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| P. Jesús Castellano Cervera, OCD De la mística de la oración a la mística de la acción IntraText CT - Texto |
3. El valor santificante del apostolado
Santa Teresa ha expresado con fuerza la unidad de la vida contemplativa y apostólica. Con la misma fuerza con que afirma que la oración es de carácter apostólico, cuando se transforma plenamente en expresión de amor, afirma también que el trabajo apostólico es santificante y lleva a un crecimiento en la contemplación y en la unión con Dios. En la base de esta afirmación está su experiencia de contemplativa y de “andariega”, y también el testimonio que le viene de otros, a los que ve crecidos y maduros en el amor de Dios en medio de un vortiginoso apostolado o entregados a obras de caridad 16. Pero, junto a la experiencia, reafirma el principio tantas veces expresado y convertido en axioma de su espiritualidad acerca de la indisoluble relación entre el amor a Dios y al prójimo: el amor de Dios vivido en la oración empuja a manifestarlo en el amor al prójimo con obras de caridad y de apostolado; el amor al prójimo hace crecer misteriosamente el amor a Dios y lleva a la unión con Él.
En la apología de la vida activa que alcanza todo lo que se escribe hoy a propósito de la “espiritualidad de la acción”, pueden bastarnos dos textos teresianos que expresan muy bien el pensamiento de esta maestra de oración y de apostolado:
El primero es el fragmento de la segunda Exclamación: “¡Oh, Jesús mío!, cuán grande es el amor que tenéis a los hijos de los hombres, que el mayor servicio que se os puede hacer es dejaros a Vos por su amor y ganancia, y entonces sois poseído más enteramente, porque, aunque no se satisface tanto en gozar la voluntad, el alma se goza de que os contenta a Vos, y ve que los gozos de la tierra son inciertos, aunque parezcan dados de Vos, mientras vivimos en esta mortalidad, si no van acompañados con el amor del prójimo. Quien no le amare, no os ama, Señor mío; pues con tanta sangre vemos mostrado el amor tan grande que tenéis a los hijos de Adán” 17. Se trata, como pone de manifiesto este fragmento, de servir al prójimo hasta dejar a Dios por Dios que vive en el prójimo, conscientes de crecer en la comunión con Él. Éste es el maravilloso “éxodo” apostólico - de la oración hacia el prójimo -, semejante al de Cristo: de la Trinidad hasta la humanidad para darse a sí mismo a los hermanos.
El segundo fragmento es un consejo dado por la Santa a un amigo íntimo que vive inmerso en el apostolado y que pronto llegará a ser Arzobispo de Évora, en Portugal, D. Teutonio de Braganza. Escribe para consolarlo y animarlo en la vida apostólica: “Ninguna maravilla si, al principio de vuestro oficio, no podréis mantener el recogimiento que desearíais. El Señor presto os dará el doble, como suele hacer siempre con quien abandona la soledad por su gloria. Sin embargo, mi vivo deseo es que reservéis siempre un poco de tiempo para vos, pues que en esto está todo nuestro bien” 18.
De esta forma, en la unidad de vida, se tiene la posibilidad de un crecimiento armónico de oración profunda y de apostolado eficaz. Si la oración y la santidad piden obras, el servicio será también santificante. Si la voluntad de Dios no puede separarse de Dios mismo y de su Espíritu, cuando hagamos la voluntad de Dios dejemos que Dios viva y obre en nosotros. Si el servicio brota de la caridad pastoral, el amor es siempre la semilla divina que crece y fructifica, y, por tanto, purifica, ilumina, une con Dios. Si el amor de Dios habita en nuestros corazones y se expande en el servicio, estamos poseídos por Dios, cuando no sólo con la oración sino con la acción nos dejamos guiar por Él.
Extraña experiencia la de los místicos y santos que han inventado el “dejar a Dios por Dios”, y que conlleva la convicción de que las cosas hechas por amor duplican, por así decirlo, la eficacia de la santidad y nos vuelven a llevar con mayor ímpetu hacia la oración.
Basta volver la mirada a Cristo para convencerse de ello. La oración nos hace semejantes a Cristo y nos abre a la voluntad del Padre y del amor efectivo a los hermanos. La vida de Jesús ha sido definida recientemente como una “pro-existentia”, vivir fuera de sí, para el Padre y para los hombres; existir para. En todo y para todo, Cristo es siervo del Padre y hace su voluntad; es siervo de los hermanos y da su vida por ellos.
Pero Cristo nos revela también quién es Dios. Dios es Amor, es comunión, es don. Ya en sí mismo Dios es comunión y don, y, por consiguiente, todo don es como un reflejo del amor trinitario. Lo conocemos porque se ha hecho don para nosotros – comunicándonos siempre a sí mismo en la creación y en la historia de la salvación, en la encarnación y en el misterio pascual, en la santificación pentecostal.
