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| Pio XII Divino afflante Spiritu IntraText CT - Texto |
3. Primera y máxima preocupación de León XIII fue el exponer la doctrina sobre la verdad de los Libros Sagrados y vindicarla de los ataques adversarios. Por ello, con muy graves palabras, declaró que no hay error alguno en que, hablando el hagiógrafo de cosas físicas, siquiera las apariencias sensibles, como dice el Angélico5, expresándose o a modo de metáfora, o según las frases que en aquellos tiempos se usaban en el lenguaje común, y según todavía se usan aun hoy para muchas cosas en la conversación ordinaria hasta entre los más doctos. De hecho, la intención de los escritores sagrados, o, mejor aún -son palabras de San Agustín6- del espíritu de Dios, que por ellos hablaba, no era el enseñar a los hombres tales cosas -es decir, la íntima constitución de las cosas visibles - , que nada habían de servirles para la eterna salvación7. Principio, que convendrá aplicar también a las ciencias afines, especialmente a la historia, esto es, refutando de modo semejante las falacias de los adversarios y defendiendo de sus impugnaciones la verdad histórica de la sagrada Escritura8. Ni tampoco puede atribuirse error al escritor sagrado, si en algún lugar, al transcribir los códices se les escapó a los copistas algo inexacto, o cuando subsiste duda sobre el sentido preciso de alguna frase. Por último, no es en modo alguno lícito o restringir la inspiración de la Sagrada Escritura a algunas partes tan sólo, o conceder que erró el mismo escritor sagrado, porque la inspiración divina por sí misma no sólo excluye todo error, sino que lo excluye y rechaza tan necesariamente, cuanto es necesario que Dios, Verdad suma, no pueda ser autor de error alguno. Tal es la antigua y constante fe de la Iglesia9.
4. Esta doctrina, pues, que con tanta gravedad expuso Nuestro Predecesor León XIII, la proponemos Nos e inculcamos con Nuestra autoridad para que todos religiosamente la mantengan. Y queremos que no se ponga menor empeño aun hoy en seguir los consejos y estímulos que él tan sabiamente añadió, conforme a su tiempo. Pues, como surgiesen nuevas y no leves dificultades y cuestiones, ya por los prejuicios del racionalismo que por todas partes cundía, ya principalmente por los antiquísimos monumentos excavados y estudiados en las regiones del Oriente, Nuestro mismo Predecesor, impulsado por la solicitud de su apostólico oficio, y ansioso no sólo de que una tan preclara fuente de la revelación católica se abriera más segura y abundante para utilidad de la grey del Señor, sino también de que no le causara daño alguno, expresó su vivo deseo de que fuesen muchos quienes emprendiesen y con firmeza sostuviesen la defensa de las divinas Escrituras, y que principalmente aquellos a quienes la divina gracia llamara a las sagradas órdenes pusieran cada día más diligencia, como es muy de razón, en leerlas, meditarlas y exponerlas10.
5. Con tales criterios, el mismo Pontífice, ya antes había alabado y aprobado la Escuela de Estudios Bíblicos, fundada en San Esteban de Jerusalén gracias a la solicitud del Maestro General de la Sagrada Orden de Predicadores, porque de ella, según él mismo dijo, los estudios bíblicos habían recibido grandes ventajas, y aun se esperaban mayores11; y después, en el último año de su vida, añadió una nueva disposición, para que estos estudios, tan altamente recomendados en la encíclica Providentissimus Deus, se cultivasen cada día mejor y se promovieran con mayor seguridad. Y así, en la Carta apostólica Vigilantiae, del 30 de octubre de 1902, instituyó un Consejo o -como suele decirse - una Comisión de graves varones que tuvieran como misión propia suya el procurar por todos los medios posibles que las divinas Escrituras sean estudiadas por los nuestros con todo aquel exquisito cuidado que los tiempos exigen, manteniéndose incólumes no sólo de toda mancha de error, sino de toda temeridad en las opiniones12; Comisión que también Nos, siguiendo el ejemplo de Nuestros Predecesores, hemos confirmado y aun realzado de hecho, al valernos de ella, como muchas veces antes, y de su ministerio para sujetar a los comentaristas de los Libros Sagrados a aquellas sanas normas de exégesis católica que los Santos Padres y Doctores de la Iglesia y los mismos Sumos Pontífices nos enseñaron13.