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Acción de
gracias
26.
Un elemento fundamental de este «proyecto» aparece ya en el sentido mismo de la
palabra «eucaristía»: acción de gracias. En Jesús, en su sacrificio, en su «sí»
incondicional a la voluntad del Padre, está el «sí», el «gracias», el «amén» de
toda la humanidad. La Iglesia está llamada a recordar a los hombres esta gran
verdad. Es urgente hacerlo sobre todo en nuestra cultura secularizada, que
respira el olvido de Dios y cultiva la vana autosuficiencia del hombre.
Encarnar el proyecto eucarístico en la vida cotidiana, donde se trabaja y se
vive —en la familia, la escuela, la fábrica y en las diversas condiciones de
vida—, significa, además, testimoniar que la realidad humana no se justifica
sin referirla al Creador: «Sin el Creador la criatura se diluye».23
Esta referencia trascendente, que nos obliga a un continuo «dar gracias»
—justamente a una actitud eucarística— por lo todo lo que tenemos y somos, no
perjudica la legítima autonomía de las realidades terrenas,24 sino que
la sitúa en su auténtico fundamento, marcando al mismo tiempo sus propios
límites.
En este Año
de la Eucaristía los cristianos se han de comprometer más decididamente a
dar testimonio de la presencia de Dios en el mundo. No tengamos miedo de hablar
de Dios ni de mostrar los signos de la fe con la frente muy alta. La «cultura
de la Eucaristía» promueve una cultura del diálogo, que en ella encuentra fuerza
y alimento. Se equivoca quien cree que la referencia pública a la fe menoscaba
la justa autonomía del Estado y de las instituciones civiles, o que puede
incluso fomentar actitudes de intolerancia. Si bien no han faltado en la
historia errores, inclusive entre los creyentes, como reconocí con ocasión del
Jubileo, esto no se debe a las «raíces cristianas», sino a la incoherencia de
los cristianos con sus propias raíces. Quien aprende a decir «gracias» como lo
hizo Cristo en la cruz, podrá ser un mártir, pero nunca será un torturador.
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