IV. LA
ACTUALIDAD
DE LOS VALORES FEMENINOS
EN LA VIDA DE LA IGLESIA
15.Con respecto a la Iglesia, el signo de la mujer es más que nunca central
y fecundo. Ello depende de la
identidad misma de la Iglesia, que ésta recibe de Dios y acoge en la fe. Es
esta identidad «mística», profunda, esencial, la que se debe tener presente en
la reflexión sobre los respectivos papeles del hombre y la mujer en la Iglesia.
Ya desde las primeras
generaciones cristianas, la Iglesia se consideró una comunidad generada por
Cristo y vinculada a Él por una relación de amor, que encontró en la
experiencia nupcial su mejor expresión. Por ello la primera obligación
de la Iglesia es permanecer en la presencia de este misterio del
amor divino, manifestado en Cristo Jesús, contemplarlo y celebrarlo. En tal sentido, la figura de María constituye la referencia
fundamental de la Iglesia. Se podría decir, metafóricamente, que María
ofrece a la Iglesia el espejo en el que es invitada a
reconocer su propia identidad así como las disposiciones del corazón, las
actitudes y los gestos que Dios espera de ella.
La existencia de María es para la Iglesia una
invitación a radicar su ser en la escucha y acogida de la Palabra de Dios.
Porque la fe no es tanto la búsqueda de Dios por parte del hombre
cuanto el reconocimiento de que Dios viene a él, lo visita y le habla. Esta fe,
cierta de que «ninguna cosa es imposible para Dios» (cf Gn 18,14; Lc 1,37),
vive y se profundiza en la obediencia humilde y
amorosa con la que la Iglesia sabe decirle al Padre: «hágase en mí según tu
palabra» (Lc 1,38). La fe continuamente remite a la
persona de Jesús: «Haced lo que él os diga» (Jn
2,5), y lo acompaña en su camino hasta los pies de la cruz. María, en la hora de las tinieblas más profundas, persiste valientemente
en la fe, con la única certeza de la confianza en la palabra de Dios.
También de María aprende la Iglesia a conocer la intimidad
de Cristo. María, que ha llevado en sus brazos al pequeño niño de Belén, enseña
a conocer la infinita humildad de Dios. Ella, que ha acogido el cuerpo martirizado de Jesús depuesto
de la cruz, muestra a la Iglesia cómo recoger todas las vidas desfiguradas en
este mundo por la violencia y el pecado. La Iglesia
aprende de María el sentido de la potencia del amor, tal como Dios la despliega
y revela en la vida del Hijo predilecto: «dispersó a los que son soberbios y
exaltó a los humildes» (Lc 1,51-52). Y también de María los discípulos
de Cristo reciben el sentido y el gusto de la alabanza ante las obras de Dios:
«porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso» (Lc 1, 49). Ellos
aprenden que están en el mundo para conservar la memoria de estas «maravillas»
y velar en la espera del día del Señor.
16. Mirar a María e imitarla no
significa, sin embargo, empujar a la Iglesia hacia una actitud pasiva inspirada
en una concepción superada de la femineidad. Tampoco significa condenarla a una vulnerabilidad peligrosa, en un mundo en el que lo que
cuenta es sobre todo el dominio y el poder. En realidad, el
camino de Cristo no es ni el del dominio (cf Fil 2, 6), ni el del poder
como lo entiende el mundo (cf Jn18,26). Del Hijo
de Dios aprendemos que esta «pasividad» es en realidad el camino del amor, es
poder real que derrota toda violencia, es «pasión» que salva al mundo del
pecado y de la muerte y recrea la humanidad. Confiando su Madre al apóstol S. Juan, el Crucificado invita a su Iglesia a
aprender de María el secreto del amor que triunfa.
Muy lejos de otorgar a la Iglesia una identidad
basada en un modelo contingente de femineidad, la referencia a María, con sus
disposiciones de escucha, acogida, humildad, fidelidad, alabanza y espera,
coloca a la Iglesia en continuidad con la historia espiritual de Israel. Estas actitudes se convierten también, en
Jesús y a través de él, en la vocación de cada bautizado.
Prescindiendo de las condiciones,
estados de vida, vocaciones diferentes, con o sin responsabilidades públicas,
tales actitudes determinan un aspecto esencial de la identidad de la vida
cristiana. Aun tratándose de actitudes que tendrían que ser típicas de cada
bautizado, de hecho, es característico de la mujer vivirlas con particular
intensidad y naturalidad. Así, las mujeres tienen un papel de la mayor
importancia en la vida eclesial, interpelando a los bautizados sobre el cultivo
de tales disposiciones, y contribuyendo en modo único a manifestar el verdadero
rostro de la Iglesia, esposa de Cristo y madre de los creyentes.
En esta perspectiva también se
entiende que el hecho de que la ordenación sacerdotal sea exclusivamente
reservada a los hombres22 no impide en absoluto a las
mujeres el acceso al corazón de la vida cristiana. Ellas están llamadas a ser
modelos y testigos insustituibles para todos los cristianos de cómo la Esposa
debe corresponder con amor al amor del Esposo.
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