- 182 -
Capítulo XXV
Virgo Prudentísima
Visitemos a los dos huéspedes del
cuarto segundo en la noche siguiente a la de su instalación. Prodigioso
esfuerzo del genio doméstico de María de la Paz Jesús había podido acomodar dos
camas en la habitación alta.
Lázaro acababa de acostarse en la
suya, tratando de reparar las fuerzas perdidas; su tío velaba sentado en el
sillón de vaqueta que junto a la cama tenía, y se ocupaba en hojear unos
papeles, leyendo a ratos y escribiendo un poco algunas veces.
- 183 -
De repente el viejo se volvía; miraba a su sobrino,
que no podía librarse de cierto temor cuando veía, dirigidos hacia él, aquellos
dos ojos de lechuzo. Parecía querer hablar al joven de alguna cosa importante,
y no atreverse por no tener confianza en su discreción. Después de la llegada
de Lázaro a la casa, tío y sobrino no habían hablado nada de política. El
fanático creyó que su protegido no era capaz de tener entereza y tesón para
sostenerse en sus creencias. En tanto el exaltado liberal tuvo tanto que pensar
en otras cosas, que relegó a segundo término aquella cuestión, y se acordaba
poco de la apostasía que su tío le había exigido.
Lázaro cedía a la fatiga, se dormía
lentamente, cuando el viejo dijo con voz fuerte:
«Lázaro, ¿duermes?».
- ¿Qué?
- contestó el muchacho, despertando sobresaltado.
- Voy a
preguntarte una cosa. ¿Conocías en Zaragoza a un liberal que se llama Bernabé del Arco?
- Sí, señor
- contestó Lázaro, que conocía y apreciaba mucho a aquella persona,
orador y escritor de nota.
- Era de los exaltados, ¿eh? - indicó el fanático con mordaz ironía.
- Sí, señor: es de los que sostienen las ideas
más avanzadas - contestó el sobrino,
temeroso de pronunciar una palabra que ofendiera a su tío.
- Es... no: era, debes decir, porque pasó a
mejor vida.
- Cómo, ¿ha muerto?
- Le han matado - dijo Elías con glacial indiferencia - .
Mira la suerte que aguarda a los locos, depravados, ilusos y perversos. ¿Ves?
¡Así castiga el pueblo a los que le engañan! ¡Oh! Así deberían perecer los
habladores.
El sobrino se calló; volvió el tío
a su lectura, y no había pasado un cuarto de hora cuando se dirigió de nuevo al
lecho del joven que, vencido por el sueño, dormía ya profundamente, y gritó:
«¡Despierta, Lázaro!».
Y despertó dando un salto, aterrado
y convulso, como debemos despertar el último día, cuando suene la trompeta del
Juicio. Aquel viejo le había de quitar también los únicos momentos de reposo
que sus desventuras le permitían.
«¿Conoces aquí a un jovencito que
se llama Alfonso Núñez, y a otro que se llama Roberto, conocido generalmente
por el Doctrino?».
- Sí, señor
- contestó Lázaro atemorizado, por creer - 184 -
que también le iba a participar la muerte de sus dos
amigos.
- Buenos chicos, ¿eh? - dijo Elías, riéndose como deben de reír los
brujos en el aquelarre.
El sobrino no contestó,
contentándose con encomendar mentalmente a Dios a su buen amigo Alfonso Núñez.
«¡Tengo un plan!... - añadió el
fanático con cierta satisfacción de sí mismo - , plan soberbio. Si supieras,
Lázaro. Pero
tú eres muy tonto y no puedes comprender esto. Son buenos chicos esos que te he
dicho, ¿no? Así... muy exaltados, muy amigos de embaucar al pueblo y pronunciar
discursos... pues, así como tú».
Lázaro se asustó más y comprendió
menos.
«Esos chicos valen mucho. ¡Si
supieras qué útiles son! Amantes de la libertad, habladores, impetuosos,
entusiastas. ¡Ah!, no temo yo a estos... Lo harán bien. ¡Plan magnífico!».
Después, como si se arrepintiera de
haber dicho demasiado, apartó la vista de su sobrino, murmuró algunas voces
incoherentes, y volvió a hojear sus papelotes, escribiendo algo y gruñendo
siempre, sin dejar de gesticular como si hablara con alguien.
Lázaro miró un buen rato la lívida
faz del viejo realista, que, iluminada de lleno por la luz, ofrecía fantástico
e infernal aspecto. Las orejas se le transparentaban, los ojos parecían dos
ascuas, y el cráneo le lucía como un espejo convexo. Los singulares objetos que
le rodeaban, o los que cubrían las paredes de la habitación, aumentaban el
terror del estudiante. Aquel sillón de vaqueta, testigo mudo del paso de cien
generaciones; aquellos cuadros viejos; los muebles de talla, exornados con
figuras grotescas y de rarísima forma, daban a la decoración el aspecto de uno
de esos destartalados laboratorios en que un alquimista se consumía devorado
por la ciencia y las telarañas.
