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Pio XII
Divino afflante Spiritu

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3) problemas principales

18. Es también de esperar que nuestros tiempos podrán contribuir en algo a una más profunda y exacta interpretación de las Sagradas Escrituras, pues no pocas cosas -y, entre ellas, principalmente las referentes a la historia - o apenas o insuficientemente fueron explicadas por los expositores de los siglos pasados, por faltarles casi todas las noticias necesarias para su ilustración. Cuán difíciles, en efecto, y casi inaccesibles fuesen algunas cuestiones para los mismos Padres, se demuestra, por no citar otros ejemplos, en los varios conatos que muchos de ellos repitieron para interpretar los primeros capítulos del Génesis; igualmente, en los repetidos tanteos de un San Jerónimo para traducir los Salmos de suerte que su sentido literal, esto es, el expresado por las palabras mismas del texto, apareciese con claridad. Finalmente, hay algunos libros o textos sagrados, cuyas dificultades de interpretación se han puesto de relieve en la edad moderna, es decir, cuando un más exacto conocimiento de los tiempos antiguos hizo presentarse nuevos problemas que nos obligan a un más profundo examen de la materia. Se equivocan, por lo tanto, algunos que, no conociendo bien el estado actual de la ciencia bíblica, se empeñan en que al exegeta católico de nuestros días no le queda nada ya que añadir a cuanto la antigüedad cristiana produjo; por lo contrario, la verdad es que son tantos los problemas planteados por nuestro tiempo que reclaman nueva investigación y nuevo examen y estimulan no poco la actividad del moderno escriturista.

19. Verdad es que nuestra época acumula nuevas cuestiones y nuevas dificultades; pero también, por favor de Dios, suministra nuevos recursos y subsidios a la exégesis. Entre ellos parece digno de especial mención el que los teólogos católicos, siguiendo la doctrina de los Santos Padres, y principalmente la del Angélico y Común doctor, han explorado y expuesto -con mayor precisión y sutileza que solía hacerse en los pasados siglos - la naturaleza y los efectos de la inspiración bíblica: pues, partiendo del principio de que el escritor sagrado, al escribir su libro, es **** o instrumento del Espíritu Santo, pero instrumento vivo y racional, observan rectamente que, bajo el influjo de la divina moción, de tal manera hace uso de sus facultades y energías, que por el libro nacido de su acción puedan todos fácilmente colegir la índole propia de cada uno y, por así decirlo, sus singulares características y rasgos28. Ha de esforzarse, pues, el intérprete con toda diligencia, sin descuidar luz alguna que hayan aportado las modernas investigaciones, por conocer la índole propia y las condiciones de vida del escritor sagrado, el tiempo en que floreció, las fuentes, ya escritas, ya orales, que utilizó así como el vocabulario por él usado. Así podrá mejor conocer quién fue el hagiógrafo y qué quiso significar al escribir. A nadie se le oculta que la suprema norma para la interpretación es precisar y delimitar qué pretendió decir el escritor, como egregiamente lo advierte San Atanasio: Aquí, como conviene hacerlo en todos los otros lugares de la divina Escritura, debe observarse con qué ocasión habló el Apóstol; ha de atenderse con cuidado y exactitud a cuál es la persona a quien escribe y cuál el motivo de que le escriba, no sea que al ignorar tales cosas o al malentender una cosa por otra se aleje del verdadero pensamiento del autor29.

