CONCLUSIÓN
17.En
Jesucristo se han hecho nuevas todas las cosas (cf Ap 21,5). La renovación de la gracia, sin embargo, no es posible sin la
conversión del corazón. Mirando a Jesús y confesándolo como Señor, se
trata de reconocer el camino del amor vencedor del
pecado, que Él propone a sus discípulos.
Así, la relación del hombre con la mujer se
transforma, y la triple concupiscencia de la que habla la primera carta
de S. Juan (cf 1Jn 2,15-17) cesa su destructiva influencia. Se debe recibir el testimonio de la vida
de las mujeres como revelación de valores, sin los cuales la humanidad se
cerraría en la autosuficiencia, en los sueños de poder y en el drama de la
violencia. También la mujer, por su parte, tiene que dejarse convertir, y
reconocer los valores singulares y de gran eficacia de amor por el otro del que
su femineidad es portadora. En ambos casos se trata de la conversión de la
humanidad a Dios, a fin de que tanto el hombre como la mujer conozcan a Dios
como a su «ayuda», como Creador lleno de ternura y como Redentor que «amó tanto
al mundo que dio a su Hijo único» (Jn 3,16).
Una tal conversión no puede verificarse sin la
humilde oración para recibir de Dios aquella transparencia de mirada que
permite reconocer el propio pecado y al mismo tiempo la gracia que lo sana. De
modo particular se debe implorar la intercesión de la
Virgen María, mujer según el corazón de Dios —«bendita entre las mujeres» (Lc
1,42)—, elegida para revelar a la humanidad, hombres y mujeres, el camino
del amor. Solamente así puede emerger en cada hombre y en cada mujer, según su
propia gracia, aquella «imagen de Dios», que es la efigie
santa con la que están sellados (cf Gn 1,27). Solo así puede ser
redescubierto el camino de la paz y del estupor, del
que es testigo la tradición bíblica en los versículos del Cantar de los
cantares, donde cuerpos y corazones celebran un mismo júbilo.
Ciertamente la Iglesia conoce la fuerza del pecado,
que obra en los individuos y en las sociedades, y que a veces llevaría a
desesperar de la bondad de la pareja humana. Pero por su fe en Cristo
crucificado y resucitado, la Iglesia conoce aún más la
fuerza del perdón y del don de sí, a pesar de toda herida e injusticia. La paz y la maravilla que la Iglesia muestra con confianza a los
hombres y mujeres de hoy son la misma paz y maravilla del jardín de la
resurrección, que ha iluminado nuestro mundo y toda su historia con la
revelación de que «Dios es amor» (1Jn 4,8.16).
El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la audiencia
concedida al infrascrito Cardenal Prefecto, ha aprobado la presente Carta,
decidida en la Sesión Ordinaria de esta Congregación, y ha ordenado que sea
publicada.
Dado en Roma, en la sede de la Congregación para la
Doctrina de la Fe, el 31 de mayo de 2004, Fiesta de la Visitación de la Beata
Virgen María.
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Joseph Card. Ratzinger
Prefecto
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Angelo Amato, SDB
Arzobispo titular de Sila
Secretario
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