I
EN LA LÍNEA DEL CONCILIO
Y DEL JUBILEO
Con la
mirada puesta en Cristo
6.
Hace diez años, con la Tertio millennio adveniente (10 de noviembre de
1994), tuve el gozo de indicar a la Iglesia el camino de preparación para el
Gran Jubileo del Año 2000. Consideré que esta ocasión histórica se
perfilaba en el horizonte como una gracia singular. Ciertamente no me hacía
ilusiones de que un simple dato cronológico, aunque fuera sugestivo, comportara
de por sí grandes cambios. Desafortunadamente, después del principio del
Milenio los hechos se han encargado de poner de relieve una especie de cruda
continuidad respecto a los acontecimientos anteriores y, a menudo, los peores.
Se ha ido perfilando así un panorama que, junto con perspectivas alentadoras,
deja entrever oscuras sombras de violencia y sangre que nos siguen
entristeciendo. Pero, invitando a la Iglesia a celebrar el Jubileo de los dos
mil años de la Encarnación, estaba muy convencido —y lo estoy todavía, ¡más que
nunca!— de trabajar «a largo plazo» para la humanidad.
En efecto,
Cristo no sólo es el centro de la historia de la Iglesia, sino también de la
historia de la humanidad. Todo se recapitula en Él (cf. Ef 1,10; Col 1,15-20).
Hemos de recordar el vigor con el cual el Concilio Ecuménico Vaticano II,
citando al Papa Pablo VI, afirmó que Cristo «es el fin de la historia humana,
el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización,
centro del género humano, gozo de todos los corazones y plenitud de sus
aspiraciones».1 La enseñanza del Concilio profundizó en el conocimiento
de la naturaleza de la Iglesia, abriendo el ánimo de los creyentes a una mejor
comprensión, tanto de los misterios de la fe como de las realidades terrenas a
la luz de Cristo. En Él, Verbo hecho carne, se revela no sólo el misterio de
Dios, sino también el misterio del hombre mismo.2 En Él, el hombre
encuentra redención y plenitud.
7.
Al inicio de mi Pontificado, en la Encíclica Redemptor hominis, expuse
ampliamente esta temática que he retomado en otras ocasiones. El Jubileo fue el
momento propicio para llamar la atención de los creyentes sobre esta verdad
fundamental. La preparación de aquel gran acontecimiento fue totalmente
trinitaria y cristocéntrica. En dicho planteamiento no se podía olvidar la
Eucaristía. Al disponernos hoy a celebrar un Año de la Eucaristía, me es grato
recordar que ya en la Tertio millennio adveniente escribí: «El Dos mil
será un año intensamente eucarístico: en el sacramento de la Eucaristía
el Salvador, encarnado en el seno de María hace veinte siglos, continúa
ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina».3 El Congreso
Eucarístico Internacional celebrado en Roma concretó este aspecto del Gran
Jubileo. Vale la pena recordar también que, en plena preparación del Jubileo,
en la Carta apostólica Dies Domini propuse a la consideración de los
creyentes el tema del «Domingo» como día del Señor resucitado y día especial de
la Iglesia. Invité entonces a todos a redescubrir el corazón del domingo en la
Celebración eucarística.4
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