la guardia, se mostró muy sorprendido, y
hasta juró que tendrían los amotinados pronto y ejemplar castigo. Volvió a la
camarilla y al lado de su consejero áulico, que estaba alborozado por haber
sentido una algazara más fuerte que la anterior.
«Señor - murmuró - , ya, ya... Por el ruido parece
como que vuelven».
-
¿Vuelven? - dijo el Rey con ansiedad - .
¿De dónde?
- De allí. ¡Vuelven! Tal vez
trayendo por trofeo...
Mucho tiempo estuvieron los dos
escuchando con grande atención y ansiedad. Pasaron media hora en silencio, sólo
interrumpido por algunas frases de Coletilla y algunos monosílabos del Deseado.
Al fin sintieron el ruido de un coche que
paraba a las puertas del Palacio.
«¿Quién será?» dijo el Rey con una gran alteración de semblante y
pasando a la cámara.
Anunciaron al ministro de la Gobernación. Fernando volvió a la camarilla
y miró a Elías con una cara en que el consejero áulico leyó despecho y
desaliento.
- 308 -
«¡El ministro de la Gobernación! ¿No me dijiste que
iba también allí?».
- Señor
- dijo Coletilla, en la actitud de una zorra apaleada - , preciso es que
haya acontecido algo extraordinario. Felíu iba también allá.
- ¡Está aquí!
- dijo Fernando, hiriendo fuertemente el suelo con el pie - . Todo se ha
perdido. Felíu viene: escóndete por ahí cerca. Le recibiré aquí mismo. Quiero
que oigas lo que dice.
Escondiose Coletilla. El Rey hizo pasar al ministro a la camarilla. Venía Felíu muy agitado;
pero Fernando estaba sereno, al menos en apariencia. Indicó que acababa en
aquel momento de tener noticia de una borrasca popular, y que la juzgaba de
poca importancia.
«Señor - dijo el secretario - , más que un motín
producido por el descontento del pueblo, parece esto un complot ideado por
personas que hacen de ese mismo pueblo un instrumento de disolución y anarquía».
- ¿Pero quién, pero quién? - dijo Fernando, fingiéndose incomodado, y lo
estaba en realidad, aunque por causa distinta.
- Esos exaltados, enemigos constantes del
Gobierno de V. M. porque no les permite llevar el uso de los derechos hasta el desenfreno.
- ¿Pero qué piden esta noche?
- Han pretendido allanar la casa de Álava; han
intentado asesinarle, a juzgar por la actitud de las turbas que allí se
reunieron. Pero avisado oportunamente por un joven que estaba en el secreto de la
conspiración, dio parte y se colocaron algunas fuerzas dentro de la casa,
pudiendo evitar un horrible crimen.
- ¿Y dónde ha sido eso?
- En la plazuela de Afligidos.
- ¿No vivía Álava en la calle de Amaniel? - preguntó el Rey con una mirada que estuvo a punto de
turbarle.
- Sí, señor: allí vivía; pero desde algún
tiempo se ha mudado a esta otra casa, que es suya también. Por fortuna, las
turbas no han podido realizar su infame designio. Al separarme yo de mis
compañeros, el ministro de la Guerra había dado las órdenes necesarias, y el
orden estaba restablecido completamente.
- Pero no puedo comprender que se amotinara
todo un pueblo para atropellar a un solo hombre. ¿No sería que en esa casa se
reunían muchos de los que el pueblo odia? De cualquier modo que sea, es preciso
un pronto castigo. Espero que no os dejaréis burlar por esa canalla. Caiga el - 309 -
peso de la ley sobre ella, y a ver si de una vez se acaban
estos motines, Felíu, que bien puede asegurarse que desde que tienen libertad
los españoles no nos acostamos un día tranquilos.
- Señor, los esfuerzos del Gobierno son
inútiles para conseguir ese fin. Es cosa que desespera y aturde ver cómo nos es
imposible tranquilizar a ciertas gentes. Por todas partes aparecen partidas de
facciosos movidas por una parte del clero. Hay todavía muchos espíritus
apocados que no quieren creer que el interés de V. M. y de la nación consiste
en el sistema que todos amamos y defendemos. Hay personas tan ciegas, que aún
no han llegado a comprender que es V. M. el que más ama la Constitución y el
que más desea su cumplimiento. Todas las leyes liberales que V. M. sanciona y
promulga con gran sabiduría, no bastan a convencerles. ¿Qué hacemos contra
tales gentes?
