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Capítulo III
Un lance patriótico y sus consecuencias
Don Elías cruzaba la Carrera de San Jerónimo,
cuando vio que hacia él venían unos cuantos hombres que reían y gritaban dando
vivas a la Constitución y a Riego. Trató de evitar el encuentro, y tomó la otra
acera; pero ellos pasaron también, y uno le detuvo.
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Eran cinco individuos, y de ellos tres, por lo
menos, estaban completamente embriagados. Nuestro ya conocido Calleja les
mandaba. Componíase la cuadrilla de un chalán del barrio de Gilimón y un
matutero del Salitre, un caballero particular conocido en Madrid por sus
trampas y gran prestigio en la plazuela de la Cebada, y finalmente, un mocetón
alto, flaco y negro, que tenía fama de guerrillero, y del cual se contaban
maravillas en las campañas de 1809 y después en los sucesos del 20. El
sello de sus hazañas marcaba siniestramente su rostro en un chirlo, que le
cogía desde la frente hasta el carrillo, cegándole un ojo y abollándole media
nariz.
Los cinco
detuvieron al anciano.
«¡Mátale,
mátale!» dijo con aguardentosa voz el matutero, pinchando con la varita que
llevaba en la mano el pecho de Elías.
- No, déjale, Perico: ¿de qué vale despachurrar a este bicho?
- Si es Coletilla - exclamó el del chirlo, reconociéndole - . Coletilla, el amigo de Vinuesa, el
que anda por los clubs para contarle al Rey lo que pasa.
- ¡Que cante el Trágala! - dijo el chalán, que estaba envuelto desde
el pescuezo a la rabadilla en un ceñidor encarnado, por entre cuyos pliegues
asomaba el puño de uno de aquellos célebres alfileres de Albacete que tanto dan
que hacer a la Justicia.
- Tres Pesetas, coge por ese brazo al
señorito.
Tres Pesetas puso su mano sobre el
gorro de Elías y se lo tiró al suelo, dejando al aire la pelada calva del
anciano. Carcajada sonora acogió este movimiento.
«¡Miren qué orejazas de mochuelo!»
añadió el guerrillero, tirándole de la derecha hasta inclinarle la cabeza sobre
el hombro.
- Pos no tiene mala cabeza e
pelaílla pa jugar a los trucos -
dijo el matutero, dándole un papirotazo en mitad del cráneo.
El realista estaba lívido de cólera:
apretaba los puños en convulsión nerviosa, y en sus ojos brillaron lágrimas de
despecho. En esto Calleja, que parecía tener gran autoridad entre aquella
gente, se agarró al brazo de Elías, y exclamó, riendo con la desenfrenada
hilaridad de la embriaguez:
«Ven,
bravucón, ven con nosotros. Ciudadanos - prosiguió, volviéndose a los otros - : este
es el gran Coletilla, el mismo Coletilla. Seremos amigos. Nos va a presentar al
Rey constitucional para que nos haga...».
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- ¡Menistros! - gritó el matutero enarbolando su vara.
- Ciudadanos, ¡viva el Rey absoluto, viva
Coletilla!
- Vamos a jaserle comunero de la gran comuniá - dijo el matutero - . Primera prueba. ¡Qué
salte!
- ¡Qué salte!
- ¡Qué salte!
Y uno de ellos tomó de la mano a
Elías como para hacerle saltar, mientras otro, empujándole con violencia, le
hizo caer al suelo.
«Zegunda prueba - chilló Tres Pesetas - : toma esta espada,
pincha a uno de nosotros».
Y sacando un sable le dio de plano tan fuerte
golpe, que le obligó a caer en opuesto sentido.
«Di '¡viva la
Constitución!'».
- ¿Pues no lo ha e ezir? Y si no, yo tengo aquí unas explicaeras... - vociferó el matutero, sacando su navaja.
- Este tunante fue el que delató al cojo de
Málaga - dijo el caballero particular.
- Y el amigo de Vinuesa.
- Señores, este no es más que Coletilla, el
gran Coletilla - afirmó Calleja con
mucha gravedad.
La ferocidad
se pintaba en los ojos del matutero y del chalán. El de la cicatriz cogió por
el cuello a Elías, y con su mano vigorosa le apretó contra el suelo.
«Suéltalo, Chaleco; déjalo tendido».
Es de advertir que el matutero era
conocido entre los de su calaña por el extravagante nombre de Chaleco.
«Déjamelo a mí - exclamó el chalán - . Tríncalo por el
piscuezo: quío ver lo que tienen esos realistas dentro del buche».
