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| P. Jesús Castellano Cervera, OCD De la mística de la oración a la mística de la acción IntraText CT - Texto |
Nos encontramos cada vez más a menudo en el ámbito de la teología espiritual, aplicada a la espiritualidad sacerdotal, religiosa y laical, con el tema de la espiritualidad apostólica. No nos contentamos, pese a proponernos válidamente algunos valores, con una cierta visión que sigue repitiendo que la oración o la vida interior son “el alma de todo apostolado”. No nos fiamos de un planteamiento dualista que atribuye a la oración o a la vida interior todo el valor, mientras que parece que el apostolado y la acción misionera son, casi casi, una especie de acción que desgasta, un momento en el que las reservas logradas en la oración se van agotando poco a poco, hasta llegar al extremo de un apostolado que no es expresión y garantía de santidad. El apóstol daría la santidad a otros, pero él quedaría privado de ella, casi como un canal que lleva el agua de la vida a los demás permaneciendo él seco y estéril.
A lo largo de la historia de la Iglesia se le han dado a este problema muchas respuestas, siempre a la búsqueda de la unidad de la oración y el apostolado, en la debida armonización del amor a Dios y del amor al prójimo. Páginas espléndidas han escrito a este propósito Gregorio Magno, Vicente de Paúl y otros santos pioneros de la santidad apostólica 1. Ni siquiera falta una visión armónica en las páginas de los místicos. Al proponer este tema vuelve a presentarse continuamente el clásico binomio de la vida contemplativa y la vida activa con el recurso, demasiado fácil y demasiado gastado, y probablemente fuera de la verdadera interpretación exegética, de las figuras de Marta y María, con todas las loas a la actitud contemplativa de María y todos los reproches a la atareada Marta.
Recientemente se ha propuesto el tema en términos de “unidad de vida”, palabra clave de la espiritualidad, aplicada por el Concilio Vaticano II al ministerio y a la vida sacerdotal. Expresión propuesta de nuevo también para los laicos en la Exhortación Christifideles Laici y más recientemente para la vida consagrada en la Exhortación apostólica Vita Consecrata. Incluso en la específica Encíclica de Juan Pablo II sobre la actividad misionera Redemptoris Missio, el capítulo VIII centra la atención en la espiritualidad apostólica y misionera y se reafirma sin titubeos, con una visión válida para todos los misioneros, obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, laicos, que el verdadero misionero es el santo.
De esta forma santidad y apostolado se acoplan en una serie de exigencias mutuas. No debemos anatematizar la acción y el apostolado, fuera del realismo concreto de la caridad que necesita encarnación. A menudo se ha resaltado el peligro del apostolado porque exige una acción concreta, pero la actividad se corresponde sencillamente con el obrar cristiano que estimula el corazón y todas las fuerzas psíquicas y espirituales, las intenciones y las obras; también el compromiso en la concreción de una extroversión apostólica patentiza que la normal exterioridad del apostolado es simplemente la manifestación histórica del amor apostólico hecho de compromiso, servicio, amor apostólico.
Los aspectos secundarios sociales de la caridad apostólica no son una especie de “herejía de la acción”, si reflejan coherentemente la inmersión en la historia humana, como la de Jesús en su encarnación, para introducir en la cotidianidad de la vida los gérmenes de la vida divina.
No podemos seguir razonando en un modo dualístico o maniqueo, sino que, aun teniendo presentes los peligros y dificultades, debemos abrir la mente y el corazón a la obligada integración de vida interior y apostolado.
El título que hemos escogido para esta contribución pretende ser una tentativa de ilustrar la relación entre vida interior y apostolado en términos que adolecen de paradoja, asignando a la oración el valor apostólico que es también propio de la acción, y calificando el apostolado también con su intrínseca faceta de santificación que, así de buenas a primeras, parece que ha de ser asignada a la oración y a la vida interior.
Nos servirá de guía, en esta proposición, tanto el más reciente y autorizado Magisterio de la Iglesia, cuanto el testimonio de una mística, Santa Teresa de Jesús, con una serie de anotaciones de carácter doctrinal y con una referencia de concreta pedagogía espiritual.
