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I. EL PROBLEMA
2.En los
últimos años se han delineado nuevas tendencias para afrontar la cuestión
femenina. Una primera tendencia subraya fuertemente la condición de
subordinación de la mujer a fin de suscitar una
actitud de contestación. La mujer, para ser ella
misma, se constituye en antagonista del hombre. A los abusos de poder responde
con una estrategia de búsqueda del poder. Este proceso
lleva a una rivalidad entre los sexos, en el que la
identidad y el rol de uno son asumidos en desventaja del otro, teniendo como
consecuencia la introducción en la antropología de una confusión deletérea, que
tiene su implicación más inmediata y nefasta en la estructura de la familia.
Una segunda tendencia emerge como consecuencia de la primera. Para evitar
cualquier supremacía de uno u otro sexo, se tiende a
cancelar las diferencias, consideradas como simple efecto de un
condicionamiento histórico-cultural. En esta nivelación, la
diferencia corpórea, llamada sexo, se minimiza, mientras la dimensión
estrictamente cultural, llamada género, queda subrayada al máximo
y considerada primaria. El
obscurecerse de la diferencia o dualidad de los sexos produce enormes
consecuencias de diverso orden. Esta antropología, que pretendía favorecer
perspectivas igualitarias para la mujer, liberándola de todo determinismo
biológico, ha inspirado de hecho ideologías que promueven, por ejemplo, el
cuestionamiento de la familia a causa de su índole natural bi-parental, esto
es, compuesta de padre y madre, la equiparación de la homosexualidad a la
heterosexualidad y un modelo nuevo de sexualidad polimorfa.
3. Aunque la
raíz inmediata de dicha tendencia se coloca en el contexto de la cuestión
femenina, su más profunda motivación debe buscarse en el tentativo de la
persona humana de liberarse de sus condicionamientos biológicos. 2
Según esta perspectiva antropológica, la naturaleza humana no
lleva en sí misma características que se impondrían de manera absoluta: toda
persona podría o debería configurarse según sus propios deseos, ya que sería
libre de toda predeterminación vinculada a su constitución esencial.
Esta perspectiva tiene múltiples
consecuencias. Ante todo, se refuerza la idea de que la liberación de la mujer
exige una crítica a las Sagradas Escrituras, que transmitirían una concepción
patriarcal de Dios, alimentada por una cultura esencialmente machista. En segundo lugar, tal tendencia consideraría sin importancia e
irrelevante el hecho de que el Hijo Dios haya asumido la naturaleza humana en
su forma masculina.
4. Ante estas corrientes de
pensamiento, la Iglesia, iluminada por la fe en Jesucristo, habla en cambio de
colaboración activa entre el hombre y la mujer, precisamente en el
reconocimiento de la diferencia misma.
Para comprender mejor el fundamento, sentido y consecuencias de esta
respuesta, conviene volver, aunque sea brevemente, a las Sagradas Escrituras,
—ricas también en sabiduría humana— en las que la misma se ha manifestado
progresivamente, gracias a la intervención de Dios en
favor de la humanidad. 3
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