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| Pio XII Divino afflante Spiritu IntraText CT - Texto |
15. Excelentemente pertrechado con el conocimiento de las lenguas y los subsidios de la crítica, pase ya el exegeta católico a la tarea suprema entre cuantas se le imponen, esto es, hallar y exponer el verdadero sentido de los Sagrados Libros. Al hacerlo, los intérpretes católicos tengan siempre ante sus ojos que lo que más ahincadamente han de procurar es el discernir claramente y precisar cuál es el sentido de las palabras bíblicas, que llaman literal. Este literal significado de las palabras resulta de que con toda diligencia lo averigüen por el conocimiento de las lenguas, por el examen del contexto y por la comparación con los lugares semejantes; pues de todo esto suele hacerse uso también en la interpretación de los escritos profanos, para que aparezca clara la mente del autor. Pero teniendo siempre en cuenta el exegeta de las Sagradas Letras que aquí se trata de palabra divinamente inspirada, cuya custodia e interpretación ha sido por el mismo Dios encomendada a su Iglesia, atienda con no menor diligencia a las explicaciones y declaraciones del magisterio de la Iglesia, a las dadas por los Santos Padres y también a la analogía de la fe, como sapientísimamente lo advierte León XIII en su encíclica Providentissimus Deus26. Pero pongan singular empeño en no exponer solamente -como con dolor vemos se hace en algunos comentarios - lo tocante a la historia, a la arqueología, a la filología y a otras disciplinas semejantes, sino que, empleando éstas oportunamente en cuanto pueden contribuir a la exégesis, expliquen principalmente cuál es la doctrina teológica de fe y costumbres en cada libro o en cada lugar, de manera que su explanación no sólo ayude a los profesores de teología para proponer y confirmar los dogmas de la fe, mas sirva también a los sacerdotes para aclarar al pueblo la doctrina cristiana y, en fin, a todos los fieles para llevar una vida santa y digna de un cristiano.
16. Dando una tal interpretación, teológica ante todo, reducirán eficazmente al silencio a quienes aseguran no hallar casi nada en los comentarios bíblicos que eleve la mente a Dios, nutra el alma y promueva la vida interior, y añaden que se ha de recurrir a una cierta interpretación espiritual y mística, como ellos dicen. Cuán poco acertado sea este su juicio, lo demuestra la misma experiencia de muchos que, meditando y considerando una y otra vez la divina palabra, llevaron sus almas a la perfección y se sintieron movidos de un vehemente amor a Dios, y lo demuestran también claramente la perpetua enseñanza de la Iglesia y los consejos de los sumos Doctores. No es que de la Sagrada Escritura se excluya todo sentido espiritual, pues lo que en el Antiguo Testamento se dijo y se hizo fue sapientísimamente ordenado y dispuesto por Dios de tal manera, que las cosas pretéritas presignificasen de modo espiritual las que en la nueva ley de gracia habían de realizarse. Por lo cual el exegeta, como debe investigar y exponer el significado propio, o, como dicen, literal, de las palabras, intentado y expresado por el hagiógrafo, y también el significado espiritual, siempre que conste haber sido realmente dado por Dios. Sólo Dios, en verdad, pudo conocer y revelarnos a nosotros ese significado espiritual. Ahora bien, este sentido, en los Santos Evangelios, nos lo indica y nos lo enseña el mismo Divino Salvador; lo profesan de palabra y por escrito los Apóstoles, imitando el ejemplo del Maestro; lo demuestra la constante doctrina tradicional de la Iglesia, y, finalmente, lo declara el antiquísimo uso de la liturgia según la conocida sentencia: La ley de la oración es la ley de la creencia. Pongan, pues, en claro y expliquen los exégetas católicos, con la diligencia que la dignidad de la divina palabra pide, este sentido espiritual intentado y ordenado por el mismo Dios, pero guárdense religiosamente de proponer como genuino sentido de las Sagradas Escrituras otros sentidos figurados; pues aunque, al desempeñar el cargo de la predicación, puede ser útil, para ilustrar y recomendar las cosas de la fe y costumbres, un más amplio uso del sagrado texto en sentido figurado, siempre que se haga con moderación y sobriedad, nunca, sin embargo, ha de olvidarse que este uso de las palabras de la Sagrada Escritura le es a ésta como exterior y añadido, y que, sobre todo hoy, no deja de ser peligroso, pues los fieles cristianos, principalmente los instruidos en las ciencias sagradas y en las profanas, quieren saber lo que Dios nos da a entender en las Sagradas Escrituras, más bien que lo dicho por un facundo orador o escritor, empleando con cierta habilidad las palabras de la Biblia. Ni necesita tampoco la palabra de Dios, viva y eficaz y más penetrante que espada de dos filos, y que llega hasta la división del alma y del espíritu, y de las coyunturas y las médulas, y discernidora de los pensamientos e intenciones del corazón27, de artificios o arreglos humanos para mover los corazones y excitar los ánimos, porque las mismas sagradas páginas, escritas bajo la inspiración divina, tienen por sí mismas abundancia de un primer sentido; enriquecidas de divina virtud, valen por sí; adornadas de soberana hermosura, por sí lucen y resplandecen, siempre que el intérprete las explique tan íntegra y fielmente, que saque a luz todos los tesoros de sabiduría y prudencia que en ellas se encierran.
17. Para esto podrá el exegeta servirse muy bien del estudio de las obras en que los Santos Padres, los Doctores de la Iglesia e ilustres intérpretes de las Sagradas Letras, en tiempos pasados, las expusieron; ya que éstos, si a veces estaban menos provistos de erudición profana y del conocimiento de las lenguas que los de nuestro tiempo, se distinguen, sin embargo, dado el oficio que Dios les dio en la Iglesia, por cierta suave perspicacia de las cosas celestiales y por una admirable agudeza de entendimiento, con que íntimamente penetran las profundidades de la divina palabra, y así sacan de ella cuanto puede servir para ilustrar la doctrina de Cristo y promover la santidad de la vida. De doler es, en verdad, que tan preciosos tesoros de la cristiana antigüedad sean demasiado poco conocidos por muchos de los escritores de nuestros tiempos, y que los cultivadores de la historia de la exégesis todavía no hayan llegado a hacer todo lo posible para mejor conocer y más justamente estimar materia tan importante. Ojalá fueran muchos los que, examinando diligentemente los autores y las obras de interpretación católica, a fin de sacar de allí las casi inmensas riquezas que acumulan, contribuyeran eficazmente a que cada día aparezca más claro hasta qué alto grado penetraron ellos en la doctrina de los Libros Santos, y cuánto la ilustraron, de modo que los intérpretes modernos los tomen como ejemplo y busquen en ellos oportunos argumentos. Se llegará así, por fin, a la feliz y fecunda unión de la doctrina y espiritual suavidad en el decir de los antiguos con la erudición más vasta y el arte más avanzado de los modernos, que producirá indudablemente nuevos frutos en el campo de las Divinas Letras, nunca suficientemente cultivado, y nunca exhausto.