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Capítulo XXXII
La Fontanilla
No encontró a su tío, que aquel día
no había parecido por la casa. Si hemos de verle nosotros, tenemos que
dirigirnos al naciente club de La Fontanilla, donde el buen realista
conversaba muy calurosamente con el Doctrino y con el otro joven llamado
Aldama, de quien ya tenemos noticias.
Indiquemos la variación que había
ocurrido en aquella casa. El poeta había volado. Por fin consiguió Carrascosa
el objeto de sus afanes; la vizcaína se decidió a echar al poeta con todo su
bagaje de Gracos, musas y ninfas clásicas. Pudo mucho en la conciencia de la
jamona la opinión del vecindario, que se mostraba cada vez más explícito en
cuanto a las supuestas relaciones entre la semidiosa y su cantor. Conjeturas
podrían hacerse sobre la desaparición del joven, y hay indicios para creer que
pocas horas antes de la partida estuvo la patrona hablando muy por lo bajo con
su huésped.
Ausente el poeta y desocupado el
parnasillo, don Gil trajo de la calle de las Urosas el baúl, que contenía sus
tres casacas, su peluca del tiempo de Esquilache, sus cuatro camisas con
chorrera, su capa y su espadín enmohecido, y se instaló donde había estado el
autor de Los Gracos. Colgó en la pared un cuadro de familia que
representaba las postrimerías del hombre en diabólicas y extravagantes
alegorías, y allí quedó, huésped de su adorada. Creemos oportuno advertir que
la causa de la afición - 233 -
de don Gil a la vizcaína
era que él tenía conocimiento, por papeles que tuvo ocasión de ver mientras fue
covachuelista, de un derecho a ciertas tierras y casas de labor en Oñate, el
cual había recaído en aquella doña Leoncia sin que ella misma lo supiera. El
abate pensaba realizar un buen negocio, ya haciéndose por cualquier medio
poseedor del derecho, ya pleiteando por cuenta de ella, con esperanza de sacar
un buen bocado. Su hambre era tanta como su ingenio, razón por la cual había
probabilidad de que saliera adelante con su empresa. Dejémosle allá dedicado a
la ardua tarea de conquistar a la semidiosa, y asistamos a la sesión de La
Fontanilla.
El Doctrino decía a Coletilla:
«Mucho me temo que eso no salga
bien: yo cuento con gente decidida; pero el golpe es demasiado terrible, amigo
don Elías, y temo que se alborote la opinión pública».
- Si ya la opinión pública se ha presentado
contra ellos; si les señala con execración
- observó Elías con mucha vehemencia - . Parece que no conoce usted al
pueblo. ¿No ve usted cómo están La Fontana, Lorencini, La Cruz
de Malta y Los Comuneros? ¿No ve usted cómo los liberales exaltados
truenan contra los que llaman tibios, es decir, contra los que apoyan al
Gobierno y forman la mayoría llamada sensata en las Cortes? Pues bien:
el pueblo está furioso contra esos tibios; ya usted sabe cómo se ha logrado
encender esa ira. El pueblo está pidiendo su destrucción, porque cree que es el
mejor medio de conseguir la libertad. Cumplamos la voluntad del pueblo.
Indescriptibles son el sarcasmo y
la diabólica malicia con que Coletilla pronunciaba estas palabras. Ya
comprenderá el lector la marcha que llevaban los planes de aquel viejo demonio
del absolutismo. Él caminaba seguro hacía su fin: la paciencia, la constancia,
la reflexión madura, la astuta discreción le guiaban; era hombre hábil y con
facultad portentosa para idear y poner en práctica proyectos como el que le
vemos desarrollar ahora.
«Bien - contestó el Doctrino - : yo convengo en que
es preciso hacer eso que usted dice, y ver el modo de que el pueblo bajo
satisfaga su sangriento deseo. Él no sabe lo que quiere ni por qué le quiere.
Ha adquirido por distintos medios esas ideas, y es preciso llevarle a su
realización. Pero me parece que aún no es tiempo, señor don Elías. Los hombres
señalados para víctimas conservan aún mucho prestigio. El pueblo no les quiere,
es cierto, porque al pueblo se le ha extraviado y se le ha engañado; - 234 -
pero tienen apoyo en la clase media y en una parte de la
aristocracia. Creo que no ha llegado aún el golpe de mano que usted viene
preparando».
- ¡Qué niño es usted! - dijo el realista - ; ¿qué importa que esa
gente tenga algún prestigio? ¿Y no significa nada el apoyo de aquella persona
tan alta... de aquel que todo lo puede?...