En la espiritualidad conciliar y postconciliar, como hemos hecho notar, cada vez más se pone en primer lugar la fórmula unidad de vida, la exigencia fundamental de una santidad apostólica, de una vida interior que alimenta el apostolado y se manifiesta en la acción, sin dualismos. Es una referencia que vuelve a salir constantemente en los documentos del Magisterio.
Una de la páginas más hermosas de la espiritualidad sacerdotal es el n. 14 de Presbyterorum Ordinis, donde se habla de la unidad de vida en la caridad pastoral. Lógico complemento del n. 13, donde se alude al ejercicio del triple “munus” que exige y favorece la santidad, este número parece salir al encuentro de un problema de espiritualidad que se deja sentir mucho.
Con razón el mensaje de este número ha sido acogido con palabras como éstas: La respuesta que da el texto puede resumirse así: la santidad para el servicio y no sólo junto al servicio; el servicio como forma concreta de la santidad sacerdotal; el trabajo, por lo demás, como forma de intimidad con Dios. La espiritualidad sacerdotal es la espiritualidad del servicio sacerdotal, del ejercicio de la vida sacerdotal, unificada en la caridad pastoral.
Para ofrecer una respuesta articulada al problema de la vida sacerdotal llena de compromisos, se alude primeramente a no crear divisiones o espejismos de santidad subrayando o las cosas que hay que hacer o la oración o ejercicios espirituales con los que hay que cumplir: “En cambio, la unidad de vida la pueden alcanzar los presbíteros siguiendo, en el desempeño de su ministerio, el ejemplo de Cristo Señor, cuyo alimento era cumplir la voluntad de quien lo había enviado a realizar su obra”.
Por tanto, Cristo, en el descubrimiento de la voluntad del Padre y en el don de sí sigue siendo el principio de la unidad de vida. La caridad pastoral será una válida expresión de santidad; el manantial de la caridad pastoral lo encontraremos en la oración y especialmente en el sacrificio eucarístico. “Pero eso es imposible si los sacerdotes no penetran cada vez más a fondo en el misterio de Cristo con la oración”.
Por último, el n.14 indica el criterio de la búsqueda de la voluntad de Dios y la comunión con la Iglesia, con el obispo y con los hermanos, como la comprobación, el criterio de discernimiento de esa voluntad de Dios que es santificante. Aun en la clara afirmación de la unidad de vida, la Iglesia parece reclamar con el ejemplo de Cristo la necesidad de la oración para cumplir la voluntad del Padre, y ésta como la comprobación de una auténtica oración. La Exhortación postsinodal Pastores Dabo Vobis (n.24) retoma sistemáticamente esta doctrina y afirma con claridad que la consagración es para la misión.
De forma análoga la Exhortación apostólica Christifideles Laici (n. 59) exhorta a los laicos a una específica unidad de vida en su vocación específica de miembros de la Iglesia y de ciudadanos de la sociedad humana.
Más recientemente todavía la Exhortación apostólica postsinodal Vita Consecrata (nn. 74-75) habla de una espiritualidad apostólica, de una sólida espiritualidad de la acción, de unidad entre acción y contemplación, de amor a Dios y al prójimo. Así vuelve a proponer, para una nueva armonía de la vida apostólica y misionera, la misma doctrina. Vale la pena citar algunos pensamientos del Papa: “Jesús mismo nos ha dado perfecto ejemplo de cómo se pueden unir la comunión con el Padre y una vida intensamente activa. Sin la tensión continua hacia esta unidad, se corre el riesgo de un colapso interior, de desorientación y de desánimo. La íntima unión entre contemplación y acción permitirá, hoy como ayer, acometer las misiones más difíciles” 2. En otro lugar se recuerda la frase de San Vicente de Paúl, según el cual “cuando se está obligado a dejar la oración para atender a un pobre en necesidad, en realidad la oración no se interrumpe, porque ‘se deja a Dios por Dios’”. Y Gregorio Magno afirma: “Cuando uno se abaja a lo más bajo de sus prójimos, entonces se eleva admirablemente a la más alta caridad, ya que si con benignidad desciende a lo inferior, valerosamente retorna a lo superior” 3.
