II. LOS DATOS
FUNDAMENTALES
DE LA ANTROPOLOGÍA BÍBLICA
5.Una primera
serie de textos bíblicos a examinar está constituida por los primeros
tres capítulos del Génesis. Ellos nos colocan «en el contexto de aquel ‘‘principio'' bíblico según el cual la verdad revelada
sobre el hombre como ‘‘imagen y semejanza de Dios'' constituye la base
inmutable de toda la antropología cristiana».4
En el primer texto (Gn 1,1-2,4), se describe la
potencia creadora de la Palabra de Dios, que obra realizando distinciones en el
caos primigenio. Aparecen así
la luz y las tinieblas, el mar y la tierra firme, el día y la noche, las
hierbas y los árboles, los peces y los pájaros, todos «según su especie». Surge
un mundo ordenado a partir de diferencias, que, por otro lado, son otras tantas
promesas de relaciones. He aquí, pues, bosquejado el cuadro general en el que
se coloca la creación de la humanidad. «Y dijo Dios: Hagamos al ser humano a
nuestra imagen, como semejanza nuestra... Creó, pues, Dios al ser humano a
imagen suya, a imagen de Dios le creó, hombre y mujer los creó» (Gn 1,26-27).
La humanidad es descrita aquí como articulada, desde su primer origen, en la
relación de lo masculino con lo femenino. Es esta humanidad sexuada la que se
declara explícitamente «imagen de Dios».
6.La segunda narración de la creación (Gn 2,4-25) confirma de modo
inequívoco la importancia de la diferencia sexual. Una vez plasmado por Dios y
situado en el jardín del que recibe la gestión, aquel que es designado —todavía
de manera genérica— como Adán experimenta una soledad, que la presencia
de los animales no logra llenar. Necesita una ayuda que le sea adecuada. El término designa
aquí no un papel de subalterno sino una ayuda vital. 5 El objetivo es, en efecto, permitir que la
vida de Adán no se convierta en un enfrentarse estéril, y al cabo
mortal, solamente consigo mismo. Es necesario que entre en relación con
otro ser que se halle a su nivel. Solamente la mujer,
creada de su misma «carne» y envuelta por su mismo misterio, ofrece a la vida del hombre un porvenir. Esto se verifica a nivel
ontológico, en el sentido de que la creación de la
mujer por parte de Dios caracteriza a la humanidad como realidad relacional. En
este encuentro emerge también la palabra que por primera vez abre la boca del hombre, en una expresión de maravilla: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gn
2,23).
En referencia a este texto genesíaco, el Santo
Padre ha escrito: «La mujer es otro ‘‘yo'' en la humanidad
común. Desde el principio aparecen [el hombre y la mujer] como ‘‘unidad de
los dos'', y esto significa la superación de la soledad original, en la que el
hombre no encontraba ‘‘una ayuda que fuese semejante a
él'' (Gn 2,20). ¿Se trata aquí solamente de la ‘‘ayuda'' en orden a la acción, a ‘‘someter la tierra'' (cf Gn 1,28)?
Ciertamente se trata de la compañera de la vida con la que el hombre se puede
unir, como esposa, llegando a ser con ella ‘‘una sola
carne'' y abandonando por esto a ‘‘su padre y a su madre'' (cf Gn 2,24)».
6
La diferencia vital está orientada a la comunión, y
es vivida serenamente tal como expresa el tema de la desnudez: «Estaban ambos
desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del
otro» (Gn 2, 25).