Después de cerrar los ojos,
entregado por fin al sueño, el joven Lázaro continuó viendo a su tío con los objetos
que le rodeaban. Representáronsele además las siniestras figuras de las señoras
de Porreño; y en su soñar disparatado le parecía que aquellas tres figuras
crecían, crecían hasta tocar las nubes y ocupaban todo el espacio: Salomé, como
una columna que sustentaba el cielo; Paz, como nube gigantesca que unía el
Oriente con el Ocaso. Después le parecía que menguaban, que disminuían hasta
ser tamañitas: Paz como una nuez, Salomé como un piñón, Paula como una lenteja.
Oía la frailuna voz de la devota; veía - 185 -
extraños y complicados resplandores, partidos de la lámpara
del viejo; veía la rojiza diafanidad de sus orejas como dos lonjas de carne
incandescente; veía la enormidad de su calva iluminada como un planeta; y por
último, todos estos confusos y desfigurados objetos se desviaban, dejando todo
el fondo obscuro de las visiones para la imagen de Clara que, no desfigurada,
sino en exacto retrato, se le representaba, alzando la vista de una labor
interrumpida para mirarle. En tanto le parecía escuchar siempre una voz
subterránea que clamaba: «Lázaro, ¿duermes? Despierta, Lázaro».
A la madrugada su sueño fue más
profundo. Despertó a las ocho, y en los primeros momentos tuvo que recoger sus
ideas y meditar un poco para saber dónde estaba y qué cosas le habían sucedido.
Su tío había salido. Levantose y se vistió. No sabía qué hora era; pero el
hambre le hizo comprender que era hora de almorzar. Abrió la puerta, dirigiendo
una mirada a lo largo del pasillo y a lo profundo de la escalera, y el primer
objeto que encontraron sus ojos fue la figura de doña Paulita que subía
lentamente.
«¿Ha descansado usted?» le preguntó
con voz menos nasal e impertinente que de ordinario.
- Sí, señora: muchas gracias.
- ¿No le falta a usted algo?
- Nada, señora.
- Pero querrá usted comer alguna cosa. Aquí
acostumbramos desayunarnos a las siete. Es lo mejor. Pero son las ocho; mi tía
es muy rigorista y ha dicho que puesto que usted no estuvo a las siete en la
mesa, no puede almorzar. Esto es una disciplina necesaria. Bien sabe usted que
sin disciplina no puede haber orden. Ahora no puede usted tomar cosa alguna
hasta las dos de la tarde.
- Señora, no importa: yo... - dijo Lázaro, que era cortés, aunque estaba
muerto de hambre en aquel momento.
- Pero no tema usted - continuó la devota, bajando la voz y
mirando a todos lados - . Yo conozco que está usted desfallecido, y es preciso
darle de comer. No salga usted de su cuarto.
Dicho esto, bajó muy ligera,
procurando no ser vista. El joven sintió más encendida su gratitud hacia
aquella señora, que ya había hablado en su defensa la noche anterior.
Al poco rato volvió la devota
trayendo un desayuno que, aunque escaso, bastó para reponer el hambriento.
«Mi hermana no lo llevará a
mal - dijo - ; pero no se lo - 186 -
diga usted. Yo hago esto por usted, porque comprendo que en
un cuerpo débil no tiene fuerzas el espíritu».
- Señora, no sé cómo pagarle tantos
favores - contestó el mancebo sin
mirarla.
A las siete de aquella mañana,
mientras Lázaro dormía rendido de cansancio, se suscitó una gran cuestión en el
comedor sobre si sería conveniente y disciplinario llamarle para almorzar.
María de la Paz decía que no; Salomé dudaba, y la santa opinaba que sí. Las
razones de la primera eran: que puesto que prefería el sueño a la comida, era
preciso hacerle el gusto, con lo cual se iría acostumbrando a la disciplina. En
vano quiso oponerse Paulita con gran copia de razones teológicas y morales,
fundadas en el principio de mens sana in corpore sano: todo fue inútil.
Sus palabras, oídas con respeto, no produjeron efecto. Elías decidió la
cuestión, diciendo que su sobrino, además de liberal, era holgazán, y que había
de renunciar a hacer de él nada bueno. Todos callaron y comieron. Clara no era
admitida en la mesa común.
Volvamos arriba. Lázaro se comía la ración con gran apetito. La dama le
hacía mil preguntas, y él le contestaba procurando ser lo más cortés que el
hambre le permitiera. Las preguntas eran de esta clase:
«¿Creyó usted que no almorzaría
hoy?».
- ¡Ah, señora!, no...
- Porque yo no me olvidaba de que usted estaba
sin comer.
- Yo le doy a usted las gracias.
- Pero usted no se lo figuraba - decía Paulita, ansiosa de apurar aquella
cuestión hasta el fin.