Muy mal parado estaba el infeliz
Elías; y ya se encomendaba a Dios con toda su alma, cuando la inesperada
llegada de un nuevo personaje puso tregua a la cólera de sus enemigos, salvándole
de una muerte segura.
Era un militar alto, joven, bien
parecido y persona de noble casa sin duda, porque, a pesar de su juventud,
llevaba charreteras de una alta graduación. Traía largo capote azul, y uno de
aquellos antiguos y pesados sables, capaces de cercenar de un tajo la cabeza de
cualquier enemigo. Al verle que se interponía en defensa del anciano, los otros
se apartaron con cierto respeto, y ninguno se atrevió a insistir.
«Vamos, señores, dejen ustedes en
paz a ese pobre viejo, que no les hace ningún daño» dijo el militar.
- Si es Coletilla, el mismo Coletilla.
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- Pero
sois cinco contra él, y él es un pobre señor indefenso.
- Eso mismo decía yo - exclamó Calleja, con la misma risa de
borracho.
- Poz que diga «¡viva el Rey
constitucional!».
- Lo dirá cuando se vea libre de vosotros. Yo respondo de que es un buen liberal y
hombre de bien.
- ¡Si es un
servilón! - exclamó Chaleco.
- ¿Y qué
queréis hacer con él? - preguntó el militar.
- Poca cosa
- dijo Tres Pesetas, que era el más atrevido - . No más que abrirle un
tragaluz en la barriga pa que salgan a misa las asaúras.
- Vamos, marchaos a vuestras casas - dijo el militar con mucha entereza - : yo
lo defiendo.
- ¿Usía?
- Sí, yo. Marchaos, yo respondo de él.
- Pues si no ize ¡viva la...!
- Di «¡viva la Constitución!» -
exclamaron todos a la vez, menos Calleja, que se estaba riendo como un idiota.
- Vamos
- manifestó el militar, dirigiéndose a Elías - : dígalo usted, es cosa
que cuesta poco, y además hoy debe decirlo todo buen español.
- ¡Que lo diga!
- ¡Que lo iga pronto!
El militar persistía en que dijera
aquellas palabras, como un medio de verse libre; pero Elías continuaba en
silencio.
«Vamos, padrito, pronto» dijo el
matutero.
- ¡No!
- exclamó Elías con profunda voz y trémulo de indignación.
Entonces Tres Pesetas alzó la vara
sobre el viejo; los demás se dispusieron a acometerle, y fue preciso que el
militar empleara todas sus fuerzas y todo su prestigio para impedir un mal
desenlace.
«Diga usted '¡viva la
Constitución!'».
- ¡No!
- repitió Elías. Y como si recibiera inspiración del cielo, en un
arrebato de supremo valor exclamó: «¡Muera!».
Los cuatro desalmados rugieron con
ira; pero el militar parecía resuelto a defender a Elías hasta el último
trance.
«Apartaos - dijo - . Este hombre está loco. ¿No
conocéis que está loco?».
- Que retire esas palabras - dijo riendo siempre Calleja, que aun en la
embriaguez blasonaba de usar con propiedad las fórmulas parlamentarias.
- ¿Qué ritire ni ritire?
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- Sí,
está loco - dijo Chaleco - ; y si no
está loco está bo... bo... borracho.
- ¡Eso es... eso... borracho! - gritó Calleja, que al fin había necesitado
apoyarse en la pared para no caer en tierra.
Algunos vecinos se habían asomado;
algunos transeúntes trabaron conversación con el venerable Tres Pesetas, y ya
sea que un ebrio se distrae fácilmente, ya que les impusiera temor la actitud
firme del militar, lo cierto es que los cuatro amigos de Calleja dejaron en paz
a Elías, el cual, ayudado de su protector, se levantó como pudo y se puso el
gorro que casi había perdido la forma bajo los pies del matutero. El
militar, al detener con un vigoroso esfuerzo el movimiento agresivo de Chaleco
contra Elías, se rozó la mano izquierda con la extremidad puntiaguda de la
empuñadura de la navaja que el mozo llevaba en la faja. Esta rozadura le
levantó un poco la piel y le hizo derramar alguna sangre. El militar se
envolvió la mano en un pañuelo, y con la derecha tomó el brazo del viejo. Este se hallaba magullado, roto y en
un estado de desfallecimiento tal que no podía andar sino a pasos cortos y
vacilando a cada momento.