De este modo, el cuerpo humano, marcado por el sello
de la masculinidad o la femineidad, «desde ‘‘el principio'' tiene un carácter
nupcial, lo que quiere decir que es capaz de expresar el amor con que el
hombre-persona se hace don, verificando así el profundo sentido del propio ser
y del propio existir».7 Comentando estos versículos del
Génesis, el Santo Padre continúa: «En esta peculiaridad suya, el cuerpo es la expresión del espíritu y está llamado, en el misterio
mismo de la creación, a existir en la comunión de las personas ‘‘a imagen de
Dios''».8
En la misma perspectiva esponsal se comprende en qué sentido la antigua narración del Génesis deja entender cómo la
mujer, en su ser más profundo y originario, existe «por razón del hombre» (cf 1Co
11,9): es una afirmación que, lejos de evocar alienación, expresa un aspecto
fundamental de la semejanza con la Santísima Trinidad, cuyas Personas, con la
venida de Cristo, revelan la comunión de amor que existe entre ellas. «En la ‘‘unidad
de los dos'' el hombre y la mujer son llamados desde su origen no sólo a existir ‘‘uno al lado del otro'', o simplemente
‘‘juntos'', sino que son llamados también a existir recíprocamente, ‘‘el uno
para el otro... El texto del Génesis 2,18-25 indica que el
matrimonio es la dimensión primera y, en cierto sentido, fundamental de esta
llamada. Pero no es la única. Toda la historia del
hombre sobre la tierra se realiza en el ámbito de esta llamada. Basándose en el
principio del ser recíproco ‘‘para'' el otro en la ‘‘comunión'' interpersonal,
se desarrolla en esta historia la integración en la
humanidad misma, querida por Dios, de lo ‘‘masculino'' y de lo ‘‘femenino''».9
La visión serena de la desnudez con la que concluye
la segunda narración de la creación evoca aquel «muy bueno» que cerraba la
creación de la primera pareja humana en la precedente narración. Tenemos aquí
el centro del diseño originario de Dios y la verdad más profunda del hombre y la mujer, tal como Dios los ha querido y
creado. Por más transtornadas y obscurecidas que estén por el
pecado, estas disposiciones originarias del Creador no podrán ser nunca
anuladas.
7.El pecado original altera el
modo con el que el hombre y la mujer acogen y viven la Palabra de Dios y su
relación con el Creador. Inmediatamente después de haberles donado el jardín,
Dios les da un mandamiento positivo (cf Gn
2,16) seguido por otro negativo (cf Gn 2,17), con el cual se afirma
implícitamente la diferencia esencial entre Dios y la humanidad. En virtud de la seducción de la Serpiente, tal
diferencia es rechazada de hecho por el hombre y la mujer. Como consecuencia se tergiversa también el modo de vivir su
diferenciación sexual. La narración del Génesis establece así una
relación de causa y efecto entre las dos diferencias: en cuando la humanidad considera a Dios como su enemigo se pervierte
la relación misma entre el hombre y la mujer. Asimismo,
cuando esta última relación se deteriora, existe el riesgo de que quede
comprometido también el acceso al rostro de Dios.
En las palabras que Dios dirige a
la mujer después del pecado se expresa, de modo lapidario e impresionante, la
naturaleza de las relaciones que se establecerán a partir de entonces entre el
hombre y la mujer: «Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará» (Gn 3,16).
Será una relación en la que a menudo el amor quedará reducido a pura búsqueda
de sí mismo, en una relación que ignora y destruye el amor, reemplazándolo con
el yugo de la dominación de un sexo sobre el otro. La historia de la humanidad
reproduce, de hecho, estas situaciones en las que se expresa abiertamente la
triple concupiscencia que recuerda San Juan, cuando habla de la concupiscencia
de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida (cf 1 Jn
2,16). En esta trágica situación se pierden la igualdad, el respeto y el
amor que, según el diseño originario de Dios, exige la relación del hombre y la
mujer.
8. Recorrer
estos textos fundamentales permite reafirmar algunos datos capitales de la
antropología bíblica.
Ante todo, hace falta subrayar el carácter personal del ser humano. «De la
reflexión bíblica emerge la verdad sobre el carácter personal del ser humano. El
hombre —ya sea hombre o mujer— es persona igualmente; en efecto, ambos, han
sido creados a imagen y semejanza del Dios personal».
10 La igual dignidad de las
personas se realiza como complementariedad física, psicológica y ontológica,
dando lugar a una armónica «unidualidad» relacional, que sólo el pecado y las
‘‘estructuras de pecado'' inscritas en la cultura han hecho potencialmente
conflictivas. La antropología bíblica sugiere afrontar
desde un punto de vista relacional, no competitivo ni de revancha, los
problemas que a nivel público o privado suponen la diferencia de sexos.
