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| Francisco de Quevedo Romances IntraText CT - Texto |
A don Álvaro de Luna
A los pies de la fortuna,
el que pisó su cabeza,
los de un Crucifijo santo
con tristes lágrimas riega.
Comenzolos a besar;
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mas viendo por una puerta
entrar su truhán llorando,
amortajado en bayeta,
detúvose, y afligido,
le dijo con voces tiernas,
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palabras que se ahogaron
nadando en llanto las medias.
Mas el juglar que lo mira,
mudo de pura tristeza,
le respondió mesurado
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pidiendo al llanto licencia:
«Tengo, hermosísima Luna,
a decirte cómo empiezas
hoy a ser, Luna en el mundo,
pues que tu noche se llega.
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»Quiero también despedirme
de tu casa y tu presencia,
que soy como golondrina
que en el invierno se ausenta.
»Pues siendo mi oficio gracias,
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la fortuna que hoy ordena
desgracias sólo a tu casa,
me despide de tu mesa.
»¿Cuántas veces, Condestable,
entre burlas y entre veras,
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te pedí de Dios firmada
la cédula de firmeza?
»¿Y cuántas te dije a solas,
que el hombre que en hombre espera
le hace a Dios su contrario,
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Dios al hombre casi bestia?
»Siempre las cosas mas altas
están al rayo sujetas,
porque parecen subir
a recibille ellas mesmas.
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»Un solo arrepentimiento,
mira que caro te cuesta,
porque de cuanto tuviste,
con él tan sólo te quedas.
»No en que eres Luna te fíes,
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cuando traidores te cercan,
pues otro sol de justicia
no se libró de tus tretas.
»Ve de Luzbel la privanza,
que cayó por su soberbia,
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que aun los ángeles peligran
en la privanza y alteza.
»Fuiste cohete en el mundo,
subiste a las nubes mesmas,
subiste resplandeciente,
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bajas ya ceniza a tierra.
»Porque la pólvora misma,
que te subió tan ligera,
abrasándote te baja
vuelto carbones en piezas.
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»Condestable, mi señor,
ya de tus glorias inmensas,
al mundo que te las dio
toma el Señor residencia.
»Pues que todo fue prestado,
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la vida, el honor, las prendas,
no es mucho que agradecido
al que te las dio las vuelvas.
»En esta cárcel del mundo,
sólo de mí diferencias,
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en ser mis grillos de hierro,
los tuyos de plata y perlas.
»Esto te digo llorando,
solamente porque entiendas,
que quien fue truhán en burlas,
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es predicador en veras».
Diciendo aquesto se fue,
llorando al Conde le deja,
y de ver llorar la Luna
se enlutaron las estrellas.
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