- 20 -
Capítulo II
El club patriótico
En la Fontana es preciso
demarcar dos recintos, dos hemisferios: el correspondiente al café, y el
correspondiente a la política. En el primer recinto había unas cuantas mesas
destinadas al servicio. Más al fondo, y formando un ángulo, estaba el local en
que se celebraban las sesiones. Al principio el orador se ponía en pie sobre
una mesa, y hablaba; después el dueño del café se vio en la necesidad de
construir una tribuna. El gentío que allí concurría era tan considerable, que
fue preciso arreglar el local, poniendo bancos ad hoc; después, a
consecuencia de los altercados que este club tuvo con el Grande Oriente,
se demarcaron las filiaciones políticas; los exaltados se encastillaron en la Fontana,
y expulsaron a los que no lo eran. Por último, se determinó que las sesiones
fueran secretas, y entonces se trasladó el club al piso principal. Los que
abajo hacían el gasto tomando café o chocolate, sentían en los momentos
agitados de la polémica un estruendo espantoso en las regiones superiores, de tal
modo, que algunos, temiendo que se les viniera encima el techo con toda la mole
patriótica que sustentaba, tomaron las de Villadiego, abandonando la costumbre
inveterada de concurrir al café.
Una de las cuestiones que más
preocupaban al dueño fue la manera de armonizar lo mejor posible el patriotismo
y el negocio, las sesiones del club y las visitas de los parroquianos. Dirigió
conciliadoras amonestaciones para que no hicieran ruido; pero esto parece que
fue interpretado como un primer conato de servilismo, y aumentó el ruido, y se
fueron los parroquianos.
En la época a que nuestra historia
se refiere, las sesiones estaban todavía en la planta baja. Aquellos fueron los
- 21 -
buenos días de la Fontana.
Cada bebedor de café formaba parte del público.
Entre los numerosos defectos de
aquel local, no se contaba el de ser excesivamente espacioso: era, por el
contrario, estrecho, irregular, bajo, casi subterráneo. Las gruesas vigas que
sostenían el techo no guardaban simetría. Para formar el café fue preciso
derribar algunos tabiques, dejando en pie aquellas vigas; y una vez obtenido el
espacio suficiente, se pensó en decorarlo con arte.
Los artistas escogidos para esto
eran los más hábiles pintores de muestra de la Villa. Tendieron su mirada de
águila por las estrechas paredes, las gruesas columnas y el pesado techo del
local, y unánimes convinieron en que lo principal era poner unos capiteles a
aquellas columnas. Improvisaron unas volutas, que parecían tener por modelo las
morcillas extremeñas, y las clavaron, pintándolas después de amarillo. Se pensó
después en una cenefa que hiciera el papel de friso en todo lo largo del salón;
mas como ninguno de los artistas sabía tallar bajo - relieves, ni se conocían
las maravillas del cartón - piedra, se convino en que lo mejor sería comprar un
listón de papel pintado en los almacenes de un marsellés recientemente
establecido en la calle de Majaderitos. Así se hizo, y un día después la
cenefa, engrudada por los mozos del café, fue puesta en su sitio. Representaba unos
cráneos de macho cabrío, de cuyos cuernos pendían cintas de flores que iban a
enredarse simétricamente en varios tirsos adornados con manojos de frutas,
formando todo un conjunto anacreóntico - fúnebre de muy mal efecto. Las
columnas fueron pintadas de blanco con ráfagas de rosa y verde, destinadas a
hacer creer que eran de jaspe. En los dos testeros próximos a la entrada, se
colocaron espejos como de a vara; pero no enterizos, sino formados por dos
trozos de cristal unidos por una barra de hojalata. Estos espejos fueron
cubiertos con un velo verde para impedir el uso de los derechos de domicilio
que allí pretendían tener todas las moscas de la calle. A cada lado de estos
espejos se colocó un quinqué, sostenido por una peana anacreóntico - fúnebre
también, en donde se apoyaba el receptáculo; y este recibía diariamente de las
entrañas de una alcuza, que detrás del mostrador había, la substancia necesaria
para arder macilento, humeante, triste y hediondo hasta más de media noche,
hora en que su luz, cansada de alumbrar, vacilaba a un lado y otro como quien
dice no, y se extinguía, - 22 -
dejando que salvaran la patria a obscuras los
apóstoles de la libertad.