20. Pero muchas veces no es tan claro en las palabras y escritos de los antiguos autores orientales, como lo es por ejemplo en los escritores de nuestra época, cuál sea el sentido literal: lo que aquellos quisieron significar no se determina tan sólo por las leyes de la gramática o de la filología, ni por el contexto del discurso, sino que es preciso, por decirlo así, que el intérprete se vuelva mentalmente a aquellos remotos siglos del Oriente, y con el auxilio de la historia, de la arqueología, de la etnología y otras disciplinas, discierna y distintamente vea qué género literario quisieron emplear y de hecho emplearon los escritores de aquella vetusta edad. Porque los antiguos Orientales no siempre empleaban las mismas formas y los mismos modos de decir que hoy usamos nosotros, sino más bien aquellos que eran los corrientes entre los hombres de sus tiempos y lugares. Cuáles fueran éstos, no puede el intérprete determinarlo de antemano, sino solamente en virtud de una cuidadosa investigación de las antiguas literaturas del Oriente. Esta, llevada a cabo en los últimos decenios con mayor cuidado y diligencia que anteriormente, nos ha hecho ver con más claridad qué formas de decir se usaron en aquellos antiguos tiempos, ya en la descripción poética de las cosas, ya en el establecimiento de normas y leyes de vida, ya, por fin, en la narración de hechos y sucesos. Esta misma investigación ha probado ya con claridad que el pueblo de Israel aventajó singularmente a las otras antiguas naciones orientales en escribir bien la historia, así por la antigüedad como por la fiel narración de hechos, méritos que seguramente proceden del carisma de la divina inspiración y del fin peculiar de la historia bíblica, que es religioso. Sin embargo, también entre los escritores sagrados, como entre los demás antiguos, se hallan ciertas maneras de exponer y narrar, ciertos idiotismos, propios, sobre todo, de las lenguas semíticas, las llamadas aproximaciones, y ciertos modos de hablar hiperbólicos; más aún, a veces hasta paradojas, con las cuales más firmemente se graban las cosas en la mente: cosas todas ellas nada de admirar para quien rectamente sienta acerca de la inspiración bíblica. Porque no hay modo alguno de decir, de que entre los antiguos, principalmente los orientales, solía servirse el humano lenguaje para expresar las ideas, que sea ajeno a los Libros Sagrados, siempre a condición de que el empleado no repugne a la santidad y verdad de Dios, como ya con su acostumbrada agudeza lo advirtió el mismo Doctor Angélico con estas palabras: Las cosas divinas se nos ofrecen en la Escritura según el modo que los hombres acostumbran a usar30. Pues así como el Verbo sustancial de Dios se hizo semejante a los hombres en todo, excepto en el pecado31, así también las palabras de Dios, expresadas en lengua humana, se hacen en todo semejantes al humano lenguaje, excepto en el error. En esto consiste aquella **** o condescensión de Dios providente que ya San Juan Crisóstomo exaltó sobremanera y que repetidamente afirmó encontrarse en los Libros Sagrados32.

21. Por esto el exegeta católico, para satisfacer a las actuales necesidades de la ciencia bíblica al exponer la Sagrada Escritura, para demostrar y probar que está enteramente inmune de error, válgase también, como es su deber, prudentemente de este recurso, esto es, el de investigar hasta qué punto la forma o género literario, empleado por el hagiógrafo, pueda contribuir a la verdadera y genuina interpretación: y esté persuadido de que esta parte de su oficio no puede desdeñarse sin gran detrimento de la exégesis católica. Pues no pocas veces -para no mencionar sino esto - , cuando muchos pretenden reprochar al autor sagrado el haber faltado a la verdad histórica o haber narrado las cosas con poca exactitud, hállase que no se trata de otra cosa sino de aquellos modos nativos de decir y narrar, propios de los antiguos, que a cada paso lícita o corrientemente se acostumbran a emplear en las mutuas relaciones de los hombres. Exige, pues, una justa ecuanimidad, que al hallar tales cosas en la divina palabra, que con palabras humanas se expresa para los hombres, no se les tache de error, como tampoco se hace cuando se hallan en el uso cotidiano de la vida. Conociendo, pues, y exactamente estimando los modos y maneras de decir y escribir de los antiguos, podrán resolverse muchas dificultades que contra la verdad y la fidelidad histórica de las Sagradas Escrituras se oponen, y semejante estudio será muy a propósito para percibir más plena y claramente la mente del autor sagrado.

22. Atiendan, pues, también a esto nuestros cultivadores de los estudios bíblicos con toda diligencia y nada omitan de todo cuanto de nuevo aporten ya la arqueología, ya la historia antigua, ya el conocimiento de las antiguas literaturas, ya cuanto contribuya a penetrar mejor en la mente de los antiguos escritores, sus modos y maneras de discurrir, de narrar y escribir. Y en esto tengan en cuenta aun los católicos seglares que no sólo contribuyen al bien de la ciencia profana, sino que merecen bien de la causa cristiana si, como es de razón, se entregan con ahínco y constancia a explorar e indagar las cosas de la antigüedad y a resolver cuestiones de este género, hasta ahora poco claras y conocidas. Pues todo humano conocimiento, aun profano, como de por sí tiene una nativa dignidad y excelencia -por ser una cierta participación finita de la infinita ciencia de Dios - , recibe una nueva y más alta dignidad y como consagración cuando se emplea para ilustrar con luz más clara las cosas divinas.




28. Cf. Benedictus XV enc. Spiritus Paraclitus: A.A.S. 12, 390 EB 461.



29. Contra Arianos 1, 54 PG 26, 123.



30. Comm. ad Hebr. c. 1, 1. 4.



31. Hebr. 4, 15.



32. Cf. v. g. In Gen. 1, 5 PG 53, 34-35; In Gen. 2, 21 ibid. 121 121; In Gen. 3, 8 ibid. 135; Hom. 15 in Io. ad 1, 18 PG 59, 97 ss.






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