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Pio XII
Divino afflante Spiritu

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1) textos originales

12. Ya los Padres de la Iglesia, y en primer lugar San Agustín, recomendaron encarecidamente al intérprete católico, deseoso de entender y explicar las Sagradas Escrituras, que estudiara las lenguas antiguas y acudiera a los textos originales22. Pero tal era la condición de los estudios, en aquellos tiempos, que no consentían fuesen muchos los familiarizados con la lengua hebrea: y aun éstos, con un conocimiento imperfecto. Y en la Edad Media, cuando más florecía la Teología escolástica, hasta el conocimiento mismo del griego se hallaba, hacía ya tiempo, tan decaído entre los occidentales, que aun los mayores Doctores de aquellos tiempos, al explicar los Sagrados Libros, no podían apoyarse sino tan sólo en la versión latina llamada Vulgata. Por lo contrario, en nuestros tiempos, no sólo la lengua griega, que desde el Renacimiento resucitó en cierto modo a nueva vida, es casi familiar a todos los cultivadores de la antigüedad y de las letras, sino que ya el mismo conocimiento de la hebrea y las otras lenguas orientales se halla ampliamente difundido entre los estudiosos. Es hoy, además, tal la abundancia de medios para aprender estas lenguas, que el intérprete de la Biblia, que por negligencia se cierre la puerta para el conocimiento de los textos originales, no podrá en modo alguno evitar la nota de ligereza y desidia, pues al exegeta le toca como captar con sumo cuidado y veneración aun las más pequeñas cosas que bajo la divina inspiración salieron de la pluma del hagiógrafo, para así penetrar más profunda y plenamente en su pensamiento. Procure, pues, seriamente adquirir una pericia cada día mayor de las lenguas bíblicas, y aun de las demás lenguas orientales, para apoyar su interpretación en todos los subsidios que toda clase de filología supedita. Eso, en verdad, procuró solícitamente San Jerónimo, según eran los conocimientos de su época; y tal fue el ideal de no pocos de los grandes intérpretes de los siglos XVI y XVII, bien que el conocimiento de las lenguas fuese mucho menor que hoy, poniendo en ello un infatigable esfuerzo y logrando frutos no medianos. Con el mismo método, pues, ha de explorarse el mismo texto original, que, como escrito inmediatamente por el mismo autor sagrado, tendrá mayor autoridad y mayor peso que en cualquier versión, ya antigua, ya moderna, por muy buena que fuese; y ello se logrará más fácil y útilmente si al conocimiento de las lenguas se uniere también una sólida pericia en el arte de la crítica tocante al texto mismo.

13. Sabiamente advierte ya San Agustín la importancia de esta crítica, cuando, entre las reglas que se deben inculcar al que estudia los Sagrados Libros, puso -en primer lugar - la preocupación de poder servirse de un texto correcto. Quienes desean conocer las Sagradas Escrituras -dice aquel preclarísimo Doctor de la Iglesia - deben, ante todo, atender con sumo cuidado a la enmienda de los códices, de suerte que los no correctos cedan su puesto a los correctos23. Hoy este arte, que se llama crítica textual y que se aplica laudable y provechosamente en la edición de los textos profanos, con toda razón ha de ejercitarse también en los Sagrados Libros, precisamente por la misma reverencia debida a la divina palabra. Su propia finalidad es restituir a su primitivo ser el sagrado texto lo más perfectamente posible, purificándolo de las corrupciones en él introducidas por impericia de los copistas y librándolo, cuanto se pueda, de glosas y lagunas, de inversiones de palabras, de repeticiones y otros defectos de la misma especie, que suelen infiltrarse en los textos a través de los muchos siglos. Verdad es que, hace algunos decenios, no pocos empleaban la crítica tan arbitrariamente que a veces podía decirse que con ello trataron de introducir en el sagrado texto sus prejuicios; pero hoy ha llegado a alcanzar ya tal estabilidad y seguridad, que se ha convertido en un insigne instrumento para editar la divina palabra con mayor pureza y esmero, y es fácil descubrir cualquier abuso de la misma. Ni hace falta traer aquí a la memoria -porque es claro y sabido de todos los que estudian las Sagradas Escrituras - en cuánta estima ha tenido la Iglesia, desde los primeros siglos hasta nuestros tiempos, estos trabajos de la crítica. Hoy, pues, cuando este arte ha alcanzado tal perfección, es para los cultivadores de los estudios bíblicos honrosa tarea, aunque no siempre fácil, procurar con todo afán que cuanto antes preparen los católicos ediciones ajustadas a estas normas, no sólo de los textos sagrados, sino también de las versiones antiguas, que a la suma reverencia hacia el sagrado texto añadan la escrupulosa observancia de las leyes de la crítica. Y sepan bien todos que esta larga labor no sólo es necesaria para el recto conocimiento de los escritos divinamente inspirados; imperiosamente la exige, además, la piedad con que debemos mostrarnos sumamente agradecidos al Dios providentísimo, por habernos enviado estos libros a modo de cartas paternas dirigidas como a sus hijos propios desde la sede de su majestad.