- Del Rey,
dígalo usted de una vez.
- Ya sabe usted cuál es el
pensamiento del Rey. Ante el público, ante la Europa, esos hombres son sus amigos:
algunos son sus ministros, otros son sus consejeros de Estado, otros los
diputados que apoyan sus decretos en las Cortes. Aparentemente el Rey les ama;
pero en realidad les odia, les detesta. Por ellos se entroniza el sistema
constitucional; ellos dan fuerza al liberalismo. Ya veis cómo, para acabar con
el liberalismo, hay que acabar con ellos.
Esto lo dijo con una resolución tan
cínica y tan descarada veracidad, que el mismo Doctrino, que era un infame,
sintió cierta repugnancia.
«Pues bien - continuó Coletilla - : toda la execración
del atentado caerá sobre los liberales exaltados, que son los que lo perpetran;
el golpe va a herir directamente al liberalismo. Se verá que el liberalismo se
mata a sí mismo; que los más exaltados de sus secuaces devoran a los más
prudentes. ¿Qué ha de hacer la Patria aterrada en presencia de este horror?
Renegar del liberalismo, facilitar el santo propósito del Rey de restablecer el
antiguo sistema. El golpe está muy bien preparado: una parte de los liberales
arde en deseos de aniquilar a la otra parte. El suicidio del liberalismo es
inminente. Favorezcámoslo, impulsémoslo. Tal vez mañana será tarde; tal vez, si
nos detenemos, puede verificarse una reconciliación, y entonces...».
- Reconciliación no: eso es imposible - dijo el Doctrino preocupado - . Los
exaltados de la Fontana y de los otros clubs han llegado ya a un estado
de intransigencia tal... Al pueblo se le ha predicado mucha doctrina de
intolerancia y de exterminio para que se detenga en su aspiración. No hay
remedio: esos que se oponen en las Cortes y en los clubs a las exageraciones de
la libertad, van a ser atropellados por ella. No es posible reconciliación; por
lo mismo creo que debe y puede esperarse un poco a ver si esos hombres pierden
de una vez la poca popularidad que les queda.
- Esas cosas se han de hacer con decisión; si
no, no se - 235 -
hacen - dijo Elías - . Veo que usted no ha nacido
para los golpes de circunstancias. Yo creo que esta semana debe verificarse el
desenlace de mi plan, y lo tendrá, aunque usted no quiera ayudarme.
- Ayudarle a
usted, eso sí. Hemos hecho un pacto: usted es el que ha de mandar. Aunque disintamos en
un punto, no por eso nos separaremos. Yo obedezco, y la responsabilidad del
éxito cae sobre mí. Pero en la desgracia, usted no me ha de abandonar: así lo
hemos pactado.
- Eso no: respecto a lo que he dicho a usted,
no hay que insistir. Tendrá lo que desea, más aún.
- Pues no espero más que las órdenes de usted.
- Es indudable
- dijo Elías, después de una pausa - , que ellos se han propuesto
marchar de acuerdo y destruir las pequeñas diferencias que entre ellos había. Martínez de la Rosa y Toreno se dan la mano con el ministro
Felíu y con el mismo Argüelles.
- ¿Y qué?
- Que eso es lo que conviene a nuestro plan.
- Excepto Argüelles, todos son muy odiados del
pueblo, y no creo que exista hombre alguno a quien más aborrezcan los exaltados
que al ministro Felíu.
- Pues bien
- dijo Coletilla - : yo estoy seguro, segurísimo de que esos que he
nombrado, y además Valdés, Álava, García Herreros, el poeta Quintana, el
consejero de Estado Bozmediano y otros, se reúnen, no sé si de día o de noche,
con todos los ministros y algunos generales. Sin duda tienen algún proyecto
entre manos, algún complot, quién sabe si contra el Rey.
- ¿Y no sabe usted dónde se reúnen?
- No lo sé; estoy rabiando por averiguarlo.
Figúrese usted qué ocasión. Precisamente son los que... Le diré a usted cómo he
sabido que esos pájaros se reúnen algunas noches, no sé si todas las noches.
Hace algunos días estaba Felíu en el cuarto del Rey. No había consejo; estaba
el conde de T. contando chascarrillos. El Rey se reía mucho, y el ministro
también para que no le acusaran de irreverente. Después Su Majestad dijo que
quería ver el decreto de la beneficencia que Felíu tenía preparado, porque
estaba delante el obispo de León, y el Rey quería mostrárselo. Sacó del
bolsillo su excelencia el manuscrito, y al mismo tiempo se le cayó un papel muy
pequeño, sobre el cual Su Majestad, que es más ladino que Merlín, puso
inmediatamente el pie. El ministro notó la caída del papel, pero no se dio por
entendido. Leyó su decreto, dijo el prelado que no le gustaba, y el Rey que
estaba complacidísimo. - 236 -
Grande era su curiosidad
por saber si aquel papel decía algo interesante, y apresuró la despedida del
ministro. Quedose solo y me llamó; juntos leímos el papel, que decía: A las
diez; van por fin, Argüelles y Calatrava. No falte usted.