- No, señora; de ningún modo... yo... sí...
Pero... ya.
- Y su tío se opuso a que almorzara.
- ¡Ah!, mi tío
- dijo Lázaro, dejando de comer -
es un... No: es un excelente hombre.
- ¡Oh, sí! - dijo la devota mirando al cielo - , es un
hombre ejemplar... un santo.
- Sí, sí: un santo.
Lázaro, nuevo en aquella casa, no
había tenido ocasión de penetrar el carácter de la persona que tenía delante en
el momento de su desayuno. Por este motivo nada le llamó la atención; por eso
no supo que nunca sus bellos ojos habían tenido un resplandor tan vivo, ni que
jamás voz de monja alguna entonó salmodias con tan melodioso timbre como el de
la voz de Paula al decir: «¿Usted creyó que no almorzaría hoy?». En ella, sin
embargo, había gran naturalidad; y no es aventurado afirmar que en ningún - 187 -
tiempo se cruzaron sus manos blancas y finas con menos
afectación, a diferencia de aquellos crispamientos de dedos que usaba tanto
para acompañar y adornar sus peroraciones.
«Aquí no será permitido que le
hagan a usted daño alguno - dijo en el
tono de quien hace una importante revelación - . No tema usted. Si ha cometido
alguna falta...».
- ¿Falta?
- dijo el joven con tristeza.
- ¿Pues no decían que era usted un gran
pecador?
- ¡Yo un gran
pecador, señora!
- No será tanto como dicen... - continuó doña Paulita, con una sonrisa tan
mundana, que no parecía puesta en boca de una santa.
- No -
replicó el joven con efusión - ; no es tanto como dicen, es verdad. Y si he de
decirlo todo...
- Acabe usted
- dijo la otra con mucho interés.
- Yo no sé qué falta he cometido - añadió Lázaro con melancolía - . Pero sí,
faltas he cometido, no lo puedo negar...
- ¿A ver, a ver, qué faltas? - preguntó con mucha ansiedad la favorita de
Dios.
- Le diré a usted... - repuso él, preparándose a confesar.
- Comprendo: algún extravío de joven. La
juventud está llena de peligros, y los jóvenes, si se les deja solos...
- Es verdad.
- Cuénteme usted. Yo quiero que usted se
corrija. Tal vez la falta es mucho menos grave de lo que usted mismo piensa.
Tal vez no pasa de ser una ligereza trivial
- dijo con más ansiedad e interés Paula - . Dígame usted; yo le daré
consejos... Cuénteme usted.
Lázaro permaneció pensativo un
instante, y ya abría la boca para formular una contestación o una excusa,
cuando Elías se presentó en la puerta. La
devota se turbó un poco; pero un momento le bastó para reponerse. El realista se quedó muy
sorprendido al ver a la dama y al observar los restos del almuerzo, mientras su
sobrino se avergonzaba de haberlo probado.
«Pase usted, señor don Elías - exclamó ella con su unción acostumbrada - ;
pase usted: aquí estoy suplicando por amor de Dios a su sobrino que no le dé
más disgustos. ¡Oh! Pero él se va arrepintiendo ya de los errores de su
juventud. ¿Qué extraño es que la juventud peque, entregada a sí misma, sola por
espinosos caminos? Le estoy recomendando la moderación, la cortesía, la
prudencia. Pero veo que usted se admira de que le haya traído de - 188 -
comer. ¡Ah!, confieso mi falta. Pero no he podido resistir
los impulsos de la compasión. He sido débil; no he nacido para el rigor, y
confieso que no tengo carácter, como debiera, para sostener la rigidez de la
disciplina. Si he cometido una falta, perdóneme usted».
Elías estuvo un rato sin saber qué
contestar; pero tenía muy alta idea de la cristiandad de aquella señora para
vacilar en probar cuanto hacía. Aquel acto le pareció una sublime prueba de
caridad.
«¡Señora, qué buena es usted!»
dijo.
- No es bondad, es debilidad. Conozco que hice
mal.
- ¡Señora,
usted es una santa! Aunque él no merece lo que usted ha hecho, esto sirve para hacer
resaltar más las virtudes de usted.
- ¡Oh!
- exclamó la elegida del Señor - , confieso que mi deber era seguir el
dictamen de usted; pero no he podido resistir a un poderoso impulso de
indulgencia. ¡Oh!, si siempre pudiera una
salir victoriosa de sí misma...
- Mira, aprende - dijo Elías, volviéndose hacia Lázaro - ;
mira a esa santa; aprende lo que es nobleza, generosidad, virtud.
- No -
dijo ella bajando los ojos - . Que no tome por modelo a esta pecadora.
- Aprende, Lázaro - exclamó con exaltación el fanático - . Aquí tienes a la misma virtud.
La santa hizo una gran reverencia y se marchó, dejando solos al tío y al
sobrino.
|