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Guy de Maupassant
La belleza inútil

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IV

    El conde y La condesa de Mascaret, sentados el uno al lado del otro dentro del cupé que los llevaba a casa, no despegaban los labios. Pero, de pronto, dijo el marido a su mujer:
    -¡Gabriela!
    -¿Qué me quiere usted?
    -¿No le parece que esto ha durado ya bastante?
    -¿A qué se refiere?
    -Al suplicio ignominioso a que me tiene sometido desde hace seis años.
    -Yo nada puedo hacer.
    -¿Cuál de ellos es? Dígamelo de una vez.
    -Jamás.
    -Piense usted que ya no puedo mirar a mis hijos ni sentirlos a mi lado sin que la duda me destroce el alma. Dígame cuál de ellos es, y yo le juro que perdonaré y que lo trataré igual que a los demás.
    -No tengo derecho a obrar de esa manera.
    -¿No ve usted que ya no puedo soportar más esta vida, esta idea que me corroe, esta pregunta que me formulo constantemente y que constituye mi tormento cada vez que los miro? Acabaré por volverme loco.
    -Entonces, ¿ha sufrido usted mucho?
    -De un modo espantoso. Sin ese sufrimiento no me habría resignado yo al horror de vivir al lado de usted ni al horror, más grande todavía, de saber que hay entre ellos uno, que yo no puedo saber cuál es, que me impide querer a los otros.
    Ella insistió:
    -¿De modo que ha sufrido usted, real y verdaderamente?
    El marido le contestó con acento que delataba su dolor:
    -¿No le vengo repitiendo todos los días que ya no puedo soportar más semejante suplicio? Si yo no quisiese a mis hijos, ¿habría vuelto, habría seguido viviendo en esta casa, a su lado y al lado de ellos? Se ha portado usted conmigo de una manera execrable. Sabe usted perfectamente que todas las ternuras de mi corazón son para mis hijos. Soy para ellos un padre a la antigua, lo mismo que he sido para usted un marido por el estilo de las antiguas familias, porque yo sigo siendo un instintivo, un hombre primitivo, de otros tiempos. Sí, lo reconozco; usted despertó en mi unos celos atroces, porque es una mujer de otra raza, de otra alma, con otras necesidades. No olvidaré jamás sus palabras, no las olvidaré jamás. A decir verdad, a partir de aquel día no me he preocupado ya de lo que usted pudiese hacer. Si no la maté fue porque, matándola, desaparecería para mi toda esperanza de saber cuál de nuestros..., de los hijos de usted, no es mío. He esperado, pero he sufrido más de lo que usted podría imaginarse, porque ya no me atrevo a quererlos, con excepción, quizá de los dos mayores; no me atrevo a mirarlos, ni a llamarlos, ni a besarlos, ni a coger a uno sobre mis rodillas, sin que en seguida me pregunte: "¿No será éste?" Y desde hace seis años me he conducido correctamente con usted, y hasta he sido cariñoso y complaciente. Dígame la verdad, y yo le juro que no haré nada malo.
    A pesar de la oscuridad del carruaje, creyó él adivinar que su mujer estaba conmovida, y tuvo la sensación de que, por fin, iba a hablar. Por eso insistió:
    -Se lo ruego, se lo suplico a usted.
    Ella dijo con voz muy queda:
    -Quizás he sido más culpable de lo que usted me supone; pero yo no podía, se lo aseguro, continuar con aquella vida odiosa de perpetua preñez. Sólo un recurso tenía para alejarlo a usted de mi lecho. Mentí delante de Dios, y mentí cuando juré con la mano levantada sobre la cabeza de mis hijos, porque jamás le he engañado.
    Él la agarró del brazo en la oscuridad y se lo estrujó de la misma manera que el día terrible de su paseo al Bosque, diciéndole:
    -¿Es cierto?
    -Es cierto.
    Pero él, estremecido de angustia, gimió:
    -¡Ahora me voy a ver envuelto en nuevas dudas, y no saldré de ellas jamás! ¿Cuándo mintió usted: entonces o en este momento? ¿Cómo voy a creerle lo que me dice? ¿Cómo dar fe, después de esto, a las palabras de una mujer? No conseguiré nunca saber a qué atenerme. Hubiera preferido que me dijese: "Es Santiago o es Juana..."
    El carruaje entraba en el patio del palacio. Como siempre, cuando aquél se detuvo delante de la escalinata, descendió el conde el primero, y ofreció el brazo a su mujer para subir las escaleras.
    Cuando llegaron al primer piso, volvió a decirle:
    -¿Puedo hablar algunos instantes más con usted?
    Ella le contestó:
    -Con mucho gusto.
    Entraron en un salón pequeño, y un lacayo encendió las luces, sorprendido.
    Cuando estuvieron a solas, siguió hablando:
    -¿Cómo voy a saber la verdad? Mil veces le pedí que hablase, y usted se encerró en su mutismo, permaneció impenetrable, inflexible, inexorable, y ahora, de pronto, me dice usted que mintió. ¡Y me ha mantenido usted por espacio de seis años en semejante creencia! No; cuando miente es hoy; no por qué razón, por compasión quizá.
    Ella le contestó con expresión sincera y convencida:
    -Si no hubiese procedido así, habría tenido en estos seis años cuatro hijos más.
    Entonces él exclamó:
    -¿Es ése el lenguaje de una madre?
    -¿Cómo? - contestó ella -. Yo no me siento madre de los hijos que aún no han nacido; me basta con serlo de los que ya tengo, y con amarlos con todo mi corazón. Yo soy..., nosotros somos, mujeres de un mundo civilizado, caballero. No somos ya, y nos negamos a serlo, simples hembras destinadas a repoblar la tierra.
    La condesa se puso en pie, pero él le agarró las manos.
    -Una palabra, Gabriela; una sola palabra. ¡Dígame la verdad!
    -Acabo de hacerlo. Jamás le engañé.
    Él la miró a la cara, y la vio muy hermosa, con sus ojos grises como un cielo frío. Brillaba en su oscuro peinado, en la opaca noche de sus negros cabellos, la diadema salpicada de diamantes, semejante a una vía láctea. Y sintió de pronto, lo sintió por una especie de intuición, que aquel ser que tenía delante no era una simple mujer destinada a perpetuar su raza, sino el producto extraño y misterioso de tantos complicados anhelos que los siglos han ido amontonando en nosotros, anhelos que, apartándose de su primitiva y divina finalidad, persiguen una belleza mística, entrevista e inalcanzable. Así son algunas mujeres, flores de ensueño únicamente, ataviadas de todo cuanto la civilización ha puesto de poesía, de lujo ideal, de coquetería y de encanto estético en torno a la mujer, estatua de carne que despierta apetitos inmateriales en tanto grado como la fiebre de la sensualidad.
    El esposo permanecía en pie delante de ella, estupefacto de aquel tardío descubrimiento, palpitando confusamente la causa de sus antiguos celos y sin ver claro todavía en aquel problema. Y, al fin, dijo:
    -Creo lo que me dice. Me doy cuenta de que ahora dice usted la verdad. En aquella ocasión, efectivamente, tuve siempre el recelo de que mentía.
    Ella le alargó la mano:
    -Entonces, ¿quedamos amigos?
    Él se la tomó y se la besó, contestándole:
    -Quedamos amigos. Gracias, Gabriela.
    Se retiró, sin dejar de mirarla, maravillado de lo hermosa que era todavía, sintiendo nacer en su interior una emoción extraña, más temible quizá que su antiguo y sencillo amor.

FIN




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