Esto nos aumentó la curiosidad.
Mandamos a las diez a una persona que fuera a espiar la salida del ministro de
su casa para observar dónde iba. Pero Felíu no salió; tampoco salieron de las
suyas Argüelles ni Calatrava, y fue que el maldito, como notó que Su Majestad
había puesto el pie sobre el papel, quiso desorientarle y no fue a la cita,
avisando a tiempo a Argüelles y a Calatrava para que no fueran tampoco.
- ¿Y después no ha tratado usted de averiguar?
- Sí: a la noche siguiente fue una persona a
casa de Felíu a preguntar por él, y le dijeron que no estaba. Quedose por
aquellos alrededores; pero no le vio entrar ni salir en toda la noche. Yo
sospechaba que Toreno, Martínez de la Rosa, Valdés, Álava y Bozmediano entraban
en aquel cotarro, y después de las diez mandé a sus casas a personas que
preguntaran por ellos con cualquier pretexto: ninguno estaba. He sabido que
Quintana, que va al Príncipe con frecuencia, ha salido antes de las diez; he
sabido que Bozmediano y su hijo, que asistían a la tertulia del marqués de las
Amarillas, se marchaban a eso de las diez los tres juntos. Esto se ha repetido
varias noches.
- ¿Y no se les sigue para saber dónde van?
- Sí; y se ha observado que cada uno entra en
su casa: esto lo hacen para desorientar al que los sigue. Algunas noches se les
ha visto dirigirse a otros sitios; pero nunca se ha notado que todos vayan a
uno mismo. Pero ya lo averiguaremos, descuide usted.
- Pues si esa reunión es cierta - dijo el Doctrino - , es un complot sin
duda: ¡qué ocasión!
- ¡Y quería usted dejarla pasar! Es preciso
que esa gente aparezca a los ojos del pueblo como urdiendo un plan de golpe de
Estado contra la Constitución. El pueblo es fácil de engañar.
- El pueblo creerá eso y todo lo que sea
preciso.
- Vamos, ¿y qué ha hecho usted esta
mañana? - preguntó Coletilla - . ¿Ha
hablado usted a los de Lorencini?
- Estamos de acuerdo.
- Y los Comuneros, ¿se deciden a
marchar con ustedes?
- Ya vio usted lo que dijo el otro día el jefe
de los exaltados allí. Estamos convenidos.
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- Bien - dijo Elías.
- Grandes turbas de gente obedecen ciegamente
nuestro mandato. Eso bueno tienen las ideas exaltadas: que es muy fácil llevar
al pueblo al terreno de los hechos, incitándole con ellas. El pueblo se deja llevar, y le gusta que le lleven.
- ¡Bendita la nación! - dijo Elías con una mirada igual a la del
demonio cuando tentó a Jesús - ; bendita la nación que tiene un pueblo tan
impresionable y dócil, porque si bien puede extraviarse, puede servir también
de instrumento para volver al buen camino, y luego con un sistema de represión
el pueblo no volverá a ser impresionado por nadie.
Apenas había pronunciado Coletilla
estos terribles aforismos, cuando se sintió ruido en la escalera. Eran algunos
jóvenes socios del club naciente.
«Escóndase usted ahí - dijo el Doctrino a Coletilla - . Estos no
le han de ver».
Escondiose el realista en una
alcoba inmediata, y entraron Alfonso Núñez, Cabanillas y otro que hasta hoy no
conocemos, y era Juan Pinilla, gran orador de los Comuneros, apóstol de
las ideas más disolventes y extravagantes. Estaba ya en autos con el Doctrino;
ambos servían a Coletilla mediante respetables sumas y la promesa, solemnemente
asegurada, de un destino en las Intendencias de Cuba o Filipinas. Otros muchos
entraban en el infame complot, y entre ellos una gran parte sin interés,
guiados sólo por patriotismo mal entendido, por la ignorancia o la ambición.
Estos eran los más desdichados.