Además, hay que hacer notar la importancia y el
sentido de la diferencia de los sexos como realidad inscrita profundamente en
el hombre y la mujer. «La sexualidad caracteriza al hombre
y a la mujer no sólo en el plano físico, sino también en el psicológico y
espiritual con su impronta consiguiente en todas sus manifestaciones».11
Ésta no puede ser reducida a un puro e insignificante dato biológico, sino que
«es un elemento básico de la personalidad; un modo propio de ser, de manifestarse,
de comunicarse con los otros, de sentir, expresar y vivir el amor
humano».12 Esta capacidad de amar, reflejo e imagen de Dios
Amor, halla una de sus expresiones en el carácter esponsal del cuerpo, en el
que se inscribe la masculinidad y femineidad de la persona.
Se trata de la dimensión antropológica de la
sexualidad, inseparable de la teológica. La criatura humana,
en su unidad de alma y cuerpo, está, desde el principio, cualificada por la
relación con el otro. Esta relación se presenta siempre a la vez como buena y alterada. Es buena por su bondad
originaria, declarada por Dios desde el primer momento de la creación; es
también alterada por la desarmonía entre Dios y la
humanidad, surgida con el pecado. Tal
alteración no corresponde, sin embargo, ni al proyecto inicial de Dios sobre el
hombre y la mujer, ni a la verdad sobre la relación de los sexos. De esto se deduce, por lo tanto, que esta relación, buena pero
herida, necesita ser sanada.
¿Cuáles pueden ser las vías para esta curación? Considerar y analizar los
problemas inherentes a la relación de los sexos sólo a
partir de una situación marcada por el pecado llevaría necesariamente a recaer
en los errores anteriormente mencionados. Hace falta romper, pues, esta lógica
del pecado y buscar una salida, que permita eliminarla del corazón del hombre pecador. Una orientación
clara en tal sentido se nos ofrece con la promesa divina de un Salvador, en la
que están involucradas la «mujer» y su «estirpe» (cf Gn 3,15), promesa
que, antes de realizarse, tendrá una larga preparación histórica.
9.Una primera victoria sobre el
mal está representada por la historia de Noé, hombre
justo que, conducido por Dios, se salva del diluvio con su familia y las
distintas especies de animales (cf Gn 6-9). Pero la esperanza
de salvación se confirma, sobre todo, en la elección divina de Abraham y su
descendencia (cf Gn 12,1ss). Dios empieza así a desvelar su rostro para
que, por medio del pueblo elegido, la humanidad
aprenda el camino de la semejanza divina, es decir de la santidad, y por lo
tanto del cambio del corazón. Entre los muchos modos con que Dios se revela a su pueblo (cf Hb 1,1), según una larga y paciente
pedagogía, se encuentra también la repetida referencia al tema de la alianza
entre el hombre y la mujer. Se trata de algo paradójico si
se considera el drama recordado por el Génesis y su reiteración concreta en
tiempos de los profetas, así como la mezcla entre sacralidad y sexualidad,
presente en las religiones que circundaban a Israel. Y sin embargo, este
simbolismo parece indispensable para comprender el modo en que Dios ama a su pueblo: Dios se hace conocer como el Esposo que ama a
Israel, su Esposa.
Si en esta relación Dios es descrito como «Dios
celoso» (cf Ex 20,5; Na 1,2) e Israel denunciado como esposa
«adúltera» o «prostituta» (cf Os 2,4-15; Ez16,15-34), el motivo
es que la esperanza que se fortalece por la palabra de los profetas consiste
precisamente en ver cómo Jerusalén se convierte en la esposa
perfecta: «Porque como se casa joven con doncella, se casará
contigo tu edificador, y con gozo de esposo por su novia se gozará por ti tu
Dios» (Is62,5). Recreada
«en justicia y en derecho, en amor y en compasión» (Os 2,21), aquella
que se alejó para buscar la vida y la felicidad en los dioses falsos retornará,
y a Aquel que le hablará a su corazón, «ella responderá allí como en los días
de su juventud» (Os 2,17), y le oirá decir: «tu esposo es tu Hacedor» (Is54,5).
En sustancia es el mismo dato que se afirma cuando, paralelamente al
misterio de la obra que Dios realiza por la figura masculina del Siervo, el
libro de Isaías evoca la figura femenina de Sión, adornada con una
trascendencia y una santidad que prefiguran el don de la
salvación destinada a Israel.
