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INTRODUCCIÓN
1.
«Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída» (cf.Lc 24,29).
Ésta fue la invitación apremiante que, la tarde misma del día de la
resurrección, los dos discípulos que se dirigían hacia Emaús hicieron al
Caminante que a lo largo del trayecto se había unido a ellos. Abrumados por
tristes pensamientos, no se imaginaban que aquel desconocido fuera precisamente
su Maestro, ya resucitado. No obstante, habían experimentado cómo «ardía» su
corazón (cf. ibíd. 32) mientras él les hablaba «explicando» las
Escrituras. La luz de la Palabra ablandaba la dureza de su corazón y «se les
abrieron los ojos» (cf. ibíd. 31). Entre la penumbra del crepúsculo y el
ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que
despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz. «Quédate
con nosotros», suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús
desaparecería, pero el Maestro se había quedado veladamente en el «pan
partido», ante el cual se habían abierto sus ojos.
2.
El icono de los discípulos de Emaús viene bien para orientar un Año en
que la Iglesia estará dedicada especialmente a vivir el misterio de la
Santísima Eucaristía. En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a veces
de nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose nuestro
compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la
comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro llega a su plenitud,
a la luz de la Palabra se añade la que brota del «Pan de vida», con el cual
Cristo cumple a la perfección su promesa de «estar con nosotros todos los días
hasta el fin del mundo» (cf. Mt 28,20).
3.
La «fracción del pan» —como al principio se llamaba a la Eucaristía— ha estado
siempre en el centro de la vida de la Iglesia. Por ella, Cristo hace presente a
lo largo de los siglos el misterio de su muerte y resurrección. En ella se le
recibe a Él en persona, como «pan vivo que ha bajado del cielo» (Jn
6,51), y con Él se nos da la prenda de la vida eterna, merced a la cual se
pregusta el banquete eterno en la Jerusalén celeste. Varias veces, y
recientemente en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia, siguiendo la
enseñanza de los Padres, de los Concilios Ecuménicos y también de mis
Predecesores, he invitado a la Iglesia a reflexionar sobre la Eucaristía. Por
tanto, en este documento no pretendo repetir las enseñanzas ya expuestas, a las
que me remito para que se profundicen y asimilen. No obstante, he considerado
que sería de gran ayuda, precisamente para lograr este objetivo, un Año
entero dedicado a este admirable Sacramento.
4.
Como es sabido, el Año de la Eucaristía abarca desde octubre de 2004 a
octubre de 2005. Dos acontecimientos me han brindado una ocasión propicia para
esta iniciativa, y marcarán su comienzo y su final: el Congreso Eucarístico
Internacional, en programa del 10 al 17 de octubre de 2004 en Guadalajara
(México), y la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se
tendrá en el Vaticano del 2 al 29 de octubre de 2005 sobre el tema «La
Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia». Otra
consideración me ha inducido a dar este paso: durante este año se celebrará la Jornada
Mundial de la Juventud, que tendrá lugar en Colonia del 16 al 21 de agosto
de 2005. La Eucaristía es el centro vital en torno al cual deseo que se reúnan
los jóvenes para alimentar su fe y su entusiasmo. Ya desde hace tiempo pensaba
en una iniciativa eucarística de este tipo. En efecto, la Eucaristía representa
una etapa natural de la trayectoria pastoral que he marcado a la Iglesia,
especialmente desde los años de preparación del Jubileo, y que he retomado en
los años sucesivos.
5.
En esta Carta apostólica me propongo subrayar la continuidad de dicha
trayectoria, para que sea más fácil a todos comprender su alcance espiritual.
Por lo que se refiere al desarrollo concreto del Año de la Eucaristía,
cuento con la solicitud personal de los Pastores de las Iglesias particulares,
a los cuales la devoción a tan gran Misterio inspirará diversas actividades.
Además, mis Hermanos Obispos comprenderán fácilmente que esta iniciativa, al
poco de concluir el Año del Rosario, se sitúa en un nivel espiritual tan
profundo que en modo alguno interfiere en los programas pastorales de cada
Iglesia. Más aún, puede iluminarlos con provecho, anclándolos, por así decir,
en el Misterio que es la raíz y el secreto de la vida espiritual tanto de los
fieles, como de toda iniciativa eclesial. Por tanto, no pretendo interrumpir el
«camino» pastoral que está siguiendo cada Iglesia, sino acentuar en él la dimensión
eucarística propia de toda la vida cristiana. Por mi parte, deseo ofrecer con
esta Carta algunas orientaciones de fondo, confiando en que el Pueblo de
Dios, en sus diferentes sectores, acoja mi propuesta con diligente docilidad y
férvido amor.
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