|
Contemplar
con María el rostro de Cristo
8.
La herencia del Gran Jubileo se recogió en cierto modo en la Carta apostólica Novo
millennio ineunte. En este documento de carácter programático sugerí una
perspectiva de compromiso pastoral basado en la contemplación del rostro de
Cristo, en el marco de una pedagogía eclesial capaz de aspirar a un «alto
grado» de santidad, al que se llega especialmente mediante el arte de la
oración.5 Tampoco podía faltar en esta perspectiva el compromiso
litúrgico y, de modo particular, la atención a la vida eucarística.
Escribí entonces: «En el siglo XX, especialmente a partir del Concilio, la
comunidad cristiana ha ganado mucho en el modo de celebrar los Sacramentos y
sobre todo la Eucaristía. Es preciso insistir en este sentido, dando un realce
particular a la Eucaristía dominical y al domingo mismo, sentido
como día especial de la fe, día del Señor resucitado y del don del Espíritu,
verdadera Pascua de la semana».6 En el contexto de la educación a la
oración, invité también a cultivar la Liturgia de las Horas, con la que la
Iglesia santifica el curso del día y la sucesión del tiempo en la articulación
propia del año litúrgico.
9.
Posteriormente, con la convocatoria del Año del Rosario y la publicación de la
Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, mediante la reiterada
propuesta del Rosario, volví a proponer la contemplación del rostro de Cristo desde
la perspectiva mariana. Efectivamente, esta oración tradicional, tan
recomendada por el Magisterio y tan arraigada en el Pueblo de Dios, tiene un
carácter marcadamente bíblico y evangélico, centrado sobre todo en el nombre y
el rostro de Jesús, contemplando sus misterios y repitiendo las avemarías. Su
ritmo repetitivo es una especie de pedagogía del amor, orientada a
promover el mismo amor que María tiene por su Hijo. Por eso, madurando
ulteriormente un itinerario multisecular, he querido que esta forma
privilegiada de contemplación completara su estructura de verdadero «compendio
del Evangelio», integrando en ella los misterios de la luz.7 Y, ¿no
corresponde a la Santísima Eucaristía estar en el vértice de los misterios de
luz?
|