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Pio XII
Divino afflante Spiritu

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5) las SS. Escrituras en la instrucción de los fieles

26. Quien considere la ingente labor que por espacio de casi dos mil años se ha echado sobre sí la exégesis católica para que la palabra de Dios, llegada a los hombres por las Sagradas Escrituras, cada día más perfecta y plenamente se entienda y con más vehemente amor se ame, fácilmente se persuadirá de que a los fieles cristianos, y sobre todo a los sacerdotes, incumbe el grave deber de usar copiosa y santamente aquel tesoro acumulado durante tanto tiempo por lo sumos ingenios; porque no dio a los hombres los Libros Sagrados para satisfacer su curiosidad o para facilitarles materias de estudio e investigación, sino, como advierte el Apóstol, para que los divinos oráculos pudieran instruir para la salvación por la fe en Cristo Jesús, para que el hombre de Dios sea perfecto, apercibido para toda buena obra35. Por lo tanto, los sacerdotes, obligados por oficio a procurar la salud eterna de las almas, después de recorrer ellos mismos con diligente estudio las sagradas páginas, después de hacerlas suyas por la oración y la meditación, deben exponer celosamente al pueblo estas soberanas riquezas de la divina palabra en sermones, homilías y exhortaciones; confirmar la doctrina cristiana con sentencias tomadas de los Libros Sagrados; ilustrarla con preclaros ejemplos de la historia sagrada, sobre todo del Evangelio de Cristo nuestro Señor; y todo esto, evitando con cuidado y diligencia aquellos sentidos acomodaticios que sugiere el propio individual arbitrio y se toman de cosas muy ajenas al asunto: esto no es usar, sino abusar, de la divina palabra. Expónganlo con tanta elocuencia, con tanta distinción y claridad, que los fieles no sólo se muevan y enciendan a ordenar rectamente su vida, sino a concebir una suma veneración hacia la Sagrada Escritura. Por lo demás, procuren los Prelados acrecentar y perfeccionar cada día más esta veneración en los fieles a ellos encomendados, promoviendo cuanto emprendan aquellos varones, que, llenos de espíritu apostólico, laudablemente procuran excitar y fomentar entre los católicos el conocimiento y el amor de las Sagradas Escrituras. Fomenten, pues, y ayuden a las asociaciones piadosas, cuyo propósito sea difundir, entre los fieles, ejemplares de las Sagradas Escrituras principalmente de los Evangelios, y procurar con todo ahínco que se haga bien y santamente su cotidiana lectura en las familias cristianas: recomienden eficazmente de palabra y de obra, cuando las leyes litúrgicas lo permitan, las Sagradas Escrituras, que hoy, con la aprobación de la autoridad de la Iglesia, se hallan traducidas a lenguas vulgares; y tengan ellos, o hagan que las tengan otros sagrados oradores muy peritos, disertaciones o lecciones públicas en asuntos bíblicos. Todos los sagrados ministros den su ayuda, en la medida de sus fuerzas, a las revistas periódicas que con tanta loa y fruto se publican en varias partes del orbe, ya para tratar y exponer científicamente estas cuestiones, ya para acomodar los frutos de estas investigaciones, bien al sagrado ministerio, bien a la utilidad de los fieles, y divúlguenlas convenientemente entre los varios órdenes y clases de su grey. Y estén bien persuadidos todos los sagrados ministros de que todo esto y todo lo demás que, a este propósito, invente el celo apostólico y el amor a la divina palabra, ha de ser para ellos mismos un auxiliar eficaz en su apostolado junto a las almas.