El militar le
sostuvo con fuerza, y andando con él muy lentamente, le preguntó dónde estaba
su casa para llevarle a ella. Elías, sin contestarle, le encaminó haciéndole
señas por la calle de Alcalá, dirigiéndose a la del Barquillo para tomar al fin
la de Válgame Dios, donde aquel buen hombre vivía.
El joven militar era sin duda poco amante
del silencio, y de carácter alegre y comunicativo, porque por el camino comenzó
a hablar con singular volubilidad, pareciendo que el obstinado mutismo del
vicio estimulaba más su prolija locuacidad.
No podemos transcribir los términos
precisos en que habló este, que desde ahora es nuestro amigo, y nos acompañará
en todo el tránsito de esta dilatada historia; pero conociendo su carácter como
lo conocemos, es seguro que no será aventurado poner en boca suya estas o
parecidas palabras:
«Hay que deplorar, amigo mío, en
esta imperfecta vida humana, que las cosas mejores y más bellas tienen siempre
un lado malo; fatal obscuridad que proyecta en breve parte de su esfera lo más
resplandeciente y luminoso. Las instituciones más justas y buenas, ideadas por el
hombre para producir efectos de bien común, ofrecen en los primeros tiempos de
práctica extraños resultados, - 34 -
que hacen dudar a los de poca fe de la bondad y
justicia de ellas. Los hombres mismos que fabrican un objeto de sutil
mecanismo, vacilan en los primeros momentos del uso, y no aciertan a regular su
compás y reposado movimiento. La libertad política, aplicación al gobierno del
más bello de los atributos del hombre, es el ideal de los Estados. Pero ¡qué
penosos son los primeros días de práctica! ¡Cómo nos aturde y desespera el
primer ensayo de esta máquina!
»El mayor inconveniente es la
impaciencia. Hay que tener perseverancia y fe, esperar a que la libertad dé sus
frutos, y no condenarla desde el primer día. ¿No sería loco el que plantando un
árbol le arrancara desesperado al ver que no echaba raíces, crecía y daba
flores y frutos al primer día?».
Es probable que el militar no
empleara estos mismos términos; pero es seguro que las ideas eran las mismas.
Lo cierto es que al concluir esperó a ver si su peroración producía algún
efecto en el viejo; pero este, sumamente abstraído, daba muestras de no atender
a sus palabras y de hacer en su interior otras consideraciones no menos
trascendentales y profundas.
«Es de deplorar - continuó el militar reforzando su
elocuencia con un poco de mímica - , es de deplorar que los primeros derechos
concedidos por la libertad sean mal empleados por algunos hombres. El hábito de
la libertad es uno de los más difíciles de adquirir, y tenemos que sufrir los desaciertos
de los que por su natural rudeza tardan más en adquirir este hábito. Pero no
desconfiemos por eso, amigo. Usted, que es sin duda buen liberal, y yo, que lo
soy muy mucho, sabremos esperar. No maldigamos al sol porque en los primeros
momentos de la mañana produce molestia en nuestros ojos, cuando salen
bruscamente de la obscuridad y del sueño».
Parose por segunda vez el joven para
tomar aliento y ver si la fisonomía del anciano daba señales de aprobación;
pero no observó en aquel rostro singular otra cosa que abstracción y
melancolía.
«Esos que le han detenido a
usted - continuó el militar - , no son
liberales. O son agentes ocultos del absolutismo, o ignorantes soeces sin razón
ni conciencia. O libertinos sin instrucción, o alborotadores asalariados. ¿Será
preciso quitarles la libertad y no devolvérsela hasta que reciban educación o
castigo? Entonces, ¿habrá libertad para unos, y para otros no? Ha de haberla
para todos o quitársela a todos. ¿Y es justo renunciar a los beneficios
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de un sistema por el mal uso que
algunos pocos hacen de él? No: más vale que tengan libertad ciento que no la
comprenden, que la pierda uno solo que conoce su valor. Los males que con ella
pudieran ocasionar los ignorantes son inferiores al inmenso bien que un solo
hombre ilustrado pueda hacer con ella. No privemos de la libertad a un discreto
por quitársela a cien imprudentes».
El joven se paró por tercera vez por
dos razones: primera, porque no tenía más que decir (insistimos en que no
empleó las mismas palabras); y segunda, porque el viejo, al llegar a su calle,
se detuvo en una puerta, y dijo: «Aquí». El viejo había concluido, y el militar
iba a dejar a su nuevo amigo; pero notó que estaba este cada vez más
desfallecido y corría peligro de no poder subir si le abandonaba. El locuaz y
discreto joven entró, pues, en la casa sosteniendo al realista, que apenas
podía dar un paso.
