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| Guy de Maupassant La belleza inútil IntraText CT - Texto |
III
Fue en el teatro de la Opera durante un
entreacto de Roberto el Diablo. Los caballeros estaban en pie en el patio de
butacas, con el sombrero en la cabeza, vistiendo chaleco de ancha boca, que
dejaba ver la camisa blanca, en la que brillaban el oro y las piedras preciosas
de las abotonaduras; miraban a los palcos, cuajados de mujeres escotadas,
llenas de diamantes y de perlas, como flores de un invernadero en el que la
belleza de los rostros y el esplendor de los hombros desnudos abriesen sus
cálices a todas las miradas, con un acompañamiento de música y de
conversaciones.
Dos amigos, vueltos de espaldas a la orquesta, charlaban,
mirando al mismo tiempo aquella colección de elegancias, aquella exposición de
encantos, verdaderos o falsos, de joyas, de lujo, de jactancia, que se
explayaban en círculo alrededor del gran teatro.
Roger de Salins, que era uno de los dos, dijo a su
compañero, Bernardo Grandín:
-Fíjate qué hermosa sigue siempre la condesa Mascaret.
Entonces el otro miró con fijeza a un palco de enfrente, en
el que había una señora alta muy joven, y que atraía todas las miradas de la
sala con su deslumbrante belleza. Su tez pálida, con reflejos de marfil, le
daba un aire de estatua; y sus cabellos, negros como la noche, ostentaban una
estrecha diadema de diamantes, que brillaba como una vía láctea.
Bernardo Grandin, después de mirarla un buen rato, contestó
con acento juguetón, en el que se transparentaba un sincero convencimiento:
-¡Vaya que si es hermosa! ¿Qué edad puede tener?
-Espera. Te lo voy a decir con exactitud. La conozco desde
su niñez. Estuve presente cuando debutó en sociedad, de jovencita. Tiene...,
tiene... treinta..., treinta..., treinta y seis años.
-No es posible.
-Estoy completamente seguro.
-Aparente veinticinco.
-Ha tenido siete hijos.
-Es increíble.
-Viven los siete, y es una buena madre. Visito de cuando en
cuando su casa, que resulta agradable, muy tranquila y de un ambiente sano.
Esta mujer ha realizado el fenómeno de vivir en familia sin dejar la vida
social.
-¿Te parece extraordinaria? ¿Y nunca ha dado motivo a que se
hable de ella?
-Nunca.
-Y ¿qué me dices de su marido? Es un tipo extraño, ¿verdad?
-Sí y no. Tal vez hay entre ellos un pequeño drama, uno de
esos pequeños dramas del matrimonio cuya existencia se sospecha, que no llegan
a clarearse bien, pero que se adivinan con bastante aproximación.
-Y ¿cuál es?
-Yo no sé nada. Mascaret, que era antes un marido perfecto,
es hoy un gran juerguista. Cuando era buen marido, tenía un carácter infernal,
siempre suspicaz y áspero. Desde que se dedica a divertirse, se ha hecho muy
tratable; pero se diría que oculta una preocupación, un pesar, un gusano que lo
roe. Y envejece mucho, al revés de su mujer.
Los dos amigos dedicaron entonces unos minutos a filosofar
acerca de las penas secretas, misteriosas, que pueden surgir en una familia
como consecuencia de la diversidad de caracteres o de antipatías físicas
inadvertidas al principio.
Roger de Salins, que seguía con la atención fija en la
señora de Mascaret, agregó:
-¿Quién va a creer que esa mujer ha tenido siete hijos?
-Pues los ha tenido, sí, señor, en once años. Cuando llegó a
los treinta, cerró su período de producción, para entrar en el de exhibición,
cuyo final no se adivina todavía.
- ¡Pobres mujeres!
-¿Por qué las compadeces?