El humo de estos quinqués, el humo
de los cigarros, el humo del café habían causado considerable deterioro en el
dorado de los espejos, en el amarillo de los capiteles, en los jaspes y en el
friso clásico. Sólo por tradición se sabía la figura y color de las pinturas
del techo, debidas al pincel del peor de los discípulos de Maella.
Los muebles eran muy modestos:
reducíanse a unas mesas de palo, pintadas de color castaño, simulando caoba en
la parte inferior, y embadurnadas de blanco para imitar mármol en la parte
superior, y a medio centenar de banquillos de ajusticiado, cubiertos con
cojines de hule, cuya crin, por innumerables agujeros, se salía con mucho gusto
de su encierro.
El mostrador era ancho; estaba
colocado sobre un escalón, y en su fachada tenía un medallón donde las
iniciales del amo se entrelazaban en confuso jeroglífico. Detrás de este
catafalco asomaba la imperturbable imagen del cafetero, y a un lado y otro de
este, dos estantes donde se encerraban hasta cuatro docenas de botellas. Al
través de la mitad de estos cristales se veían también bollos, libras de
chocolate y algunas naranjas; y decimos la mitad de los cristales, porque la
otra mitad no existía, siendo sustituida por pedazos de papel escrito,
perfectamente pegados con obleas encarnadas. Por encima de las botellas, por
encima del estante, por encima de los hombros del amo, se veía saltar un gato
enorme, que pasaba la mayor parte del día acurrucado en un rincón, durmiendo el
sueño de la felicidad y de la hartura. Era un gato prudente, que jamás
interrumpía la discusión, ni se permitía maullar ni derribar ninguna botella en
los momentos críticos. Este gato se llamaba Robespierre.
En el local que hemos descrito se
reunía la ardiente juventud de 1820. ¿De dónde habían salido aquellos jóvenes?
Unos salieron de las Constituyentes del año 12, esfuerzo de pocos, que acabó
iluminando a muchos. Otros se educaron en los seis años de opresión posteriores
a la vuelta de Fernando. Algunos brotaron en el trastorno del año 20, más
fecundo tal vez que el del 12. ¿Qué fue de ellos? Unos vagaron proscriptos en
tierra extranjera durante los diez años de Calomarde; otros perecieron en los
aciagos días que siguieron a la triste victoria de los cien mil nietos de San
Luis. Entre los que lograron vivir más que el inicuo Fernando, algunos
defendieron el mismo principio con igual entereza; otros, creyendo sustentarle,
- 23 -
tropezaron con las exigencias de una
generación nueva. Encontráronse con que la generación posterior avanzaba más
que ellos, y no quisieron seguirla.
Al crearse el club, no tuvo más
objeto que discutir en principio las cuestiones políticas; pero poco a poco
aquel noble palenque, abierto para esclarecer la inteligencia del pueblo, se
bastardeó. Quisieron los fontanistas tener influencia directa en el gobierno.
Pedían solemnemente la destitución de un ministro, el nombramiento de una autoridad.
Demarcaron los dos partidos moderado y exaltado, estableciendo
una barrera entre ambos. Pero aún descendieron más. Como en la Fontana
se agitaban las pasiones del pueblo, el gobierno permitía sus excesos para
amedrentar al Rey, que era su enemigo. El Rey, entre tanto, fomentaba
secretamente el ardor de la Fontana, porque veía en él un peligro para
la libertad. La tradición nos ha enseñado que Fernando corrompió a alguno de
los oradores e introdujo allí ciertos malvados que fraguaban motines y disturbios
con objeto de desacreditar el sistema constitucional. Pero los ministros, que
descubrían esta astucia de Fernando, cerraban La Fontana, y entonces
esta se irritaba contra el gobierno y trataba de derribarlo. Fomentaba el Rey el
escándalo por medio de agentes disfrazados; ayudaba el club a los ministros;
estos le herían; vengábase aquel, y giraban todos en un círculo de intrigas,
sin que los crédulos patriotas que allí formaban la opinión conociesen la
oculta trascendencia de sus cuestiones.