El Cantar de los cantares representa sin duda un
momento privilegiado en el empleo de esta modalidad de revelación. Con
palabras de un amor profundamente humano, que celebra la belleza de los cuerpos
y la felicidad de la búsqueda recíproca, se expresa igualmente el amor divino
por su pueblo. La Iglesia no se ha engañado pues al
reconocer el misterio de su relación con Cristo, en su audacia de unir,
mediante las mismas expresiones, aquello que hay de más humano con aquello que
hay de más divino.
A lo largo de todo el Antiguo Testamento se
configura una historia de salvación, que pone simultáneamente en juego la
participación de lo masculino y lo femenino. Los términos esposo y esposa, o
también alianza, con los que se caracteriza la dinámica de la salvación, aun
teniendo una evidente dimensión metafórica,
representan aquí mucho más que simples metáforas. Este vocabulario nupcial toca
la naturaleza misma de la relación que Dios establece con su
pueblo, aunque tal relación es más amplia de lo que se puede captar en la
experiencia nupcial humana. Igualmente,
están en juego las mismas condiciones concretas de la redención, en el modo con
el que oráculos como los de Isaías asocian papeles masculinos y femeninos en el
anuncio y la prefiguración de la obra de la salvación que Dios está a punto de
cumplir. Dicha salvación orienta al lector sea hacia la figura masculina
del Siervo sufriente que hacia aquella femenina de Sión. Los oráculos de Isaías
alternan de hecho esta figura con la del Siervo de Dios, antes de culminar, al
final del libro, con la visión misteriosa de Jerusalén, que da
a luz un pueblo en un solo día (cf Is 66,7-14), profecía de la
gran novedad que Dios está a punto de realizar (cf Is 48,6-8).
10.Todas estas prefiguraciones se
cumplen en el Nuevo Testamento. Por una parte María, como la hija
elegida de Sión, recapitula y transfigura en su femineidad la condición de
Israel/Esposa, a la espera del día de su salvación. Por otra parte, la
masculinidad del Hijo permite reconocer cómo Jesús
asume en su persona todo lo que el simbolismo del Antiguo Testamento había
aplicado al amor de Dios por su pueblo, descrito como el amor de un esposo por
su esposa. Las figuras de Jesús y María, su Madre, no
sólo aseguran la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, sino que
superan aquel. Como dice San Ireneo, con el Señor
aparece «toda novedad».13
Este aspecto es puesto en particular evidencia por el
Evangelio de Juan. En la escena de las bodas de
Caná, por ejemplo, María, a la que su Hijo llama «mujer», pide a Jesús que
ofrezca como señal el vino nuevo de las bodas futuras con la humanidad. Estas
bodas mesiánicas se realizarán en la cruz, dónde, en presencia nuevamente de su
madre, indicada también aquí como «mujer», brotará del corazón abierto del
crucificado la sangre/vino de la Nueva Alianza (cf Jn 19,25-27.34).
14 No hay pues nada de asombroso si
Juan el Bautista, interrogado sobre su identidad, se presenta como «el amigo
del novio», que se alegra cuando oye la voz del novio y tiene que eclipsarse a
su llegada: «El que tiene a la novia es el novio; pero
el amigo del novio, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del
novio. Esta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado su plenitud. Es preciso que
él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,29-30). 15
En su actividad apostólica, Pablo desarrolla todo el
sentido nupcial de la redención concibiendo la vida cristiana como un misterio
nupcial. Escribe a la Iglesia de Corinto por él
fundada: «Celoso estoy de vosotros con celos de Dios. Pues os tengo desposados con un solo esposo para presentaros cual
casta virgen a Cristo» (2 Cor 11,2).
En la carta a los Efesios la relación esponsal
entre Cristo y la Iglesia será retomada y profundizada con amplitud. En la
Nueva Alianza la Esposa amada es la Iglesia, y —como
enseña el Santo Padre en la Carta a las familias— «esta esposa, de la que habla
la carta a los Efesios, se hace presente en cada bautizado y es como una
persona que se ofrece a la mirada de su esposo: ‘‘Amó a la Iglesia y se entregó
a sí mismo por ella, para... presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que
tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada'' (Ef
5,25-27)». 16
Meditando, por lo tanto, en la unión del hombre y
la mujer como es descrita al momento de la creación del mundo (cf Gn
2,24), el apóstol exclama: «Gran misterio es éste, lo
digo respecto a Cristo y la Iglesia» (Ef 5,32). El amor del hombre y la mujer, vivido con la fuerza de la gracia
bautismal, se convierte ya en sacramento del amor de Cristo y la Iglesia,
testimonio del misterio de fidelidad y unidad del que nace la «nueva Eva», y
del que ésta vive en su camino terrenal, en espera de la plenitud de las bodas
eternas.