27. Pero a nadie se le oculta que todo esto no pueden hacerlo bien los sacerdotes, si ellos antes, durante su permanencia en el Seminario, no han bebido este activo y perenne amor a la Sagrada Escritura. Por lo tanto, velen con diligencia los Prelados, a quienes incumbe el paternal cuidado de sus Seminarios, para que tampoco en esto se omita nada de cuanto pueda conducir a la consecución de este fin. Y los profesores de Sagrada Escritura den en los Seminarios toda la enseñanza bíblica, de tal manera, que armen a los jóvenes, que se forman para el sacerdocio y para el ministerio de la divina palabra, con el conocimiento y el amor de las Divinas Letras, pues sin ellas no se pueden obtener frutos abundantes de apostolado. Por lo cual, la exposición exegética ha de ser principalmente teológica, evitando inútilmente disputas y omitiendo todo aquello que sea fuente de vana curiosidad más bien que fomento de verdadera doctrina y de piedad sólida; propongan el sentido llamado literal, y principalmente el teológico, con tanta solidez, explíquenlo con tanta maestría, incúlquenlo con tal fervor, que sus alumnos lleguen a experimentar en cierto modo lo mismo que los discípulos de Jesucristo cuando, yendo a Emaús, al oír las palabras del Maestro, exclamaron: ¿No ardía, en verdad, nuestro corazón en nosotros mientras nos explicaba las Escrituras?36.

De este modo serán las Divinas Letras para los futuros sacerdotes de la Iglesia pura y perenne fuente de vida espiritual para cada uno, así como alimento y robustez del sagrado ministerio de la predicación que sobre sí han de tomar. Y si en verdad llegaren los profesores de esta gravísima disciplina a conseguir esto en los Seminarios, con santa alegría tengan la persuasión de haber contribuido grandemente a la salud de las almas, al adelantamiento de la causa católica, al honor y gloria de Dios, cumpliendo con ello una labor íntimamente unida a los deberes del apostolado.

28. Todo esto que hemos dicho, Venerables Hermanos y amados hijos, si bien es en todo tiempo necesario, urge sin duda mucho más en los luctuosos nuestros, cuando pueblos y naciones se sumergen casi todos en un piélago de calamidades, mientras la dura guerra acumula ruinas sobre ruinas, muertes sobre muertes, y cuando, excitados hasta la exacerbación los mutuos odios de los pueblos, con sumo dolor vemos que en no pocos se extingue no ya el sentimiento de la cristiana benignidad y caridad, sino aun el de la misma humanidad.

A estas mortales heridas de la humana convivencia, ¿quién podrá poner remedio sino sólo Aquel a quien el Príncipe de los Apóstoles, lleno de amor y confianza, invoca con estas frases: ¿A quién iremos, Señor? Tú tienes palabras de vida eterna37. Luego es necesario que por todos los medios trabajemos para hacer que todos vuelvan a este nuestro misericordiosísimo Redentor, pues El es el divino consolador de los afligidos; El quien a todos -ya presidan con pública autoridad, ya estén sujetos con el deber de la obediencia y la sumisión - enseña la verdadera probidad, la íntegra justicia y la caridad generosa; El, en fin, y sólo El, quien puede ser fundamento y defensa de la paz y la tranquilidad. Pues nadie puede poner otro fundamento fuera del que puesto está, que es Cristo Jesús38. Y a este Cristo, autor de la salud, tanto más plenamente le conocerán los hombres, tanto más intensamente le amarán, tanto más fielmente le imitarán, cuanto más movidos se sientan al conocimiento y a la meditación de las Sagradas Escrituras, principalmente del Nuevo Testamento.

Pues, como dice San Jerónimo: Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo39, y si algo hay en esta vida que sostenga al varón prudente y le persuada a permanecer ecuánime entre las apreturas y tormentas del mundo, creo que más que todo es la meditación y la ciencia de las Escrituras40. Porque de ellas sacarán, los que se ven fatigados y oprimidos por la adversidad y la desgracia, verdaderos consuelos y divina virtud para padecer y sufrir con paciencia; en ellas -en los Santos Evangelios - se nos muestra a todos Jesús, sumo y acabado ejemplar de justicia, de caridad y de misericordia, y se le abren al género humano, desgarrado y trepidante, las fuentes de aquella divina gracia, preterida la cual y desconocida, no podrán los pueblos ni sus directores iniciar ni establecer la tranquilidad de los Estados ni la concordia de los espíritus; en ellas finalmente, todos aprenderán a conocer a Cristo que es la Cabeza de todo principado y potestad41 y que se ha hecho para nosotros sabiduría de Dios y justicia y santificación y redención42.