La mansión de Elías se ostentaba en
la mitad de la calle de Válgame Dios, donde hacía veces de palacio. Colocada
entre dos casas a la malicia, aparecía allí con proporciones
gigantescas, sin que por eso tuviera más que dos pisos altos, de los cuales el
superior gozaba la singular preeminencia de ser habitado por nuestro héroe.
La fachada era mezquina, fea. El
cuarto bajo servía de oficina a las ruidosas ocupaciones de un machacador de
hierro, que surtía de sartenes, asadores y herraduras a todo el barrio del
Barquillo. Los balcones del principal eran fiel remedo de los jardines
colgantes de Babilonia, porque había en ellos muchos tiestos con flores, muchas
matas que estaban en camino de ser árboles, juntamente con tres jaulas de
codornices y dos reclamos, que por la noche daban armonía a toda la calle. En
medio de esta selva y de estos gorjeos se veía una muestra de Prestamista
sobre alhajas.
El portal era angosto y muy largo.
Para llegar a la escalera, que estaba en lo profundo, se corrían mil peligros a
causa de las sinuosidades del terreno, en el cual los hoyos, llenos de
inmundicia, alternaban con puntiagudos guijarros, alzados media cuarta. La
escalera era angosta, y sus paredes, blanqueadas en tiempo de Felipe V, cuando
menos, se hallaban en el presente siglo cubiertas de una venerable capa de
mugre, excepto en la faja o zona por donde rozaban los codos de los que subían,
la cual tenía singular pulimento. En uno de los tramos había, no un candil,
sino el sitio de un candil manifestado en una gran chorrera de aceite hacia
abajo, una gran chorrera - 36 -
de humo hacia arriba, y en la convergencia de ambas manchas un clavo
ennegrecido.
Llegaron al
segundo, y el militar llamó. Sin
duda, alguna persona esperaba con impaciencia, porque la puerta se abrió al
momento. Abriola una joven como de diez y ocho años de edad, que al ver el
aspecto abatido del viejo, y sobre todo al ver que un desconocido le
acompañaba, cosa sin duda muy rara en él, dejó escapar una exclamación de temor
y sorpresa.
«¿Qué hay? ¿Qué le ha pasado a
usted?» dijo cerrando la puerta, después que los dos estaban en el pasillo.
E inmediatamente marchó delante y
abrió la puerta de una sala, donde entraron los tres. El anciano no habló
palabra, y se dejó caer en un sillón con muestras de dolor.
«¿Pero está usted herido? ¿A ver? Nada»
dijo la joven examinando con mucha solicitud a Elías y tomándole la mano.
- No ha sido nada - dijo el
militar, que se había descubierto respetuosamente - , no ha sido nada: pasaba
hace un momento por la calle, y cinco hombres soeces que le encontraron
quisieron que cantara no sé qué cosa, y el señor, que no estaba para cantos, se
negó.
La joven miró al militar con
expresión de estupor. Parecía no comprender nada de lo que este había dicho.
«Eran unos borrachos que quisieron
hacerle daño; pero pasé yo felizmente... No se asuste usted: no tiene nada».
Elías pareció un poco repuesto;
apartó con despego a la joven, y su semblante principió a serenarse.
«¡Ay!, qué miedo he tenido esta
noche - dijo la joven - . Esperándole
hora tras hora y sin parecer... Luego esos alborotos en la calle... A media
noche pasaron por ahí unos hombres gritando. Pascuala y yo nos escondimos allí
dentro, y nos sentamos en un rincón temblando de miedo. ¡Cómo gritaban! Después
sentimos muchos golpes... decían que iban a matar a uno. Nosotras nos pusimos a
llorar. Pascuala se desmayó; pero yo procuré animarme, y juntas empezamos a
rezar de rodillas delante de la Virgen que está allí dentro. Después se fue
alejando el ruido; sentimos unos quejidos en la calle. ¡Ay!, no lo quiero
recordar. Todavía no se me ha quitado el susto».
El militar oyó con interés estas
palabras; pero sin dejar de oírlas dirigió su atención a reconocer el sitio en
que se hallaba y a examinar el aspecto de la amable persona que en él vivía.
La casa era
modesta; pero la sencillez y el aseo revelaban en ella un bienestar pacífico.
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La joven llamó su atención más que la casa.
Clara (que así se llamaba) representaba más de diez y ocho años y menos de
veintidós. Sin embargo, estamos seguros de que no tenía más que diez y siete.
