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| P. Jesús Castellano Cervera, OCD De la mística de la oración a la mística de la acción IntraText CT - Texto |
1. La lección de una mística, Teresa de Jesús: el objetivo de la oración
Al final del libro Moradas del castillo interior, Santa Teresa recapitula el sentido de la vida cristiana, de la vida mística, del camino de la oración. Al hacer esta obligada comprobación, ofrece a la vez una clave de lectura de todo lo que puede ser el largo proceso de la vida espiritual 4. La propuesta teresiana brota de dos principios fundamentales. El primero es que todas las gracias que Dios nos concede, incluida la de naturaleza mística, en realidad están relacionadas con la única verdadera gracia, a saber, la conformación con Cristo en el ser y en el hacer. Por consiguiente, todas las gracias tienden a forjar cristianos que vivan en plena unidad de vida el amor al Padre y el cumplimiento de su voluntad. El segundo principio toma su origen de un fino análisis de la naturaleza del amor. El verdadero amor produce el “éxtasis”, es decir, el estar fuera de sí, polarizado en la persona amada; nos olvidamos de nuestra propia vida, de nuestro propio honor y reposo. Así debe acaecerle a todo cristiano y a todo contemplativo: “¡Cuánto debe descuidar el propio reposo el alma que vive tan unida al Señor! ¡Cuánto no se debe preocupar del honor! ¡Cuán lejana debe estar de desear ser estimada en algo!” 5.
Es conocido el fuerte grito teresiano que invita a la acción y afirma con fuerza la necesidad de que la unión con Dios se traduzca en acción apostólica: “Este es el fin de la oración, a esto tiende el matrimonio espiritual: a producir obras y obras, siendo éstas, como he dicho, el verdadero signo para conocer que se trata de favores y de gracias divinas” 6.
De esta forma la fecundidad de las obras hay que ponerla en la base de una verdadera pedagogía de la oración: “¿De qué me aprovecharía estarme profundamente recogida en soledad, ocupada en actos virtuosos en la presencia de Dios, proponiendo y prometiendo hacer maravillas en su servicio, si después, al salir de allí, hiciera, al presentarse la ocasión, todo lo contrario de cuanto he prometido?” 7.
Dar una salida a la oración, enlazar la continuidad de orar y de obrar es la enseñanza pedagógica de Teresa en la que se entrevé también, con la caricatura del ejemplo aducido, una preocupación fundamental. No podía haber afirmación más clara de la coherencia que requiere la amistad con Dios, incluso sólo desde el punto de vista de una lealtad con uno mismo, para no caer en un idealismo que deja la oración en buenas palabras y pensamientos, completamente despegada de la vida.
Y sin embargo, para equilibrar las afirmaciones y para prevenir malentendidos que podrían devaluar la oración, la Santa se apresura a hacer una obvia apología de la oración y de todo lo que en ella es esfuerzo de leal confrontación con Dios, pese a que con frecuencia las obras no parecen seguir con la misma lógica a los sentimientos: “No obstante, no hay que creer que no se saca ninguna ventaja (de la oración), porque el tiempo que se transcurre con Dios es siempre de gran utilidad” 8. Santa Teresa está convencida de que la oración, cuando expresa un verdadero deseo de estar con Dios, tiene siempre un efecto saludable en la vida, a pesar de las incoherencias en que se llega a incurrir; Dios mismo nos puede tomar la palabra y ponernos en la situación de tener que obrar para él para fortificarnos en las mismas acciones que antes nos atemorizaban.
Pero el ideal es el de traducir a obras y propósitos, según esta elemental pedagogía: “He querido decir que aprovecha poco en comparación con lo mucho que se recibe, si las obras fueran acordes con los propósitos y las palabras. Por eso el que no puede hacer todo de vez, haga poco a poco. Si quiere que la oración le sea de provecho, esfuércese por domeñar su voluntad …” 9.
El primer servicio rendido a Cristo y a la Iglesia es el de ser Iglesia, el de ser Cristo: la comunión vital, la amistad. Una Iglesia sin oración abaja su esencia. Mortifica su naturaleza de ser Cuerpo unido a Cristo Cabeza, de ser Esposa en comunión con Cristo Esposo, de ser Templo del que suben siempre la oración y el sacrificio espiritual de la vida. Si no oramos y no somos, rebajamos la vida del Cuerpo místico y nuestra identidad que tiene una referencia necesaria a Cristo. Y sufre, por ello, incluso nuestro servicio. Nuestra palabra no es profética, nuestra caridad es débil y no es pastoral; hasta nuestra celebración de los misterios no resuena como celebración de oración. No nos dejamos fecundar por Dios. Todo se vuelve chatamente humano. Nos falta el empalme con la fuente. No estamos llenos del Espíritu; y sin el Espíritu falta el soplo vital, el fuego, la caridad.