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Al
servicio de los últimos
28.
Hay otro punto aún sobre el que quisiera llamar la atención, porque en él se
refleja en gran parte la autenticidad de la participación en la Eucaristía
celebrada en la comunidad: se trata de su impulso para un compromiso activo
en la edificación de una sociedad más equitativa y fraterna. Nuestro Dios
ha manifestado en la Eucaristía la forma suprema del amor, trastocando todos
los criterios de dominio, que rigen con demasiada frecuencia las relaciones
humanas, y afirmando de modo radical el criterio del servicio: «Quien quiera
ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc
9,35). No es casual que en el Evangelio de Juan no se encuentre el relato de la
institución eucarística, pero sí el «lavatorio de los pies» (cf. Jn 13,1-20):
inclinándose para lavar los pies a sus discípulos, Jesús explica de modo inequívoco
el sentido de la Eucaristía. A su vez, san Pablo reitera con vigor que no es
lícita una celebración eucarística en la cual no brille la caridad, corroborada
al compartir efectivamente los bienes con los más pobres (cf. 1 Co
11,17-22.27-34).
¿Por qué, pues,
no hacer de este Año de la Eucaristía un tiempo en que las comunidades
diocesanas y parroquiales se comprometan especialmente a afrontar con
generosidad fraterna alguna de las múltiples pobrezas de nuestro mundo? Pienso
en el drama del hambre que atormenta a cientos de millones de seres humanos, en
las enfermedades que flagelan a los Países en desarrollo, en la soledad de los
ancianos, la desazón de los parados, el trasiego de los emigrantes. Se trata de
males que, si bien en diversa medida, afectan también a las regiones más
opulentas. No podemos hacernos ilusiones: por el amor mutuo y, en particular,
por la atención a los necesitados se nos reconocerá como verdaderos discípulos
de Cristo (cf. Jn 13,35; Mt 25,31-46). En base a este criterio se
comprobará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas.
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