-¿Por qué? Ponte a pensar un poco, amigo mío. ¡Once años de
preñez para una mujer como ésa! ¡Qué infierno! Es la juventud entera, es toda
la belleza, son las esperanzas de triunfo, todo el ideal poético de una vida
brillante lo que se sacrifica a esa ley odiosa de la reproducción, que
convierte a una mujer normal en una simple máquina de hacer hijos.
-Y ¿qué le vas a hacer? Es la Naturaleza.
-Sí; pero yo sostengo que la Naturaleza es nuestra enemiga,
que debemos luchar siempre contra ella, porque tiende siempre a reducirnos a la
vida animal. Lo que hay en la tierra de limpio, de bonito, de elegante y de
ideal no es obra de Dios, sino del hombre, del cerebro humano. Somos nosotros
los que nos hemos apoderado de la creación, cantándola, interpretándola,
admirándola como poetas, idealizándola como artistas, explicándolo como sabios,
que se equivocan, es cierto, pero que encuentran rezones ingeniosas y un poco
de gracia, de belleza, de encanto oculto y de misterio a los fenómenos. Dios no hizo sino
unos seres groseros, llenos de gérmenes de enfermedades, y que, después de unos pocos años
de florecimiento animal, envejecen
con todas las dolencias, fealdades y decrepitudes humanas. Parece que no los hubiera hecho sino
para reproducirse asquerosamente y morir a continuación, como los efímeros
insectos de las noches otoñales. He dicho "para reproducirse
asquerosamente" y lo sostengo, e insisto. ¿Hay, en efecto, algo más
innoble y repugnante que el acto indecente y ridículo de la reproducción de los
seres, acto contra el cual se rebelan y se rebelarán eternamente todas las
almas delicadas? Este Creador económico y malévolo que a todos los órganos
ideados por Él dio dos finalidades distintas, ¿por qué no confió esta misión
sagrada, la más noble y la más sagrada de las actividades humanas, a otros
órganos menos desaseados y sucios? La boca, que nutre al cuerpo con los
alimentos materiales, derrama también la palabra y el pensamiento. Sana la
carne, al mismo tiempo que comunica la idea. El olfato, que proporciona el aire
vital a los pulmones, lleva al cerebro todos los perfumes del mundo: el de las
flores, el de los bosques, el de los árboles, el de la mar. La oreja, con la
que recibimos la comunicación de nuestros semejantes, nos ha permitido asimismo
inventar la música, y con ella el ensueño, la dicha, el infinito, además del
placer físico del sonido. Pero cualquiera diría que el Creador, astuto y
cínico, quiso privar para siempre al hombre de la posibilidad de ennoblecer,
revestir de belleza, idealizar su unión con la mujer. Sin embargo, el hombre ha
descubierto el amor, lo cual ya es algo, como réplica al Dios marrullero, y ha
sabido ataviarlo tan bien de poesía literaria, que consigue que la mujer olvide
a veces los contactos a que se ve sometida. Y aquellos de nosotros que sienten
su impotencia para engañarse exaltándose, han inventado el vicio y refinado el
libertinaje, lo cual constituye igualmente una manera de chasquear a Dios y de
rendir homenaje a la belleza, aunque sea un homenaje impúdico. Pero el ser
normal hace hijos a estilo de bestia apareada por la ley. ¡Fíjate en esa mujer!
¿No da grima pensar que semejante alhaja, que una perla como ésa, nacida para
ser hermosa, admirada, festejada y adorada, haya tenido que pasar once años de
su vida dando herederos al conde de Mascaret?
Bernardo Grandín contestó, riéndose:
-Hay mucho de verdad en lo que has dicho; pero hay muy pocas
personas capaces de comprenderte.
Salins se fue animando.