Fernando estaba ciego de furor al
comprender dónde iban dirigidas las embozadas alusiones del ministro. Era tan
rastrero y cobarde que, a pesar de su ira, habló para fulminar anatemas contra
los que aún soñaban con la restauración del Absolutismo.
«El atentado de esta noche se ha
reprimido - dijo el ministro - . ¡Quiera
Dios que podamos impedir los que traten de perpetrar mañana! Es preciso buscar
en su origen el remedio de este mal. Yo creo que el partido exaltado no es el
único autor de estos desórdenes».
- ¿Pues quién?
- preguntó el Rey, que, a pesar de su cobardía, sintió en aquel momento
herida su dignidad, y se puso muy encendido - . ¿Quién, Felíu?
- Señor, yo me encargaré de averiguarlo, y
propondré a V. M. los medios de darles un ejemplar castigo. Se sabe que entre
la juventud más acalorada se ingieren ciertas personas que jamás tuvieron nota
de liberales ni mucho menos. Dicen que esas personas trabajan continuamente
para llevar al pueblo a los excesos que lamentamos. Esas gentes, señor, son a
mi modo de ver los mayores enemigos de V. M. Sobre ellos debemos dirigir los
ojos de la vigilancia y la mano de la justicia.
- Sí -
contestó Fernando con su acostumbrada hipocresía - . Sí: hay insensatos que
juzgan que para mí hay gloria, hay dignidad fuera de la Constitución, y estoy
dispuesto a castigar a esos con más rigor que a los frenéticos demagogos.
Energía, energía es lo que quiero.
- Señor, no tengo palabras con que abominar
bastante la conducta de un hombre muy conocido en Madrid; uno - 310 -
que ha tenido la osadía de usar, profanándolo, el nombre de
V. M. para disculpar sus horribles maquinaciones. Ese hombre es más criminal
que los mayores asesinos, que los más rabiosos anarquistas; ese hombre corrompe
al pueblo, corrompe a la juventud exaltada; frecuenta los clubs... Pero nada de
esto sería grave si no se atreviera a tomar en boca un nombre que aman todos
los españoles como símbolo de paz y libertad. Ese hombre se llama Elías, y es
conocido por Coletilla en los clubs.
- Pues a ese y a otros como ese es preciso
exterminarlos - dijo el Rey, usando su
palabra favorita - . Esa canalla es la que más daño hace a mis intenciones,
extraviando la opinión del pueblo.
- Yo respondo, Señor, que de esta vez haré
todo lo posible para que ese hombre no se escape. Ya otras veces se ha
procurado prenderle; pero no sé cómo consigue evadirse de la justicia, y pasea
después su cinismo por todas las calles de Madrid, por todos los clubs. Esta
vez no creo que se nos escape. Ya daremos con él. Precisamente esta noche
Bozmediano, que se hallaba en casa de Álava, me ha dicho que tuvo noticia del
complot pocas horas antes de haber sido intentado, por un sobrino del mismo
Coletilla, joven que el infame quiso poner al servicio de sus viles propósitos.
- Pues es preciso premiar a ese joven - dijo Fernando, empeñado cada vez más en
disimular la agitación que le dominaba.
- Sí, señor: es un joven de mérito, según me
ha dicho Bozmediano, y muy buen liberal. Antes de ocurrir este lance me lo
había propuesto para una plaza de oficial en el Consejo de Estado, y lo he
concedido.
- Bien: me gusta que se premie esa clase de
servicios.
- Mañana podré traer a V. M. un parte
detallado de lo ocurrido esta noche. Además, creo que el ministro de la Guerra
no tardará, y él enterará a V. M. de las precauciones que hemos tomado.
- ¿Esta
noche? - dijo el Rey con hastío.
- Veo que V. M. quiere descansar.