Pero oigamos a Calleja, que pide a
voz en cuello que comience la sesión. Dos elementos de desorden minaban la Fontana:
la ignorancia y la perfidia. En el primero ocupaba un lugar de preferencia el
barbero Calleja. Este patriota capitaneaba una turba de aplaudidores semejantes
a él, y la tal cuadrilla alborotaba de tal modo cuando subía a la tribuna un
orador que no era de su gusto, que se pensó seriamente en prohibirle la
entrada.
En la noche a que nos referimos,
nuestro hombre daba con sus pesadas manos tales palmadas, que sonaban como
golpes de batán, y los demás metían ruido dando porrazos en el suelo con los
bastones. En vano pedían silencio y moderación los del interior, personas entre
las cuales había diputados, militares de alta graduación, oradores famosos. Los
bullangueros no callaron hasta que subió a la tribuna Alcalá Galiano.
Era este un joven de estatura más
que regular, erguido, delgado, de cabeza grande y modales desenvueltos y
- 24 -
francos. Tenía el rostro bastante
grosero, y la cabeza poblada de encrespados cabellos. Su boca era grande, y muy
toscos los labios; pero en el conjunto de la fisonomía había una clara
expresión de noble atrevimiento, y en su mirada profunda la penetración y el
fuego de los ingenios de la antigua raza.
Comenzó a hablar relatando un suceso
de la sesión anterior, que había dado ocasión a que salieran de la Fontana
Garelli, Toreno y Martínez de la Rosa. Indicó las diferencias de principio que
en lo sucesivo habían de separar a los moderados de los exaltados, y pintó la
situación del gobierno con exactitud y delicadeza. Pero cuando con más robusta
voz y elocuencia más vigorosa hacía un cuadro de las pasadas desdichas de la
nación, ocurrió un incidente que le obligó a interrumpir su discurso. Era que
se oía en la calle fuerte ruido de voces, el cual creció formando gran
algazara. Muchísimos se levantaron y salieron. El auditorio empezó a disminuir,
y al fin disminuyó de tal modo, que el orador no tuvo más remedio que callarse.
Cortado y colérico estaba el andaluz
cuando bajó de la tribuna3. El tumulto aumentaba fuera, y
por fin no quedaron en el café sino cinco o seis personas. Estas querían
satisfacer la curiosidad, y acompañadas del mismo Galiano, salieron también.
En diez minutos la Fontana se
quedó sin gente, y el rumor exterior pasaba, se oía cada vez más lejano, porque
andaba a buen paso la oleada de pueblo que lo producía. Todas las señales eran
de que había comenzado una de aquellas asonadas tan frecuentes entonces.
Era ya tarde: los quinqués habían
llegado al tercer período de su reverberación dificultosa, es decir, estaban en
los instantes precursores de su completo aniquilamiento, y las mechas despedían
humo más hediondo y abundante. Uno de los mozos se había marchado a dormir; otro
roncaba junto a la puerta, y el tercero había salido con los parroquianos. A lo
lejos se oía un eco de voces siniestras, las voces del tumulto popular, que
rodaba por la villa, agitándola toda.
El cafetero continuaba inmóvil en su
trípode. Dos luminosos puntos de claridad verdosa brillaban detrás de él. Era
Robespierre que se acercaba a su amo, y saltando por encima de sus hombros, se
ponía delante para recibir - 25 -
una caricia. El hombre del café le pasó la mano afectuosamente por el
lomo, y el animal, agradecido, alzó el rabo, arqueó el espinazo, se lamió los
bigotes, y después de estirarse muy a sabor, se volvió a su rincón, donde se
agazapó de nuevo.
