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| P. Jesús Castellano Cervera, OCD De la mística de la oración a la mística de la acción IntraText CT - Texto |
Por una pastoral de la santidad
Una de las ideas que están progresando con fuerza en este momento de la Iglesia y que, en cierto modo, supera las estrecheces del binomio santidad-apostolado u oración-acción, es tomar conciencia – brotada en la oración – del discernimiento, de la coherencia cada vez más viva con los dictámenes de la ley nueva. Y se siente el gozo de ser cristianos hasta el fondo. Las exigencias aparentemente más difíciles de la moral cristiana se revelan como un don especial de Dios, una expresión de la caridad con Dios y con el prójimo, una educación de la más digna conducta de los hijos de Dios, en la medida en que son iluminadas progresivamente por la experiencia espiritual.
Una renovación de la teología, de la predicación y de la vida moral de la Iglesia camina, pues, con paso acompasado a una pedagogía positiva y exigente de la espiritualidad y de la santidad cristiana, con una apertura cada vez más dócil y convencida a la acción del Espíritu Santo.
Es una proposición que espera correlativas vías pastorales de la espiritualidad para la nueva evangelización aplicada a niños, jóvenes, esposos, laicos, religiosos y religiosas, sacerdotes en sus múltiples responsabilidades morales y en una progresiva educación para la santidad.
En efecto, sigue siendo programática la afirmación de la Encíclica Veritatis Splendor de Juan Pablo II, que traduce no sólo un ideal, sino una convicción que une la fuerza de la verdad y la inmediatez de la experiencia cristiana: “La vida de santidad … es la que constituye el camino más sencillo y fascinante en que nos es dado percibir inmediatamente la belleza de la verdad, la fuerza liberadora del amor de Dios, el valor de la fidelidad incondicional a todas las exigencias de la ley del Señor, incluso en las circunstancias más difíciles” 19.
La moral cristiana en su cúspide de santidad es también reflejo de la belleza de Dios y de su proyecto, es experiencia de la libertad en el amor, a imagen de la libertad y de la caridad de Dios, que hace al hombre semejante a sí, y es expresión de la fidelidad a la alianza con Dios, mantenida y reforzada por el don del Espíritu Santo.
En la reciente Exhortación apostólica Vita Consecrata, Juan Pablo II le ha dado a esta faceta de la espiritualidad y de la pastoral un impulso concreto, allí donde habla explícitamente de una pastoral de la santidad y donde llama de forma especial a los religiosos y religiosas a un decidido compromiso de vida espiritual 20.
Una pedagogía de la espiritualidad apostólica
No basta con una afirmación de carácter doctrinal. Es menester también una pedagogía concreta de la unidad de vida, de la espiritualidad apostólica.
En la Encíclica Redemptoris Missio (nn. 87-88) Juan Pablo II presenta algunas exigencias fundamentales que hacen viva y eficaz la espiritualidad misionera.
Ante todo, con una adhesión al Espíritu Santo, principio de toda auténtica “espiritualidad” que de Él, Espíritu Santo y santificador, toma su nombre. Vivir en docilidad al Espíritu, a su acción, a la gracia del discernimiento, a la valentía del testimonio. El Espíritu que unifica la Iglesia en la oración y en la acción – los dos movimientos de comunión y misión que de Él proceden – asegura la unidad de vida del apóstol.
Además, el Papa aclara la necesaria comunión con Cristo, la verdadera “vida en Cristo” que es sinónimo de espiritualidad cristocéntrica. Que requiere la comunión con Él, la coparticipación de sus sentimientos (cfr. Flp 2, ), el don total de sí para la misión, hasta llegar al despojo total de sí, confiando en que el Espíritu acompaña la misión con su fuerza y en que el misionero lleva en su agilidad la potencia y la eficacia misma del Señor.
En el servicio apostólico y en la oración tenemos la síntesis de una existencia cristiana que crece en profundidad en la santidad y se expande lozana en un apostolado, según la medida de Dios, según el querer de Dios.
En la cúspide del itinerario espiritual del sacerdote, pero como medida consciente de cada etapa de este itinerario, está el servicio por Cristo, que no es más que dejar que Cristo siga sirviendo en nosotros a los hermanos y edificando la Iglesia.
A lo largo del camino se purifican las motivaciones de nuestro servicio que cada vez se van llenando más llenas de caridad y gratuidad. Y en la cumbre de la vida espiritual se agudiza el sentido de las obras que debemos hacer: las de Dios y no las nuestras; el bien que Él quiere que hagamos. Finalmente, nos hace disponibles para que en nosotros haga Él lo que quiere.
El sacerdote, el religioso, el laico, cada uno en su propia vocación, llega a la perfecta identificación con su modelo, Cristo, en el ser y en el hacer. Y se transforma, en la lógica de su propia vida apostólica, en pan comido, en eucaristía para los demás, dando a diario la vida, pero vivificando cada día a los hermanos a los que Dios le envía. La cima de la santidad es apostólica. La caridad pastoral puede expresarse en el trabajo más estresante o en soportar pacientemente la enfermedad, en el fracaso aparente del propio apostolado o incluso del propio martirio. Pero todas estas expresiones de don son reflejos del misterio del servicio por amor a Cristo Jesús, aquél que es santo en el ápice de su amor y de su dolor. Aquella cumbre en la que él, con la oración y el don de sí, realizó el misterio de nuestra redención y nos dio con su Espíritu la plenitud de la santidad.