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| Guy de Maupassant La belleza inútil IntraText CT - Texto |
II
Encerrada en su habitación, la condesa de
Mascaret esperaba la hora de la cena, lo mismo que un condenado a muerte espera
la del suplicio. ¿Qué haría su marido? ¿Había regresado e casa? ¿Qué habría
meditado, qué prepararía, qué tendría resuelto aquel hombre despótico, arrebatado,
dispuesto siempre a la violencia? En el palacio no se oía el menor ruido, y
ella miraba a cada instante las agujas del reloj. Vino la doncella para
vestirla de noche, y después se marchó.
Dieron las ocho, y casi en el acto dieron dos golpes en la
puerta.
-Adelante.
Apareció el mayordomo, y dijo:
-La señora condesa está servida.
-¿Ha vuelto el señor conde?
-Si, señora condesa. El señor conde está en el comedor.
Tuvo por un instante el pensamiento de armarse de un pequeño
revólver que había comprado hacia poco, en previsión del drama que se preparaba
en su corazón. Pero se le ocurrió pensar que estarían allí todos los niños, y
sólo se armó de un frasco de sales.
Cuando entró en el comedor, su marido esperaba en pie junto
a su silla. Cruzaron un ligero saludo, y tomaron asiento. Después de ellos, se
sentaron los hijos. Los tres varones, con su preceptor, el abate Marín, a la
derecha de la madre; las tres niñas, con el aya inglesa, la señora Smith, a la
izquierda. El más pequeño, de tres meses, era el único que se quedaba en la
habitación con su nodriza.
Las tres niñas, completamente rubias, la mayor de diez años,
y con vestidos azules adornados de puntillitas blancas, parecían otras tantas
muñecas exquisitas. La más pequeña no había cumplido aún los tres años. Todas
eran bonitas y prometían llegar a ser tan hermosas como su madre.
Los tres niños, dos de pelo castaño claro y el otro, de
nueve años, castaño oscuro, presentaban perspectivas de desarrollarse como
hombres vigorosos, de mucha estatura y anchos hombros. Toda la familia parecía
de la misma raza, fuerte y llena de vida.
El señor abate rezó la bendición según tenía por costumbre
cuando no había invitados, porque cuando había gente extraña a la casa no se
sentaban los hijos a la mesa. Después se pusieron a comer.
La condesa, atenazada por una emoción que no había previsto,
no levantaba los ojos. El conde miraba tan pronto a los tres niños como a las
tres niñas; sus ojos, inseguros, enturbiados por la angustia, examinaban una a
una aquellas cabezas. De pronto, al colocar su copa en la mesa, se le quebró, y
el liquido rojizo se corrió por el mantel. Bastó aquel ligero ruido para que la
condesa se levantase, sobresaltada, de su silla. Se miraron por vez primera marido
y mujer. Y siguieron cruzando a cada momento sus miradas; a pesar suyo, a pesar
del encrespamiento de su carne y de su corazón que provocaba cada uno de
aquellos encuentros, las pupilas de uno buscaban las del otro como se buscan
las bocas de dos pistolas.
El sacerdote se daba cuenta de que algo embarazoso ocurría,
y se esforzaba en insinuar una conversación. Iba desgranando temas, sin que sus
inútiles tentativas hiciesen brotar una idea o arrancasen una palabra.
Dos o tres veces intentó contestarle la condesa, por
delicadeza femenina, obedeciendo a sus instintos de mujer de mundo; pero fue en
vano. En el desconcierto de su espíritu le fallaban las frases apropiadas, y
casi le daba miedo oír su voz en medio del silencio del gran salón, en el que sólo
se oía el tintineo de los cubiertos de plata y de la porcelana.
De pronto se inclinó su marido hacia ella y le dijo:
-¿Me jura usted aquí, en medio de sus hijos, que lo que hace
un rato me dijo era sincero?
El rencor fermentado dentro de sus venas la sacudió con una
súbita rebelión, y contestando a la pregunta con igual energía que contestaba a
sus miradas, alzó las dos manos, la derecha hacia la frente de sus hijos, la
izquierda hacia la de sus hijas, y dijo con acento firme resuelto, y sin
vacilaciones:
-Juro sobre la cabeza de mis hijos que lo que le he dicho es
la verdad.
El conde se levantó, tiró la servilleta a la mesa con gesto
irritado; al darse la vuelta dio un empujón a la silla, enviándole contra la
pared, y salió sin agregar palabra.
Ella, entonces, dejó escapar un profundo suspiro, como si
hubiese obtenido la primera victoria, y siguió hablando con mucha tranquilidad.
-No le deis importancia, hijitos. Vuestro papá ha tenido
hace un rato un gran disgusto, y sufre mucho todavía. En cuanto pasen unos
días, ya no le importará nada.
Conversó con el abate; conversó con la señora Smith; tuvo
para todos sus hijos palabras tiernas, cariñosas, y mimos de madre que
ensanchan de felicidad los corazoncitos de los pequeños.
Terminada la cena, pasó al salón con toda su pollada. Hizo
charlar a los mayores, contó cuentos a los más pequeños, y cuando llegó la hora
de acostarse todos, les dio un beso muy largo, los envió a dormir, y se retiró
sola a su habitación.
Aguardó, porque estaba segura de que él vendría. Y como ya
sus hijos estaban lejos de ella, se aprestó a defender su vida de ser humano,
del mismo modo que había defendido su vida de mujer de mundo, y ocultó en un
bolsillo el pequeño revólver cargado que había adquirido unos días antes.
Las horas
pasaban; sonaban las horas en el reloj. Se apagaron
todos los ruidos del palacio.
Únicament se oía a lo lejos a través de las tapicerías de los muros, el retumbo
suave y lejano de los coches en las calles.
La
condesa aguardaba, enérgica y nerviosa. Ya no le temía; estaba dispuesta a
todo, y se consideraba triunfante, porque el suplicio a que lo tenía sometido
duraría toda la vida, sin darle un momento de tregua.
Las primeras luces del día se deslizaron por debajo de los
flecos de las cortinas, y el conde no había aparecido todavía en el cuarto.
Entonces ella comprendió que no volvería nunca más, y se quedó estupefacta.
Cerró la puerta con llave y corrió el cerrojo de seguridad que ella había hecho
colocar; luego se acostó y permaneció en la cama con los ojos abiertos,
meditando, sin acabar de comprender, sin poder adivinar qué era lo que haría su
marido.