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Pio XII
Divino afflante Spiritu

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4) cuestiones más difíciles

23. Por la tan avanzada exploración de las antigüedades orientales de que hemos hablado, por la más cuidadosa investigación de los mismos textos originales, por un más amplio y diligente conocimiento de las lenguas bíblicas y de todas las otras orientales, felizmente, con el auxilio de Dios, se ha logrado que no pocas cuestiones que, en tiempo de Nuestro Predecesor, de i. m., León XIII, suscitaban los críticos ajenos a la Iglesia y hasta hostiles a ella contra la autenticidad, antigüedad, integridad y fidelidad histórica de los Libros Sagrados, hoy han quedado eliminadas y resueltas. Los exegetas católicos, usando rectamente las mismas armas de la ciencia, de que no pocas veces abusaban los adversarios, de una parte han hallado interpretaciones conformes a la doctrina católica y al genuino sentir de nuestros mayores, y de otra parecen haberse al mismo tiempo capacitado para resolver las dificultades que las nuevas exploraciones o los nuevos hallazgos suscitaren o las que, para su resolución, dejó la antigüedad a nuestra época. De ahí ha resultado que la credibilidad de la Biblia y su valor histórico, debilitados hasta cierto punto en algunos a causa de tantos ataques, hoy se hallan plenamente restablecidos entre los católicos por completo; y hasta no faltan escritores, aun no católicos, que después de investigaciones emprendidas con sobriedad y ecuanimidad han llegado a abandonar los prejuicios de los modernos para volverse, siquiera en algunos puntos, a las antiguas sentencias. Esta gran mudanza se debe, por lo menos en gran parte, al incansable trabajo con que los expositores católicos de las Sagradas Letras, sin atemorizarse ante dificultades y obstáculos de todo género, han puesto todo su empeño en procurar que de todo cuanto las investigaciones de la erudición moderna proporcionaban ya en el campo de la arqueología, ya en el de la historia y la filología, se hiciera un cumplido uso para la solución de las nuevas cuestiones que se ofrecían.

24. Nadie, pues, se admire de que todavía no se hayan vencido y resuelto todas las dificultades, y de que aun queden hoy graves cuestiones que agitan no poco la mente de los exegetas católicos. Más no hay que acobardarse por ello; no se olvide que en las humanas disciplinas acontece algo muy semejante a lo que sucede en las cosas naturales -que, luego de comenzadas, crecen poco a poco, y sólo después de muchos trabajos se recogen los frutos. Así ha sucedido precisamente en ciertas cuestiones que en los tiempos pasados no habían sido resueltas y estaban como en suspenso, pero, al fin, con el progreso de los estudios han sido felizmente resueltas en nuestros tiempos. Lo cual da esperanza de que también aquéllas, que hoy parecen las más complejas y difíciles, mediante un esfuerzo constante llegarán algún día a quedar plenamente aclaradas. Y si la resolución se retrasare largo tiempo y el feliz éxito no nos sonríe a nosotros, sino que acaso se reserva para los venideros, nadie se irrite por ello, pues justo es que también a nosotros nos toque lo que ya en su tiempo advirtieron los Padres, y principalmente San Agustín33: que Dios, de intento, sembró de dificultades los Libros Sagrados por él mismo inspirados, así para que nos excitásemos más intensamente a leerlos y a escudriñarlos como para que, al experimentar suavemente los límites de nuestra inteligencia, nos ejercitáramos en la debida humildad. Ni sería tampoco de admirar si en alguna que otra cuestión no se llega nunca a una solución plenamente satisfactoria, porque muchas veces se trata de cosas oscuras y demasiado remotas de nuestro tiempo y experiencia, y también porque la exégesis, como las más graves disciplinas, puede tener sus secretos que, inaccesibles a nuestros entendimientos, con ningún esfuerzo logremos -los hombres - descubrir.

25. Pero en tal estado las cosas, el intérprete católico, llevado de un fervoroso amor a su profesión y de una sincera devoción a la Santa Madre Iglesia, jamás debe abstenerse de acometer una y otra vez las cuestiones difíciles no resueltas, no sólo para rebatir lo que opongan los adversarios, sino también para intentar una solución que concuerde fielmente con la doctrina de la Iglesia y principalmente con lo que ella enseña acerca de la absoluta inmunidad de todo error en las Sagradas Escrituras, y que satisfaga también debidamente a las conclusiones ciertas de las disciplinas profanas. Y tengan presente todos los hijos de la Iglesia que los conatos de esos valientes operarios de la viña del Señor deben juzgarlos no sólo con justicia y ecuanimidad, sino también con suma caridad, y deben estar muy lejos de aquel celo no muy prudente que pretende se haya de rechazar todo lo nuevo por nuevo o tenerle a lo menos por sospechoso. Y tengan, en primer lugar, ante los ojos que en las normas y leyes dadas por la Iglesia se trata de la doctrina tocante a las cosas de fe y costumbres, y que de lo mucho que en los Libros Sagrados, legales, históricos, sapienciales y proféticos se contiene, son muy pocas las cosas cuyo sentido haya sido declarado por la autoridad de la Iglesia y no son tampoco más aquellas en que unánimemente convienen los Padres. Quedan, pues, muchas y muy graves cosas en cuyo examen y exposición puede y debe ejercitarse libremente el ingenio y la agudeza de los intérpretes católicos, para la utilidad de todos, para un adelantamiento cada día mayor de la doctrina sagrada, para la defensa y el honor de la Iglesia. Esta es la verdadera libertad de los hijos de Dios, el mantener fielmente la doctrina de la Iglesia y el recibir como un don de Dios, con gratitud, y aprovechar todo cuanto los conocimientos profanos aporten. Esta libertad, por el fervor de todos exaltada y mantenida, es condición y fuente de todo genuino fruto y de todo progreso sólido en la ciencia católica, como preclaramente lo amonesta Nuestro Predecesor León XIII, cuando dice: Si no queda a salvo la unión de los ánimos y si no se ponen a seguro los principios, no podrán esperarse grandes frutos para el progreso de esta disciplina ni aun del entusiasta estudio colectivo de muchos34.




33. Cf. S. Aug., Ep. 149 ad Paulinum, n. 34 PL 33, 644; De diversis quaestionibus, q. 53, 2 ibid. 40, 36; Enarr. in Ps. 146, n. 12 ibid. 37, 1907.



34. Litt. ap. Vigilantiae: A.L. 22, 237 EB 136.






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