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Celebrar,
adorar, contemplar
17.
¡Gran misterio la Eucaristía! Misterio que ante todo debe ser celebrado bien.
Es necesario que la Santa Misa sea el centro de la vida cristiana y que en cada
comunidad se haga lo posible por celebrarla decorosamente, según las normas
establecidas, con la participación del pueblo, la colaboración de los diversos
ministros en el ejercicio de las funciones previstas para ellos, y cuidando
también el aspecto sacro que debe caracterizar la música litúrgica. Un
objetivo concreto de este Año de la Eucaristía podría ser estudiar a
fondo en cada comunidad parroquial la Ordenación General del Misal Romano.
El modo más adecuado para profundizar en el misterio de la salvación realizada
a través de los «signos» es seguir con fidelidad el proceso del año litúrgico.
Los Pastores deben dedicarse a la catequesis «mistagógica», tan valorada
por los Padres de la Iglesia, la cual ayuda a descubrir el sentido de los
gestos y palabras de la Liturgia, orientando a los fieles a pasar de los signos
al misterio y a centrar en él toda su vida.
18.
Hace falta, en concreto, fomentar, tanto en la celebración de la Misa como en
el culto eucarístico fuera de ella, la conciencia viva de la presencia real
de Cristo, tratando de testimoniarla con el tono de la voz, con los gestos,
los movimientos y todo el modo de comportarse. A este respecto, las normas
recuerdan —y yo mismo lo he recordado recientemente15— el relieve que
se debe dar a los momentos de silencio, tanto en la celebración como en la
adoración eucarística. En una palabra, es necesario que la manera de tratar la
Eucaristía por parte de los ministros y de los fieles exprese el máximo
respeto.16 La presencia de Jesús en el tabernáculo ha de ser como un
polo de atracción para un número cada vez mayor de almas enamoradas de Él,
capaces de estar largo tiempo como escuchando su voz y sintiendo los latidos de
su corazón. «¡Gustad y ved qué bueno es el Señor¡» (Sal 33 [34],9).
La adoración
eucarística fuera de la Misa debe ser durante este año un objetivo especial para
las comunidades religiosas y parroquiales. Postrémonos largo rato ante Jesús
presente en la Eucaristía, reparando con nuestra fe y nuestro amor los
descuidos, los olvidos e incluso los ultrajes que nuestro Salvador padece en
tantas partes del mundo. Profundicemos nuestra contemplación personal y comunitaria
en la adoración, con la ayuda de reflexiones y plegarias centradas siempre en
la Palabra de Dios y en la experiencia de tantos místicos antiguos y recientes.
El Rosario mismo, considerado en su sentido profundo, bíblico y cristocéntrico,
que he recomendado en la Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae,
puede ser una ayuda adecuada para la contemplación eucarística, hecha según la
escuela de María y en su compañía.17
Que este año se
viva con particular fervor la solemnidad del Corpus Christi con la
tradicional procesión. Que la fe en Dios que, encarnándose, se hizo nuestro
compañero de viaje, se proclame por doquier y particularmente por nuestras
calles y en nuestras casas, como expresión de nuestro amor agradecido y fuente
de inagotable bendición.
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