14. Ni se figure nadie que este uso de los textos primitivos, obtenidos con el empleo de la crítica, se opone en modo alguno a las sabias prescripciones del Concilio Tridentino tocantes a la Vulgata latina24. Documentalmente consta cómo los Presidentes de aquel Concilio recibieron el encargo de rogar, en nombre mismo del Concilio, al Sumo Pontífice -y así lo hicieron - que hiciera corregir, como mejor fuera posible, ante todo la edición latina, y después también el texto griego y el hebreo, que se publicaran luego, para la mayor utilidad de la santa Iglesia de Dios25. Si, por las dificultades de los tiempos y otros impedimentos, no pudo entonces darse plena satisfacción a estos deseos, al presente, como lo esperamos, aunados los esfuerzos de todos los doctos católicos, podrá mejor y más plenamente satisfacerse. Si el Concilio Tridentino ordenó que la Vulgata fuese la versión que todos usaran como auténtica, esto, como cualquiera ve, sólo se refiere a la Iglesia latina y a su uso público de la Escritura, y en nada disminuye la autoridad y el valor de los textos originales. Pues ni siquiera se trataba entonces de los textos originales, sino de las versiones latinas que en aquel tiempo corrían, entre las cuales el Concilio, con mucha razón, decretó que había de preferirse aquella que la misma Iglesia había aprobado por el largo uso de tantos siglos. Por lo tanto, esta precedente autoridad, o, como dicen, autenticidad de la Vulgata, no fue establecida por el Concilio principalmente por razones críticas, sino más bien por su legítimo uso en la Iglesia, ya de tantos siglos, por el cual se demuestra que en las cosas de fe y costumbres está enteramente inmune de todo error, de modo que, por testimonio y confirmación de la misma Iglesia, puede aducirse con seguridad y sin peligro de error en las disputaciones, lecciones y sermones: por lo tanto, no es una autenticidad primariamente crítica, sino más bien jurídica. Luego esta autoridad de la Vulgata en las cosas doctrinales no impide en modo alguno -antes hoy más bien lo exige casi - que esa misma doctrina se compruebe y se confirme también por los textos originales, y que a cada momento se acuda a los textos primitivos, con los cuales siempre, y cada día mejor, se aclare y exponga la verdadera significación de la Sagrada Escritura. Ni prohibe tampoco el Concilio Tridentino que para uso y bien de los fieles cristianos, y para más fácil inteligencia de la divina palabra, se hagan versiones en lenguas vulgares, pero precisamente sobre los mismos textos originales, como con la aprobación de la autoridad de la Iglesia sabemos haberse hecho laudablemente en muchas naciones.




22. Cf. e.g. S. Hier. Praef. in IV Ev. ad Damasum: PL 29, 526-527; S. Aug. De doctr. christ. 2, 16 PL 34, 42-43.



23. De doctr. christ. 2, 21 PL 34, 46.



24. Decr. de editione et usu Sacrorum Librorum: Conc. Trid. ed. Goerres, 5, 91 ss.



25. Ibid. 10, 471, cf. 5, 29, 59, 65; 10, 446 ss.






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