Frente por frente al mostrador, y en
el más obscuro sitio del café, principió a destacarse una figura humana,
invisible hasta entonces. Esta persona salía de la sombra, y avanzando
lentamente hacia el mostrador, entraba en el foco de la escasa luz que aclaraba
el recinto, siendo posible entonces observar las formas de aquel silencioso y
extraño personaje.
Era un hombre de edad avanzada; pero
en vez de la decrepitud propia de sus años, mostraba entereza, vigor y energía.
Su cara era huesosa, irregular, sumamente abultada en la parte superior; la
frente tenía una exagerada convexidad, mientras la boca y los carrillos
quedaban reducidos a muy mezquinas proporciones. A esto contribuía la falta
absoluta de dientes, que, habiendo hecho de la boca una concavidad vacía,
determinaba en sus labios y en sus mejillas depresiones profundas que hacían
resaltar más la angulosa armazón de sus quijadas. En su cuello, los tendones,
huesos y nervios formaban como una serie de piezas articuladas, cuyo movimiento
mecánico se observaba muy bien, a pesar de la piel que las cubría. Los ojos
eran grandes y revelaban haber sido hermosos. Por extraño fenómeno, mientras
los cabellos habían emblanquecido enteramente, las cejas conservaban el color
de la juventud, y estaban formadas de pelos muy fuertes, rígidos y erizados. Su
nariz corva y fina debió también de haber sido muy hermosa, aunque al fin, por
la fuerza de los años, se había afilado y encorvado más, hasta el punto de ser
enteramente igual al pico de un ave de rapiña. Alrededor de su boca, que no era
más que una hendidura, y encima de sus quijadas, que no eran otra cosa que una
armazón, crecía un vello tenaz, los fuertes retoños blancos de su barba que,
afeitada semanalmente en cuarenta años, despuntaban rígidos y brillantes como
alambres de plata. Hacían más singular el aspecto de esta cara dos enormes
orejas extendidas, colgantes y transparentes. La amplitud de estos pabellones
cartilaginosos correspondía a la extrema delicadeza timpánica del individuo, la
cual, en vez de disminuir, parecía aumentar con la edad. Su mirada era como la
mirada de los pájaros nocturnos, intensa, luminosa y más siniestra por el
contraste obscuro de sus grandes cejas, por la elasticidad y - 26 -
sutileza de sus párpados sombríos, que en la
obscuridad se dilataban mostrando dos pupilas muy claras. Estas, además de ver
mucho, parecía que iluminaban lo que veían. Esta mirada anunciaba la vitalidad
de su espíritu, sostenido a pesar del deterioro del cuerpo, el cual era
inclinado hacia adelante, delgado y de poca talla. Sus manos eran muy flacas,
pudiéndose contar en ellas las venas y los nervios; los dedos parecían, por lo
angulosos y puntiagudos, garras de pájaro rapaz.
La piel de la frente era amarilla y
arrugada como las hojas de un incunable; y mientras hablaba, esta piel se movía
rápidamente y se replegaba sobre las cejas formando una serie de círculos
concéntricos alrededor de los ojos, que remataban en semejanza con un lechuzo.
Vestía de negro, y en la cabeza llevaba una gorrilla de terciopelo.
Cuando este hombre estuvo cerca del
mostrador, levantose el cafetero con recelo, se fue a la puerta de la calle y
escuchó atentamente algún tiempo; volvió, se asomó a un ventanillo que daba al
patio, y después repitió la misma operación en una puerta que daba a la
escalera. De los tres mozos del café, uno sólo estaba allí, roncando sobre un
banco: el amo le despertó y le despidió. Atrancada bien la puerta,
volvió aquel a su trípode, y estableciéndose en ella, miró al del gorro, como
si esperara de él una gran cosa.
«¡Buena la has armado! - dijo en voz alta, seguro de no ser
escuchado por voces extrañas - . ¡Otro alboroto esta noche! Y dicen que
la Guardia Real prepara un gran tumulto. Usted, don Elías, debe saberlo».