Su estatura era más bien alta que baja, y su talle, su busto, su cuerpo todo
tenían las formas gallardas y las bellas proporciones que han sido siempre
patrimonio de las hijas de las dos Castillas. El color de su rostro,
propiamente castellano también, era muy pálido, no con esa palidez intensa y
calenturienta de las andaluzas, sino con la marmórea y fresca blancura de las
hijas de Alcalá, Segovia y Madrid. En los ojos negros y grandes había puesto
todos sus signos de expresión la tristeza. Su nariz era delgada y correcta,
aunque demasiado pequeña; su frente pequeña también, pero de un corte muy
bello; su boca muy hermosa y embellecida más por la graciosa forma de la barba
y la garganta, cuya voluptuosidad y redondez contribuía a hacer de su semblante
uno de los más encantadores palmos de cara que se había ofrecido a las miradas
del militar desconocido, el cual (digámoslo de paso) era hombre corrido en
asuntos femeninos.
El peinado de Clara podía
rigurosamente ser tachado de provinciano, porque se alzaba en un moño de tres
tramos sobre la corona. Este modo de peinarse era ya desusado en la
corte; pero la belleza suele generalmente triunfar de la moda, y Clara estaba
muy bien con su trenza piramidal. El traje era de los que usaba entonces la clase no acomodada, pero
tampoco pobre, es decir, un guardapiés de tela clara con pintas de flores,
mangas estrechas hasta el puño, talle un poco alto y el corte del cuello
cuadrado y adornado de múltiples encajes.
La investigación del militar duró
mucho menos de lo que hemos empleado en describir la figura. Durante algunos
segundos estuvieron los tres personajes inmóviles el uno frente al otro sin
decir palabra, hasta que el viejo, como continuando una peroración interior,
exclamó con un repentino acceso de ira y lanzando de sus ojos rápidamente
iluminados una mirada feroz.
«¡Infames, perros! Quisiera tener en
mi mano un arma terrible que en un momento acabara con todos esos miserables.
¡Ah! Pero ellos no tienen la culpa. Tienen la culpa los otros, los sabios, los
declamadores, los que les educan, esos malvados charlatanes que profanan el don
de la palabra en los infames conciliábulos de las Cortes. Tienen la culpa los
revolucionarios, rebeldes a su Rey, blasfemos de su Dios, escarnio del linaje
humano. - 38 -
¡Oh, Dios de
justicia! ¿No veré yo el día de la venganza?».
El militar estaba atónito y algo
corrido. Parecíale que aquello era una réplica indirecta a su expresiva
disertación del camino; y aunque se le ocurrió contestarla, vio en el rostro de
Elías una expresión de contumacia y ferocidad que le intimidó. Su
atención estaba en parte reconcentrada en la compañera del realista. Clara
miraba al viejo con la indiferencia propia de la costumbre, y al mismo tiempo
miraba a su protector como si se avergonzara de la extrañeza que le causaban
las palabras del viejo.
El militar,
poco cuidadoso al fin de las imprecaciones del realista, comenzó a sentir
interés hacia aquella pobrecilla, que, sin saber por qué, le inspiró mucha
lástima desde el principio.
Pero llegó un
momento en que el joven sintió su situación embarazosa. Elías continuaba en voz
baja su soliloquio sin cuidarse de él; era preciso marcharse; y eso de
marcharse sin satisfacer un poco la curiosidad y hablar otro poco con la joven,
no le gustaba. Miró a Elías con
insistencia y se acercó a él; pero este no daba muestras de fijar en el otro la
atención, ni tenía gratitud, ni afecto, ni cortesía, ni era, al parecer,
cortado por el común patrón de los demás hombres. Al fin, viéndole tan
abstraído, resolvió tomar pretexto de la protección que le había dispensado
para hacer hablar a la muchacha.
«No tema usted nada - le dijo en voz baja, apartándose hacia la
ventana - . No ha recibido golpe ninguno. Está aterrado por la sorpresa y la
ira; pero se calmará».
- Sí, se calmará... un poco.
- Y se pondrá contento.
- Contento, no.
- Cuidado: por usted no estará triste.
Esto, que podía pasar por una
galantería, no hizo efecto ninguno en Clara. Volviose para mirar a Elías, que continuaba
en la misma postura, gesticulando a solas. De tiempo en tiempo profería sus
adjetivos predilectos: «¡Malvados, perros!».