De forma más específica, en el sentido de una espiritualidad específicamente misionera, en la Encíclica Redemptoris Missio (nn. 87-88) encontramos algunos principios característicos, que no sólo proponen a nivel doctrinal, sino que explicitan también a nivel de pedagogía espiritual, cómo traducir a unidad de vida la fuerza santificante del apostolado y el valor apostólico de la oración. Se trata de dos números de gran valor espiritual y pedagógico, a los que haremos discreta alusión al final.
Oración y apostolado, vida interior y acción misionera. Podemos llegar al extremo de decir: ¿para qué sirve la oración?, ¿cuál es el objetivo de la vida interior? La respuesta no podría darse en términos de utilidad o eficacia humana, sino en términos de gratuidad y vida, de don y servicio. La oración sirve para vivir de forma explícita y personalizada la comunión con Dios, la unión con Cristo y la docilidad al Espíritu. Sirve para ser más: ser personas nuevas. Pero juntas, en la perspectiva de la faceta del Hijo siervo, consagrado y enviado, la oración y la vida, como en Jesús, además de ser la comunión con el Padre, sirven para expresar y realizar la donación completa, para extender la caridad participada, para hacer a los hombres partícipes de la extroversión del amor trinitario. Ser más es también, en la medida del amor divino, dar más: ser siervos, siendo enviados y apóstoles. Así los cristianos participan de la faceta esencial de la Trinidad, de la comunión y la misión.
Ser para dar: ahí tenemos la medida de una oración auténtica, de una verdadera vida interior que es, como en la Trinidad, expansiva y misionera, mensurada con la persona de Cristo y con las exigencias de la amistad y del don total de la vida por aquél a quien se ama y por sus proyectos de amor.
En realidad, habríamos de decir que toda oración cristiana auténtica tiene valor en sí misma, incluso fuera de la eficacia concreta que puede alcanzar visiblemente o del compromiso apostólico que suscita. La oración es el momento de la respuesta. Es un acto de fe, esperanza y amor que tiene un valor absoluto y no sólo relativo a lo que vendrá eventualmente después. En la oración litúrgica y en la personal el sacerdote, el religioso y la religiosa, el laico cristiano, viven la comunión y la gracia, se sumergen, como en un bautismo, en las aguas vivas del Espíritu, están a la escucha de la palabra y de la voluntad del Padre, la acogen para ponerla en práctica.
La oración, precisamente por esto, no hay que medirla en términos de utilidad, sino de gratuidad. La oración es un don que Dios nos hace a nosotros; es un don que nosotros hacemos a Dios. Es un vértice de vida.
En realidad, pertenece a la naturaleza misma de la oración y del amor adherirse a Dios y a su voluntad, a Cristo y a su causa, a su misión, a los hermanos y a la Iglesia con quienes él mismo se identifica. Y en la oración es donde se aprende verdaderamente a acoger el don de Dios para hacernos también nosotros don para los demás, donde se acoge la transformación que nos habilita para amar más y servir mejor.
Decir que la oración debe llevar a la acción parece, a estas alturas, banal y resabido. Lo dicen todos, aun aquéllos que en el fondo no son muy proclives a la oración, precisamente para devaluarla y escarnecerla cuando no crea servicio y don para los demás.
Pero resulta más interesante oír estas afirmaciones a gente insospechable como son los místicos, pues en sus palabras hay una experiencia, una seriedad en el planteamiento, una teología del valor santificante del apostolado que quizás nosotros no nos esperaríamos de estos hermanos nuestros, que parecen tan sumergidos en Dios que hubieran olvidado la acción, el servicio …
Acojamos por un momento algunas consideraciones hechas por una gran mística, que es maestra de oración y de servicio. En ella no encontraremos sospecha alguna, sino – así lo espero – una radiante convicción de la unidad de vida, incluso expuesta en una lúcida teología que nace de la experiencia más profunda del amor de Dios. De esta forma podrá resultar evidente que la cumbre de la santidad no puede dejar de ser de carácter apostólico, como la vida misma y la muerte misma de Jesús.