Cristo mismo – el Apóstol, el Enviado del Padre – ha realizado, desde la beatitud de la Trinidad, su “éxodo”, despojándose de su rango. Y el apóstol participa de este maravilloso, y no obstante paradójico, “éxodo” trinitario. Dios al darse no se vacía, realiza su designio de amor, que es el designio de comunicar, de comunicarse. Como el apóstol. Y si quizás el Apóstol se siente vaciar por amor, es porque participa entonces del abandono de Cristo en la Cruz que es el amor más puro, brotado del más puro dolor. Dolor fecundo, apostolado supremo que hace nacer la Iglesia. De esta teología del apostolado queda impregnada toda nuestra acción.
Pero, si se mide con el ejemplo de Cristo, se debe medir con la actitud de Cristo, como nos recordaba el Concilio: hacer la voluntad del Padre, realizar las obras del Padre, transmitir en su pureza el amor del Padre. El apostolado tiene así un valor santificante. El primero que se beneficia de la caridad es quien vive en la caridad, quien crece, como en Dios, en la medida en que se comunica a los demás, quien se expresa, porque es fáctica, en el servicio de los hermanos.
Es normal que ese apostolado sea un “padecer”, porque no hay don que no comporte sufrimiento, cansancio apostólico, don de sí sentido y entendido como un dar la vida, dando la vida a los demás, como el Apóstol Jesús, santo y consagrado al Padre por el don de la vida.
Pero ¿qué apostolado? Hay una primera, esencial medida del servicio apostólico, si está convalidado con la referencia a Jesús: realizar la obra del Padre, construir la Iglesia, reunir a la comunidad.
Es la eclesialización del servicio apostólico. Servir es construir la Iglesia como comunión, comunicar el plan de Dios a las personas, propagar el Reino de Dios en la Iglesia que crece en las almas, o sea, en las personas. Las personas son la prioridad y la finalidad. Las estructuras están, todas, relativizadas al servicio de las personas. Construir la comunión de las personas, comprometiendo en ellas las mejores fuerzas.
Hacer crecer la Iglesia en extensión y profundidad. Con frecuencia estamos preocupados por la extensión del Reino, y es justo. Pero no podemos olvidar que la Iglesia crece en profundidad, en consciencia en las personas, en las comunidades, en la parroquia, en la misión, a través de la oración, de la liturgia, de la madurez personal, de la responsabilidad de la propia vida, de la donación a los demás; suscitando una pastoral de la santidad y de la espiritualidad. Dios nos ayuda a aprender que con nosotros realiza una obra en profundidad hasta hacernos transparentes en la santidad. Una Iglesia más comunión, más santa, más madura, puede disparar una misión más eficaz en la extensión del Reino. Las personas y las comunidades santas son garantía de un apostolado más intenso y eficaz, porque se transforman en instrumento dócil y transparente de la acción de Dios. He ahí un aspecto del apostolado y del servicio.
Humanización apostólica. La santidad cristiana es humana, de la misma humanidad del Verbo encarnado. El apostolado y el servicio deben ser de una condescendencia humana tal que haga brillar el rostro de Cristo. La mansedumbre, la simpatía, el testimonio esperado por tantos lejanos … Allí donde la Iglesia no se encarna – con aquel humanismo que refulge en el corazón y en el rostro de Cristo Jesús –, no se presenta como servicio, no aparece con el rostro humano de Cristo, no llega a los hombres.
Apostolado como realización de las obras de Dios. Cuando se entra en el movimiento de los siervos de Dios, se tiene la consciencia de no tener que hacer las obras humanas, sino las obras de Dios. La creatividad, la profecía, la novedad apostólica vienen de una intensa familiaridad con Dios. Los santos han hecho cosas nuevas.
A menudo el apostolado está buscando una novedad, quiere abrir caminos nuevos en la creatividad. Sólo Dios se revela y se da, escoge instrumentos dóciles de su querer y obrar en aquellos que se ponen completamente a su servicio. Apostolado, pues, como transparencia, atención a los planes de Dios, docilidad a sus obras.
¿Obras grandes u obras pequeñas? Dios no mira a la grandeza o a la pequeñez de las obras, sino al amor con que se hacen. No hay obra grande si está falta de amor; no hay obra pequeña si está colma de amor. En la concreción y en el realismo, Dios exige la prioridad de los servicios que son más conformes a su voluntad. ¡Con tal que se hagan por amor!
Una última convicción. Quien abre caminos nuevos a nuestro servicio es Dios. Quien dilata la capacidad de servir en extensión y profundidad es Dios. Quien nos habilita para realizar cosas grandes por Dios es Dios.