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Francisco de Quevedo
Romances

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Advierte al tiempo de mayores hazañas, en que podrá ejercitar sus fuerzas

   Tiempo, que todo lo mudas,

tú, que con las horas breves

lo que nos diste, nos quitas,

lo que llevaste, nos vuelves:

   tú, que con los mismos pasos,

5

que cielos y estrellas mueves,

en la casa de la vida,

pisas umbral de la muerte.

   Tú, que de vengar agravios

valle te precias como valiente,

10

pues castigas, hermosuras,

por satisfacer desdenes:

   tú, lastimoso alquimista,

pues del ébano que tuerces,

haciendo plata las hebras,

15

a sus dueños empobreces:

   tú, que con pies desiguales,

pisas del mundo las leyes,

cuya sed bebe los ríos,

y su arena no los siente:

20

   tú, que de monarcas grandes

llevas en los pies las frentes;

tú, que das muerte y das vida

a la vida y a la muerte.

   Si quieres que yo idolatre

25

en tu guadaña insolente,

en tus dolorosas canas,

en tus alas y en tu sierpe:

   si quieres que te conozca,

si gustas que te confiese

30

con devoción temerosa

por tirano omnipotente,


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   da fin a mis desventuras

pues a presumir se atreven

que a tus días y a tus años

35

pueden ser inobedientes.

   Serán ceniza en tus manos

cuando en ellas las aprietes,

los montes y la soberbia,

que los corona las sienes:

40

   ¿y será bien que un cuidado,

tan porfiado cuan fuerte,

se ría de tus hazañas,

y vitorioso se quede?

   ¿Por qué dos ojos avaros

45

de la riqueza que pierden

han de tener a los míos

sin que el sueño los encuentre?

   ¿Y por qué mi libertad

aprisionada ha de verse,

50

donde el ladrón es la cárcel

y su juez el delincuente?

   Enmendar la obstinación

de un espíritu inclemente,

entretener los incendios

55

de un corazón que arde siempre;

   descansar unos deseos

que viven eternamente,

hechos martirio del alma,

donde están porque los tiene;

60

   reprender a la memoria,

que con los pasados bienes,

como traidora a mi gusto

a espaldas vueltas me hiere;

   castigar mi entendimiento,

65

que en discursos diferentes,

siendo su patria mi alma,

la quiere abrasar aleve;


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   estas sí que eran hazañas,

debidas a tus laureles,

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y no estar pintando flores,

y madurando las mieses.

   Poca herida es deshojar

los árboles por noviembre,

pues con desprecio los vientos

75

llevarse los troncos suelen.

   Descuídate de las rosas,

que en su parto se envejecen;

y la fuerza de tus horas

en obra mayor se muestre.

80

   Tiempo venerable y cano,

pues tu edad no lo consiente,

déjate de niñerías,

y a grandes hechos atiende.

 

 




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