- Deje usted andar, amigo; deje usted andar,
que ya llegarán - dijo el flaco con voz
sonora y profunda.
Y metiendo la mano
en el bolsillo, sacó un pequeño envoltorio que, por el sonido que produjo al
ser puesto sobre la mesa, indicaba contener dinero. El cafetero miró con singular expresión de
cariño el envoltorio, mientras el viejo lo desenvolvió con mucha cachaza, y sacando
unas onzas que dentro había, comenzó a contar.
Al ruido de las monedas, Robespierre
abrió los ojos; y viendo que no era cosa que le interesaba, los volvió a
cerrar, quedándose otra vez dormido. El viejo contó diez medias onzas, y se las
dio al del café.
«Vamos, señor don Elías - dijo éste descontento - . ¿Qué hago
yo con cinco onzas?».
- Por cinco onzas se vende la diosa misma de la libertad - replicó Elías sin mirar al cafetero.
- 27 -
- Quite
usted allá: aquí hay patriotas que no dirán «viva el Rey» por todo el oro del
mundo.
- Sí: es mucha entereza la de esos
señores - exclamó Elías con un acento de
ironía que debía de ser el acento habitual de su palabra.
- Vaya usted a ofrecer dinero a Alcalá Galiano
y a Moreno Guerra...
- Esos alborotan allá, en las Cortes; de esos
no se trata. Tratamos de los que alborotan aquí.
- Pues le aseguro a usted, señor don Elías de
mi alma, que con lo que me ha dado, no tengo ni para la correa del zapato del
orador más malo de este club.
- Le digo a usted que basta con eso. El señor no está para gastos.
- ¡Y qué tacaño se va volviendo el Absoluto!
Mala landre le mate, si con estas miserias logra derribar la Constitución.
- Deje usted andar, que ya se arreglará
esto - contestó el viejo dando un
suspiro. Y al darlo cerró la boca de tal modo, que parecía que la mandíbula
inferior se le quedaba incrustada dentro de la superior.
- Pero, don Elías de mis pecados, ¿qué quiere
usted que haga yo con cinco onzas...? ¿Qué le pareció aquel sargentón que habló
anoche? Dicen que es un bruto; pero lo cierto es que hace ruido y nos sirve
bien. Pues me cuesta un ojo de la cara cada párrafo de aquellos que sublevan la
multitud y ponen al pueblo encendido... ¡Y hay otros tan reacios, don Elías!...
Anteanoche subió a la tribuna uno que suele venir ahí con el barbero Calleja:
¡qué voz de becerro tenía! Empezó a hablar de la Convención, y dijo que era
preciso cortar las cabezas de adormidera. Le aplaudieron mucho, y yo confieso
que fue una gran cosa, aunque, a decir verdad, no le entendí más que si hubiera
hablado en judío. Cuando acabó la sesión, quise picarle para que hablara por
segunda vez; pero no sé si caló mis intenciones: lo cierto es que dijo que me
iba a cortar el pescuezo, añadiendo que no me descuidara. ¡Qué susto me llevé!
¡Y esto se me paga tan mal! Aquel discurso que pronunció anoche a última hora
el estudiantillo valenciano, me costó dos raciones de carne estofada y dos
botellas de vino. ¡Ay! Si llegaran a saber estos manejos Alcalá Galiano y
Flórez Estrada... le digo a usted que me voy a reír de gusto.
- Esas son las cabezas de adormidera que es
preciso cortar - exclamó el viejo,
guiñando el ojo y haciendo con la mano derecha, movida horizontalmente, la
señal de quien corta alguna cosa.
- 28 -
- Pues
fuera una lástima, porque son buenos chicos. Yo, francamente se lo digo a
usted, aunque soy en lo íntimo de mi corazón partidario amantísimo de mi Rey
absoluto, cuando oigo a esos muchachos, y especialmente cuando veo a Alcalá
Galiano subir a la tribuna, y empieza a echar flores por aquella boca, y
después culebras, me da un escarabajeo tan grande, que me baila el corazón y me
dan ganas de abrazarle.