29. Expuestas, pues, y recomendadas estas cosas referentes a la necesidad de adaptar los estudios escriturísticos a las necesidades del día, resta ya, Venerables Hermanos y amados hijos, no sólo felicitar con ánimo paternal a todos y cada uno de los devotos hijos de la Iglesia que fielmente siguen su doctrina y obedecen sus normas, por haber sido llamados y elegidos a cargo tan excelso, sino alentarlos también a que con fuerzas cada día renovadas sigan con todo empeño y cuidado cumpliendo la obra felizmente comenzada. Cargo excelso decimos; pues ¿qué cosa hay más sublime que escudriñar, explicar, exponer a los fieles y defender contra los infieles la palabra misma de Dios, dada a los hombres por inspiración del Espíritu Santo? Con este espiritual alimento se nutre el alma misma del intérprete para memoria de la fe, para consuelo de la esperanza, para exhortación a la caridad43.

Vivir entre esto, meditar esto, no querer saber sino esto, buscar sólo esto, ¿no os parece ya como un oasis -aún aquí, en la tierra - del reino de los cielos?44. Apaciéntense también con este mismo alimento las almas de los fieles y de ahí saque cada uno el conocimiento y el amor de Dios, el bien y la felicidad de su propia alma. Entréguense, pues, con todo corazón a esto los expositores de la divina palabra. Oren para entender45: trabajen para penetrar cada día más profundamente en los secretos de las sagradas páginas; enseñen y prediquen para abrir a los demás los tesoros de la palabra de Dios. Lo que en los pasados siglos llevaron a cabo con fruto aquellos preclaros intérpretes de las Sagradas Escrituras, lo emulen según sus fuerzas los del día, de manera que, como en los tiempos pasados, también hoy la Iglesia tenga doctores eximios en exponer las Sagradas Escrituras, y los fieles de Cristo, gracias al trabajo y al esfuerzo de aquéllos, perciban toda la luz, toda la fuerza persuasiva y todo el gozo de las Sagradas Escrituras. Y en esta labor, ardua y grave en verdad, tengan ellos también por consuelo los Libros Santos46, y acuérdense de la retribución que les aguarda, pues los sabios brillarán como la luz del firmamento, y los que a muchos enseñan la justicia, como estrellas por perpetuas eternidades47.

30. Y entretanto, mientras todos los hijos de la Iglesia, y nominalmente a los profesores de la ciencia bíblica, al joven clero y a los oradores sagrados, les deseamos fervorosamente que, meditando asiduamente los divinos oráculos, gusten cuán bueno y cuán suave es el espíritu del Señor48, a vosotros, Venerables Hermanos y amados hijos, a todos y a cada uno en particular, como prenda de los dones celestiales y testimonio de Nuestra paternal benevolencia, os damos de todo corazón en el Señor la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 30 del mes de septiembre, en la festividad de San Jerónimo, Doctor Máximo en exponer las Sagradas Escrituras, el año 1943, quinto de Nuestro Pontificado.

 




35. Cf. 2 Tim. 3, 15. 17.



36. Luc. 24, 32.



37. Io. 6, 69.



38. 1 Cor. 3, 11.



39. S. Hier. In Isaiam prol. PL 24, 27.



40. Id. In Eph. prol. ibid. 26, 430.



41. Col. 2, 10.



42. 1 Cor. 1, 30.



43. Cf. S. Aug. Contra Faustum 13, 18 PL 42, 294 CSEL 25, 400.



44. S. Hier., ep. 53, 10 PL 22, 549 CSEL 54, 463.



45. S. Aug. De doctr. christ. 3, 56 PL 34, 89.



46. 1 Mach. 12, 9.



47. Dan. 12, 3.



48. Cf. Sap. 12, 1.






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