«¿Qué hay? - dijo Núñez - . ¿Te has convencido ya de que
esto no puede retardarse? Mañana será tarde. He tenido ocasión de ver cómo están
los ánimos perfectamente preparados para nuestro objeto. Los ministros, los
diputados de la fracción sensata, son detestados: la tempestad ruge
sobre sus cabezas. Hay que hacerla estallar. Salvamos la libertad, ¿sí o no?».
- La salvamos
- dijo el Doctrino - . Cuando contamos nuestras filas y vemos que la
mayoría de España está con nosotros, ¿no hemos de tener confianza?
- Eso mismo digo yo - manifestó Aldama, que en presencia de
Coletilla no hablaba nunca; pero sabía recobrar, cuando él no estaba, el uso de
su muletilla.
- ¿No ha venido Lázaro? - preguntó el Doctrino a Alfonso.
- No estaba en su casa. Tal vez venga más
tarde.
- Esta noche vendrá Jorge Bessières, el gran
republicano - 238 -
francés - dijo Juan Pinilla, comunero y republicano.
Era Pinilla un hombre de gran
talla, casi tan corpulento como el barbero Calleja, pero de más claridad en la
mollera. Abogado sin pleitos, más por la violencia e informalidad de su
carácter, que por falta de talento; era gran terrorista, y su mayor afán era
desempeñar el papel de acusador el día en que la Junta de salud pública
decretara el exterminio de una gran porción de ciudadanos, empezando por el
Rey. Fernando estaba ya sentenciado en los papeles de Pinilla, con otros menos
dignos que él de la guillotina. Poco después de este furibundo demagogo otro
personaje entró en escena.
«¿Quién será? - dijo el Doctrino sintiendo los pasos - .
Apuesto a que es el mismo Lobo en persona».
Un hombre alto, flaco y vestido de negro
entró en la habitación. Era don Julián Lobo, célebre republicano que después
fue faccioso y uno de los más sanguinarios chacales del absolutismo. No es
fácil decir si en la época en que lo presentamos era verdadero demagogo o
simplemente un absolutista disfrazado, como otros muchos. Lo cierto es que
hacía alarde de las más exageradas opiniones, y sus discursos, pronunciados en Lorencini,
eran elocuentes y fanáticos. Conspiró mucho con los liberales exaltados contra
el gobierno de Felíu, y después contra el gobierno de Martínez de la Rosa. Hay
quien asegura que tomó parte en las primeras facciones con Misas y el Trapense,
y es indudable que al fin de los tres años constitucionales se presentó
descaradamente con una partida en Moncayo, donde hizo estragos. Entronizado de
nuevo el absolutismo, se ordenó de mayores (ya lo era de menores antes de
1821); obtuvo el arcedianato de Ciudad - Rodrigo con asiento en el coro de
Salamanca, y lo disfrutó muchos años.
«Señores - dijo con mucha solemnidad - , albricias: la
Fontana es nuestra».
- ¿Qué hay? Cuente usted - dijeron todos con gran interés.
- Que nos han dejado libre el campo. Los
últimos que quedaban del partido tibio se han marchado viendo que la
opinión se va tras nosotros. Anoche les han dado una silba horrible. Han
acordado marcharse todos, y el amo del café, Grippini, ha venido a decirme que
si queremos continuar nosotros las sesiones...
- ¿Pues no hemos de continuar? Esta noche misma -
dijo Alfonso con entusiasmo.
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- Bien por la Fontana. La Fontana
es nuestra - gritó el Doctrino.
- Lo mismo ha pasado en Lorencini.
Se han marchado esos señores con su orden y su cordura.
- El campo es nuestro. Convocad a
la gente para esta noche.
- ¡Todo el mundo a la Fontana!
- A la Fontana, a las
diez.
En la sesión preparatoria de la Fontanilla no ocurrió nada de
notable. Los
principales cabecillas del complot se dieron cita para una conferencia secreta
que tendría lugar aquella noche en el salón interior de la Fontana, a
las nueve, y se despidieron para retirarse, quedando allí Aldama y el Doctrino.
Cuando se vieron solos llamaron a Elías que apareció con cara de júbilo, la
cual en aquel hombre era la cara más diabólica y repulsiva del mundo.
«¿Qué le parece a usted?» dijo el
Doctrino.
- Bien, bien.
- Vamos a echar un trago - añadió el joven, tomando de manos de Aldama
una botella que este había sacado, no sabemos de dónde, al desaparecer los
compañeros.
- Yo no bebo, no - dijo Elías tomando la botella y echando
vino en el vaso de los otros dos - . Yo no bebo.
- Esta noche en la Fontana. ¿Va usted?
- Sí, iré... pues no - respondió Coletilla con mucha ironía - . Yo
también soy liberal.
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