El militar arriesgó entonces la
pregunta, y bajando más la voz, y apartándose hasta llegar al hueco de la
ventana, dijo:
«Tal vez será indiscreción la
pregunta que voy a hacerle a usted; pero me disculpa el gran interés que por
ese caballero me he tomado, y el deseo de servirle bien en lo que pueda. ¿Este
señor está en su cabal juicio?».
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Clara miró al militar con expresión de gran
asombro; y como si la pregunta fuera una revelación, contestó:
«¿Loco?...» y después de una pausa,
añadió encogiéndose de hombros: «No sé».
La curiosidad
del militar creció.
«No lo tome usted a agravio; pero su
conducta, sus palabras en aquella pendencia, lo sombrío de su aspecto, lo que
ahora acaba de decir, me hacen creer que padece una enajenación».
Clara miraba al joven con expresión
que tenía algo de afirmativa.
«Yo no sé - dijo al fin - . El pobrecito padece mucho. Yo también padezco
de verle. No está nunca alegre: a veces creo que se me va a morir en un
arrebato de ira. Pasa las noches leyendo libros, escribiendo cartas, y a veces
habla consigo mismo como ahora. A Pascuala y a mí nos da mucho miedo: le
sentimos levantarse y pasear precipitadamente, dando vueltas en este cuarto. De
día sale temprano, y está fuera toda la noche».
El militar sintió aumentarse la
compasión que Clara le inspiró desde el principio, porque le parecía que
aquella infeliz era una mártir que sufría resignada los atropellos de un loco.
«Pero usted - dijo con el mayor interés - ¿no es víctima de sus bruscos ademanes? ¿No
la maltrata a usted? Entonces sería cosa de declararle rematado.
- ¿A mí? No
- dijo Clara - ; no me ha maltratado nunca.
Parecerá extraño que Clara, sin
conocer al militar, le hiciera declaraciones que parecen de íntima confianza;
pero esto, que en circunstancias ordinarias sería raro, en este caso no lo era.
Clara había vivido siempre en compañía de aquel viejo: era huérfana, no tenía
parientes ni amigas, no salía nunca, no se comunicaba con nadie, se consumía en
el desierto de aquella casa, sin otra cosa que algunos recuerdos y algunas
esperanzas, que luego conoceremos. Su carácter era extremadamente sencillo: un
incidente imprevisto le ponía delante a un hombre cortés y generoso que para
satisfacer su curiosidad empleaba hábiles recursos de conversación, y ella le
dijo lo que quería saber; se lo dijo obedeciendo a una poderosa necesidad de
desahogo, hija de su aislamiento y melancolía.
El curioso no se atrevía a continuar
investigando: ya iba a despedirse mal de su grado, cuando Clara vio que tenía
una mano ensangrentada, y exclamó sobrecogida:
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«¡Está usted herido!».
- No es nada: un rasguño.
- Pero sale mucha sangre. ¡Jesús!,
tiene usted la mano destrozada.
- ¡Oh!, no es nada... Con un poco de agua...
- Voy al momento.
Clara se
marchó muy a prisa y volvió a poco rato, entrando en la habitación inmediata:
traía una jofaina, que puso sobre la mesa, y llamó al militar, que no tardó en
acercarse.
«¿Y tiene
familia?» dijo este tocando el agua con la mano para ver si estaba muy fría.
- ¿Familia?
- contestó Clara con su naturalidad acostumbrada - . No: me quería mucho. Yo deseo tanto que se le
quiten de la cabeza esas manías... Antes era muy bueno para mí, y estaba muy
alegre... Yo era muy niña entonces.
- Antes era muy bueno. ¿Y ahora no lo es?
- Sí; pero ahora... Como tiene tantas cosas en
que pensar...
- ¿Y desde cuándo ha variado?
- Hace mucho tiempo, cuando hubo muchos
alborotos y dijeron que iban a matar a... ¿al Rey?... no sé a quién. Pero antes
de eso, ya estaba casi siempre alterado. Cuando yo era muy niña... No...
entonces salíamos los domingos a paseo, y me llevaba a Chamartín y comíamos en
el campo con Pascuala.
- ¿Y ahora no sale usted nunca de aquí?
- Nunca
- dijo Clara, como si aquella soledad en que vivía fuera la cosa más
natural del mundo.
El militar se interesaba cada vez
más por la persona que tan repentinamente había conocido. Cada vez sospechaba
más que aquella infeliz era víctima de las brutalidades del fanático. Desde el
sitio en que se hallaba, veía al viejo sentado en un sillón y entregado a su
mudo frenesí. Mirando después a Clara, cuya gracia sencilla y melancólica
franqueza formaban contraste con el terrible realista, se aumentaron su
confusión, su curiosidad y sus temores.