- Déjalos que griten: eso precisamente es lo
que se busca. Mira el motín de esta noche: a ellos se les debe. Con muchos así,
pronto estallará la cuerda. Eso es lo que quiere el Rey. ¡Oh! Ya verás qué
pronto se despedazarán unos a otros.
- ¿Pero qué hago yo con cinco
onzas? - volvió a decir el dueño del café.
- Ya lo he dicho. El Rey no está para
despilfarros, y para levantar de cascos a esta gente no es preciso mucho
dinero.
- ¿Que no? Pregúnteselo usted a aquel lego
exclaustrado que escribe El Azote: ya me tiene comidas tres onzas de las
que usted me trajo la semana pasada. ¿Pues y aquel oficialito que pronunció
hace días aquel fuerte discurso en que dijo: Calendas Cartago...?
- Delenda est Carthago, querrá usted
decir.
- Eso es: dilenda o calenda, lo
mismo da - dijo el del café - . ¡Pues
ese oficialito tiene unas tragaderas! Me comió dos empanadas de conejo como dos
ruedas de molino. Y sobre todo, con decirle a usted que para conseguir que
Andresillo Corcho saliera por esas calles gritando, como usted vio muy bien el
domingo, tuve que pagarle todas sus deudas, que eran ocho meses al casero, y
qué sé yo cuántos piquillos sueltos a los amigos... Y luego no gana uno para
sustos, don Elías. Vuelvo a repetirle a usted que si los liberales de copete
descubren estas socaliñas, no me dejarán un hueso en su lugar.
- Mucha cautela, ten mucha cautela: nada de
papeles escritos, no me dirijas cartas, no fíes al papel ni una idea sobre este
punto - le dijo Elías con severidad.
- Y dígame usted - continuó el del café, bajando la voz como
si temiera ser oído por Robespierre - ; dígame usted, ¿cuándo se alza la
Guardia Real?
- No sé
- dijo Elías, encogiéndose de hombros.
- Dicen que la Santa Alianza ha
escrito al Rey.
Elías debía de ser hombre
prudentísimo, porque contestó «no sé» a secas como a la primera pregunta.
Entonces se oyó otra vez, aunque muy
lejano, el mismo - 29 -
ruido de voces, que hizo salir del club a toda la concurrencia.
«Creo que
piensan allanar la casa de Toreno».
- Bien: me alegro - dijo el viejo con siniestra satisfacción -
. Veo que empiezan a devorarse
unos a otros. No podía suceder otra cosa. ¡Oh! Yo entiendo a esta canalla. ¿Y
qué había de suceder? ¿España podrá estar mucho tiempo en manos de una gavilla
de pensadores desesperados? Si esto durara, yo dudaría de la Providencia, que
arregla a las naciones como da aliento a los individuos. España está sin Rey,
que es estar sin gloria, sin vida y sin honor. ¿Había, por ventura,
Constitución cuando España fue el primer país del mundo? Eso de hacer el pueblo
las leyes es lo más monstruoso que cabe. ¿Cuándo se ha visto que el que ha de
ser mandado haga las leyes? ¿Sería justo que nuestros criados nos mandaran?
Aquí no hay Rey ni Dios. Pero esto se acabará; yo te juro que se acabará.
Al decir esto, el viejo abría los
ojos y apretaba los puños con furor. El del café no pudo resistir al encanto de
tanta elocuencia, levantose de su trípode y le abrazó. Al alargar sus manos con
entusiasmo, una botella cayó y fue rodando hasta dar un golpe a Robespierre, el
cual, despertando súbitamente, dio un atroz maullido y fue a buscar regiones
más tranquilas en lo alto del armario de los bizcochos.
Elías sacó de un bolsillo una
pequeña faja negra, que le servía de tapabocas, se la envolvió al cuello y se
dispuso a salir. El cafetero, con su oficiosidad acostumbrada en presencia de
aquel personaje, se dirigió a abrirle la puerta. Ya principiaba a despuntar el
día. El viejo realista salió sin saludar a su amigo y tomó la dirección de su
casa.
|