11.Injertados en el misterio
pascual y convertidos en signos vivientes del amor de Cristo y la Iglesia, los
esposos cristianos son renovados en su corazón y pueden así huir de las
relaciones marcadas por la concupiscencia y la tendencia a la sumisión, que la
ruptura con Dios, a causa del pecado, había introducido en la pareja primitiva.
Para ellos, la bondad del amor, del cual la voluntad
humana herida ha conservado la nostalgia, se revela con acentos y posibilidades
nuevas. A la luz de esto, Jesús, ante la pregunta
sobre el divorcio (cf Mt 19,1-9), recuerda las exigencias de la alianza
entre el hombre y la mujer en cuanto queridas por Dios al principio, o bien
antes de la aparición del pecado, el cual había justificado los sucesivos
acomodos de la ley mosaica. Lejos del ser la imposición
de un orden duro e intransigente, esta enseñanza de Jesús sobre el divorcio es
efectivamente el anuncio de una «buena noticia»: que la fidelidad es más fuerte
que el pecado. Con la fuerza de la
resurrección es posible la victoria de la fidelidad sobre las debilidades,
sobre las heridas sufridas y sobre los pecados de la pareja. En la gracia de
Cristo, que renueva su corazón, el hombre y la mujer se hacen capaces de
librarse del pecado y de conocer la alegría del don recíproco.
12.«Todos los bautizados
en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay... ni hombre ni mujer»,
escribe S. Pablo a los Gálatas (Ga 3,27-28). El Apóstol no declara aquí abolida la distinción hombre-mujer, que en
otro lugar afirma pertenecer al proyecto de Dios. Lo que quiere decir es más bien esto: en Cristo,
la rivalidad, la enemistad y la violencia, que desfiguraban la relación entre
el hombre y la mujer, son superables y superadas. En este sentido, la
distinción entre el hombre y la mujer es más que nunca afirmada, y en cuanto
tal acompaña a la revelación bíblica hasta el final. Al término de la
historia presente, mientras se delinean en el Apocalipsis de Juan «los cielos
nuevos» y «la tierra nueva» (Ap 21,1), se presenta en visión una
Jerusalén femenina «engalanada como una novia ataviada para su esposo» (Ap
21,20). La revelación misma se concluye con la palabra de la
Esposa y del Espíritu, que suplican la llegada del Esposo: «Ven Señor Jesús» (Ap
22,20).
Lo masculino y femenino son así revelados como pertenecientes
ontológicamente a la creación, y destinados por
tanto a perdurar más allá del tiempo presente, evidentemente en una
forma transfigurada. De este modo caracterizan el amor que «no
acaba nunca» (1 Cor 13,8), no obstante haya caducado la expresión
temporal y terrena de la sexualidad, ordenada a un régimen de vida marcado por
la generación y la muerte. El celibato por el Reino quiere ser profecía de esta
forma de existencia futura de lo masculino y lo
femenino. Para los que viven el celibato, éste adelanta la realidad de una vida, que, no obstante continuar siendo aquella
propia del hombre y la mujer, ya no estará sometida a los límites presentes de
la relación conyugal (cf Mt 22,30). Para los que viven la vida conyugal,
aquel estado se convierte además en referencia y profecía de la perfección que
su relación alcanzará en el encuentro cara a cara con Dios.
Distintos desde el principio de la creación y permaneciendo así en la eternidad, el hombre y la mujer, injertados en el
misterio pascual de Cristo, ya no advierten, pues, sus diferencias como motivo
de discordia que hay que superar con la negación o la nivelación, sino como una
posibilidad de colaboración que hay que cultivar con el respeto recíproco de la
distinción. A partir de aquí se
abren nuevas perspectivas para una comprensión más profunda de la dignidad de
la mujer y de su papel en la sociedad humana y en la Iglesia.
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