«¿Y usted no sale para distraerse,
para ver y reponerse de estar aquí encerrada tanto tiempo?» le dijo, casi
conmovido.
- ¿Yo?... ¿para qué salgo? Me pongo triste
cuando salgo. No veo la calle sino cuando voy a las Góngoras los domingos muy
temprano; pero al verme fuera, me parece que estoy más sola que aquí.
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- ¿Y él
no tiene empeño en que usted se divierta, en que pase agradablemente la
vida? - dijo el militar casi asustado de
su curiosidad y mirando de soslayo a Elías para ver si atendía a su
conversación.
- ¿Él? Pero yo no quiero divertirme...
porque... ¿qué voy a hacer fuera de aquí? Él dice que debo estar siempre en la
casa.
- ¿Pero usted no trata a nadie, no ve a nadie?
- A Pascuala, que me quiere mucho.
Ya el militar tenía ganas de saber
quién era aquella Pascuala.
«¿Y esa Pascuala es amiga de
usted?».
- Es la criada.
- Ya... ¿Y no tiene usted más amiga? A la edad
de usted es natural y conveniente la amistad de las jóvenes, y sobre todo, no
se puede vivir de esa manera. Es preciso...
- Yo estoy bien así. Él dice que no debo
conocer a nadie.
- ¿Y la obliga a usted a llevar esta vida tan
triste?
- No me obliga. Yo, si quisiera, podría salir.
Él no está nunca aquí. Pero yo... Dios me libre... ¿A dónde había de ir?
El militar no sabía qué pensar. ¿Qué
relaciones existían entre aquel monomaniaco y aquella joven? ¿Sería su padre,
su marido?... - No - decía para sí - . Es repugnante sospechar
que puedan existir los vínculos del matrimonio entre los dos.
«No extrañe usted mis preguntas - dijo, continuando con ansiedad - ; pero me
interesan mucho ustedes dos. ¿Y a él nadie le visita, nadie viene a
verle?».
- Conoce mucho a unas señoras, que llaman las señoras de Porreño. Son nobles y fueron muy ricas.
- ¿Y vienen
aquí?
- Muy pocas
veces. Él las quiere
mucho.
- Y esas, que presumo serán personas de buenos
sentimientos, ¿no le tienen a usted cariño, no la quieren?
- ¿A mí? Una vez me dijeron que yo parecía ser
una buena muchacha.
- ¿Y nada más? ¿No le han dicho más?
-
¡Ah!, son muy buenas. Él dice que son muy buenas. Una de ellas dicen que es santa.
Estas declaraciones eran hechas por
Clara con una ingenuidad tan espontánea, que conmovía al que pudiera oírlas.
Para que el lector, que aún no conoce la infinita bondad de este carácter, no
extrañe la franqueza leal y la sublime indiscreción de la pobre Clara,
añadiremos - 42 -
que durante
años enteros esta desgraciada no veía más personas que don Elías, Pascuala, y a
veces, muy de tarde en tarde, las tres melancólicas efigies de las señoras de
Porreño. Su vida era un silencio prolongado y un hastío lento. Tan sólo
pudieron reanimarla y darle alguna felicidad los cuarenta días que, seis meses
antes de estos sucesos, había pasado en Ateca, pueblo de Aragón, a donde Elías
la mandó para que disfrutara del campo. Más adelante veremos por qué tomó Elías
esta determinación, y lo que resultó del viaje de Clara.
«Pero es posible - continuó el militar, olvidado de que Elías
estaba cerca - , ¿es posible que pase usted la vida de esta manera, sin más
compañía que la de ese hombre? ¿Y no ha salido usted nunca de aquí, no ha ido
al campo?
- Sí: estuve unos días fuera, hace seis meses.
- ¿En dónde?
- En Ateca.
Él me mandó. Me puse mala, y fui allá a restablecerme. Estuve en su pueblo.
- Ya... - dijo el militar, contento de haber
encontrado un motivo, aunque pequeño, para suponer que aquel hombre no era
enteramente feroz.
- ¿Y lo pasó usted bien?
- ¡Ah!, sí: me alegré mucho de estar allí.
- ¿Y no quiere usted volver?
- ¡Oh!, sí
- exclamó Clara, sin poder contener una exclamación expansiva.
- Usted no debe estar aquí; usted tiene el
corazón más bondadoso que puede existir. ¿Para qué, sino para la sociedad,
puede haber creado Dios un conjunto de gracias y méritos semejantes? ¡A cuántos
podría usted hacer felices! ¿No ha pensado en esto? Piense usted en esto.