-¿Sabes cómo concibo yo a Dios? - dijo -. Como a un
monstruoso órgano creador, desconocido de nosotros, que siembra por el espacio
millones de mundos, de la misma manera que un pez sembraría sus huevos en la
mar si estuviese solo. Crea, porque crear es la función de Dios; pero no sabe
lo que hace, es estúpidamente prolífico y no tiene conciencia de toda la serie
de combinaciones a que da lugar con la difusión de sus gérmenes. Uno de los
pequeños accidentes imprevistos de sus fecundidades ha sido el pensamiento
humano; accidente local, pasajero, imprevisto, condenado a desaparecer con la
tierra, para resurgir aquí o en otra parte, igual o distinto, en alguna de las
combinaciones nuevas del eterno recomenzar de las cosas. Este pequeño accidente
de la inteligencia tiene la culpa de que nos sintamos tan incómodos en lo que
no había sido hecho ex profeso para nosotros, en lo que no estaba preparado
para recibir, alojar, alimentar y dar satisfacción a seres dotados de
pensamiento; y él también nos obliga a luchar constantemente, una vez que hemos
llegado a ser verdaderamente refinados y civilizados, contra eso que se sigue
llamando los designios de la Providencia.
Grandin, que le escuchaba con atención, porque conocía de
tiempo atrás las deslumbradoras paradojas de su fantasía, le preguntó:
-Según eso, ¿el pensamiento humano es un producto espontáneo
de la ciega fecundidad divina?
-¡Desde luego! Una función fortuita de los centros nerviosos
de nuestro cerebro, por el estilo de las reacciones químicas imprevistas
producidas por nuevas mezclas por el estilo también de una producción de
electricidad creada por frotamientos o yuxtaposiciones inesperadas, parecidas,
en fin, a todos los fenómenos engendrados por las fermentaciones infinitas y
fecundas de la materia viva. "Amigo mío, basta mirar a nuestro alrededor
para que se nos entre la prueba por los ojos. Si un creador consciente hubiese
previsto que el pensamiento humano había de llegar a ser lo que es hoy, una
cosa tan distinta del pensamiento y de la resignación de los animales,
exigente, investigadora, agitada, inquieta, ¿hubiera creado para recibir al
hombre de hoy este incómodo recinto de animaluchos, este campo de hortalizas,
esta huerta de legumbres silvestres, rocosa y esférica, que nuestra imprevisora
Providencia nos preparó para que viviésemos en él desnudos, dentro de grutas o
en los árboles, alimentándonos con la carne de los animales, hermanos nuestros,
qué matásemos, o con hierbas crudas que crecen a la intemperie del sol o de la
lluvia?
"Basta un segundo de reflexión para comprender que este
mundo no ha sido hecho para criaturas como nosotros. El pensamiento, que brotó
y se desarrolló por un milagro nervioso de las células de nuestro cerebro, hace
de todos nosotros, los intelectuales, unos lamentables y perpetuos desterrados
en la tierra, porque es y será siempre impotente, ignorante y lleno de
confusiones.
"Contémplala, a esta tierra nuestra, tal y como Dios la
ha entregado a los que en ella habitan. ¿No es evidente que está dispuesta, con
sus plantas y bosques, únicamente para que vivan en ella animales? ¿Qué se
encuentra en ella para nosotros? Nada. Ellos, en cambio, lo tienen todo: las
cavernas, los árboles, el follaje, los manantiales, el cobijo, el alimento y la
bebida. Por eso las personas exigentes como yo se encuentran siempre en ella a
disgusto. Tan sólo aquellos que se parecen mucho al bruto están aquí contentos
y satisfechos. Los demás,
los poetas, los exquisitos, los soñadores, los investigadores, los inquietos.
.. ¡Ah, qué pobres diablos!
"Comemos repollos
y zanahorias, sí, señor, y cebollas, nabos y rábanos, porque no hemos tenido más remedio
que acostumbrarnos a comer todas esas cosas
y hasta a aficionarnos a ellas, porque es
lo único que aquí se cría; pero
lo cierto es que se trata de una comida de conejos y de cabras, lo mismo que la hierba y el trébol son alimentos de caballos y de vacas. Cuando contemplo las espigas de un
campo de trigo maduro, no pongo ni por un momento en duda que aquello ha
brotado del suelo para que se lo coma el pico de los gorriones o de las alondras,
pero no mi boca. Por consiguiente, cuando mastico el pan, no hago otra cosa que
robar lo suyo a los pájaros, lo mismo que les robo a la comadreja y a la zorra
cuando como gallinas. La codorniz, la paloma y la perdiz, ¿no son la presa
natural del gavilán? El carnero, el corzo y el buey, ¿no lo son de los grandes
animales carniceros? ¿O es que creemos que están destinados al engorde, para
que nos sirvan a nosotros su carne asada, con trufas que los cerdos
desentierran ex profeso para nosotros?