Pero esta noche no hay nada que temer. Puede V. M. reposar tranquilo.
- Bien, puedes retirarte.
Fuese el ministro, y es de creer
que se fue satisfecho por haber dicho cosas que sólo en aquellos momentos de
irritación y sobresalto se hubiera atrevido a decir al Soberano. Felíu era
hombre tímido, y es la verdad que a su indecisión se debieron muchos de los
lamentables sucesos ocurridos en aquel trastornado período.
- 311 -
Cuando Fernando se encontró solo abrió una mampara, y
Elías, que estaba oculto, se presentó. La imagen del consejero áulico daba
pavor. Estaba lívido; le temblaban los labios, secos por el calor de un aliento
que sacaba del pecho el fuego de todos sus rencores. Crispaba los puños, y aun
se hería con ellos en la frente, produciendo el sonido desapacible que resulta
de la seca vibración de dos huesos que se chocan.
«¿Ves? - le dijo el Rey encendido de furor, y dando
en el suelo una real patada, que estremeció la sala - . ¿Ves lo que ha pasado?
¿Oíste? Vuelve a decirme que todo era cosa segura, que confiara en ti, que tú
lo harías todo. ¡Ah, qué desgraciado soy!
- añadió con desaliento - . ¡Que no encuentre yo un hombre! ¡Un hombre
es lo que yo necesito, un hombre!».
- Señor
- murmuró Elías, alejado del Rey como el perro que ha recibido un palo
de su amo - . ¡Señor, nos han vendido!... ¡Ese sobrino mío, ese infame nos ha
vendido!
- No - dijo
Fernando con repentino acceso de ira - : tú, con tu imprudente conducta, me has
comprometido. Ya ves, todo el mundo sabe que eres agente mío. ¿No viste cómo
con buenas palabras me lo dijo Felíu? ¡Oh, le hubiera arrancado la lengua! ¡Tú
me has vendido!
- Señor
- replicó Coletilla, con voz en que había algo de llanto - ; señor,
traspasadme el corazón, pero no digáis que os he vendido. Yo no puedo venderos.
Abofeteadme; escupidme, Señor, antes que decirme tal cosa... Vuestra causa ha
sido siempre mi único pensamiento; a ella me he dedicado con toda la actividad
de que soy capaz. Es que Dios, Señor, permite ciertas cosas; Dios pone a prueba
nuestro temple y nuestro valor. No me culpéis a mí, señor; yo os he servido
como un perro.
En aquel momento, podemos
asegurarlo, Coletilla habría quedado muy satisfecho si Fernando hubiera cogido
en su cobarde mano la espada augusta de sus mayores, atravesándole con ella.
Pero Fernando no hizo tal cosa. Coletilla sintió todo el menosprecio de su amo,
y aquel puntapié moral le lastimó más que una puñalada. El fanático realista
hubiera visto con terror, pero no con asombro, que el Deseado le mandara colgar
de una almena o le hiciera apoyar la cabeza sobre el tajo feudal para recibir
el hachazo del verdugo. Acercose al Rey, se le
arrodilló delante, y dijo con gran energía:
«Señor: yo os juro, en nombre de
vuestros mayores, que esta derrota aparente que hemos sufrido no es más que el
preludio de la gran victoria que ha de poner remate - 312 -
a nuestra empresa. ¡Yo os lo juro! Despreciad las alusiones
de Felíu, despreciadlo todo. Seguid; sigamos. Los leales existen; sólo falta el
primer paso. ¿Tropezamos esta noche? Mañana no tropezaremos: os respondo de
ello, os lo juro».
Levantose lentamente; hizo una
profunda reverencia, inclinándose lo más que pudo, y se dirigió a la puerta,
volviendo el rostro varias veces a ver si el Rey le miraba. El Rey no le miró.
Estaba muy ensimismado: de vez en cuando hería el suelo con el pie, ocultando
la cabeza entre las manos sin decir palabra. Coletilla, desde la puerta, esperó
una mirada del Deseado: no la consiguió, y fuese, sintiendo, al par de su
concentrada rabia, dolorosa impresión de agravios y desconsuelo que le ponía en
el corazón un dolor inaudito.
|