Clara no pareció hacer caso de la
galantería. Quedó en silencio y con los ojos bajos, tal vez ocupada en pensar
en aquello, como el joven le aconsejó. ¿Quién sabe cuáles serían sus
reflexiones en aquellos momentos?
El curioso esperaba una
contestación, cuando Elías, mirando hacia la habitación en que hablaban,
exclamó:
«¡Clara, Clara!».
El militar se dirigió rápidamente
hacia él, y disimulando su turbación, le dijo:
«Caballero, no he querido marcharme
hasta estar seguro de su mejoría. Aquí le contaba a esta niña el caso, y le
hacía una relación de la imprudencia de aquellos hombres. Ya le veo a usted
tranquilo y fuerte, y me retiro, diciéndole que puede disponer de mí para
cuanto yo pueda serle útil».
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-
Gracias - contestó secamente Elías - .
Clara, acompaña a este caballero.
Era preciso retirarse; ya no había
pretexto alguno para permanecer allí. Su mano estaba perfectamente vendada, y
su protegido le había indicado la puerta. El impresionable joven no sabía qué
hacer para no salir. Miró a Clara para ver si leía en sus ojos el deseo de que
no se marchara; pero ella manifestaba la mayor indiferencia, y hasta se había
adelantado a abrir la puerta.
No había más remedio. El militar
tendió su mano al realista, que alargó dos dedos fríos y huesosos, y salió de
la sala: al llegar a la puerta, quiso entablar de nuevo la conversación; pero
la reverencia que le hizo la joven acabó de desesperarle. Salió, y se paró
fuera otra vez.
«No olvide usted lo que le he dicho.
Usted no puede vivir de esta manera -
dijo, bajando el primer escalón - . Es preciso que usted...».
- ¡Clara, Clara! - exclamó el fanático desde dentro con voz
fuerte.
Clara cerró la puerta, y el militar
se quedó cortado y aturdido en la escalera. Su primer intento fue llamar otra
vez, llamar hasta que ella saliera; pero reflexionó en lo imprudente de
semejante conducta. Bajó con lentitud.
- ¿Qué misterio hay en esta casa?
- decía para sí. Al hallarse en la calle sintió más viva su curiosidad,
y la compasión hacia la joven era más intensa.
- ¿Es su hija, es su
mujer, es su sobrina, es su protegida? -
exclamó - . ¡Oh! No es posible renunciar a saber los secretos de esta casa.
¿Cómo renunciar a oírlos de la boca de Clara, que los confiaba con tanta
ingenuidad?
Anduvo un buen trecho por la calle,
y se paró, miró a la casa. - Ella misma
no me recibirá - dijo - ; esto ha sido
una casualidad. Y si vuelvo, ¿con qué pretexto?... ¡Cuánto debe padecer esa
infeliz! Tiene cara de sufrir mucho... en compañía de esa fiera, sin ver a
nadie ni hablar con nadie...
Maquinalmente se dirigió otra vez a
la casa, y continuando su soliloquio, decía:
- Tal vez la riña por haber hablado conmigo; tal vez, aparentando
distracción, oyó cuanto me dijo, se habrá ofendido y la maltratará.
Entró, subió, procurando no ser
sentido. Llegó a la puerta y se detuvo. Su mano tomó maquinalmente el
cordón de la campanilla. Si
hubiera sentido el menor rumor de disputa; si hubiera sentido la voz agria del
viejo, habría llamado con todas sus fuerzas. Pero nada sintió; aplicó el oído.
Un silencio sepulcral reinaba en la casa. De - 44 -
repente sintió una voz de mujer que cantaba;
sintió pasar una persona rápidamente por el pasillo en que estaba la puerta;
sintió el ruido del traje, rozando con las paredes al correr, y sintió la voz, la
voz que, al pasar tan cerca, resonó con timbre delicado y expresivo. Era Clara,
que cantaba y corría. ¿Era acaso feliz? Nuevo misterio.
El curioso se sintió más confundido:
soltó el cordón, y paso a paso, y muy quedito, bajó mirando a todos lados con cautela
como un ladrón. Salió a la calle; marchó resuelto a alejarse; llegó a la
esquina, se paró, miró a la casa; y al fin, tomando una resolución, emprendió
su camino en dirección a su casa, donde le dejaremos por ahora preocupado y
aturdido, para volver a ocuparnos de los amigos de la calle de Válgame Dios,
cuya vida y caracteres necesitan historia y explicación.
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