"Los animales no tienen aquí abajo otra preocupación
que la de vivir. Están en su propia casa, alojados y alimentados, y no tienen
que ocuparse más que de pacer, cazar o comerse entre ellos, de acuerdo con sus
instintos, porque Dios no previó jamás la benignidad y las costumbres
pacíficas; lo único que Él ha previsto es la muerte de los seres, que se
destruyen unos a otros y se devoran con encarnizamiento.
"En cuanto a nosotros, ¡qué de trabajo, esfuerzos,
paciencia, inventiva, imaginación; qué de habilidad, talento y genio han sido
necesarios para hacer casi habitable este suelo pedregoso y salvaje!
"Piensa por un momento en todo lo que hemos tenido que
llevar a cabo, a pesar de la Naturaleza o contra la Naturaleza, para
instalarnos de una manera menos que mediana, con muy poca comodidad y
elegancia, en condiciones indignas de nosotros.
"Cuanto más civilizados, inteligentes y refinados
seamos, más obligados estamos a vencer y domar el instinto animal, que es la
representación dentro de nosotros de la voluntad de Dios.
"Piensa en que hemos tenido necesidad de inventar la
civilización, conjunto que tantas cosas abarca, tantas, tantísimas, desde los
calcetines hasta el teléfono. Piensa en todo lo que tienes delante de los ojos
todos los días, en todas las cosas de que nos servimos de una manera u otra.
"Para hacer más llevadero nuestro destino de brutos,
hemos descubierto y fabricado toda clase de objetos, empezando por las casas y
siguiendo por los alimentos más exquisitos, bombones, pastelería, bebidas,
licores, telas, vestidos, adornos, camas, colchones, carruajes, ferrocarriles y
toda suerte de máquinas; hemos descubierto, además, las ciencias y las artes,
La escritura y los versos. Sí; hemos creado las artes, la poesía, la música, la
pintura. De nosotros, los hombres, arranca todo el ideal, y también toda la
coquetería de la vida, el atavío de las mujeres y el talento de los hombres,
cosas todas que han acabado por adornar, por hacer menos árida, monótona y dura
esta existencia de simples reproductores, única para la que nos infundió
aliento la divina Providencia.
"Fíjate en este teatro. ¿Qué ves aquí dentro sino un mundo no previsto por
los destinos inmortales, ignorado por ellos, que sólo nuestras inteligencias
son capaces de comprender; una distracción agradable, sensual e inteligente,
inventada ex profeso para nosotros, bestezuelas descontentadizas e inquietas?
"Observa a esa mujer, la señora de Mascaret. Dios la
hizo para vivir en una caverna, desnuda o arrebujada en pieles de animales. ¿No
está mucho mejor tal como la vemos? Y, a propósito: ¿se sabe cómo y por qué su
marido, teniendo a su lado una compañera como ella, la abandonó de pronto y se
dio a correr detrás de cualquier perdida, sobre todo después de haber sido lo
bastante patán para hacerla siete veces madre?
Grandín le contestó:
-¡Alto ahí, querido! Esa es probablemente la única razón, su
cazurrería. Acabó descubriendo que el dormir en casa le salía demasiado caro.
Llegó, por cálculos de economía doméstica, a las mismas conclusiones a que tú
llegas con la filosofía.
Sonaron los tres golpes
que indicaban que iba a
empezar el tercer acto. Los dos amigos se volvieron de cara al escenario, se descubrieron y
tomaron asiento.