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CONCLUSIÓN
29.O
Sacrum Convivium, in quo Christus sumitur! El Año de la Eucaristía nace
de la conmoción de la Iglesia ante este gran Misterio. Una conmoción que me
embarga continuamente. De ella surgió la Encíclica Ecclesia de Eucharistia.
Considero como una grande gracia del vigésimo séptimo año de ministerio petrino
que estoy a punto de iniciar, el poder invitar ahora a toda la Iglesia a
contemplar, alabar y adorar de manera especial este inefable Sacramento. Que el
Año de la Eucaristía sea para todos una excelente ocasión para tomar
conciencia del tesoro incomparable que Cristo ha confiado a su Iglesia. Que sea
estímulo para celebrar la Eucaristía con mayor vitalidad y fervor, y que ello
se traduzca en una vida cristiana transformada por el amor.
En esta
perspectiva se podrán realizar muchas iniciativas, según el criterio de los
Pastores de las Iglesias particulares. A este respecto, la Congregación para
el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ofrecerá propuestas y
sugerencias útiles. Pero no pido que se hagan cosas extraordinarias, sino que
todas las iniciativas se orienten a una mayor interioridad. Aunque el fruto de
este Año fuera solamente avivar en todas las comunidades cristianas la
celebración de la Misa dominical e incrementar la adoración eucarística
fuera de la Misa, este Año de gracia habría conseguido un resultado significativo.
No obstante, es bueno apuntar hacia arriba, sin conformarse con medidas
mediocres, porque sabemos que podemos contar siempre con la ayuda Dios.
30.
A vosotros, queridos Hermanos en el Episcopado, os confío este Año, con
la seguridad de que acogeréis mi invitación con todo vuestro ardor apostólico.
Vosotros, sacerdotes,
que repetís cada día las palabras de la consagración y sois testigos y
anunciadores del gran milagro de amor que se realiza en vuestras manos, dejaos
interpelar por la gracia de este Año especial, celebrando cada día la Santa
Misa con la alegría y el fervor de la primera vez, y haciendo oración
frecuentemente ante el Sagrario.
Que sea un Año
de gracia para vosotros, diáconos, entregados al ministerio de la
Palabra y al servicio del Altar. También vosotros, lectores, acólitos,
ministros extraordinarios de la comunión, tomad conciencia viva del don
recibido con las funciones que se os han confiado para una celebración digna de
la Eucaristía.
Me dirijo el
particular a vosotros, futuros sacerdotes: en la vida del Seminario
tratad de experimentar la delicia, no sólo de participar cada día en la Santa
Misa, sino también de dialogar reposadamente con Jesús Eucaristía.
Vosotros,
consagrados y consagradas, llamados por vuestra propia consagración a una
contemplación más prolongada, recordad que Jesús en el Sagrario espera teneros
a su lado para rociar vuestros corazones con esa íntima experiencia de su
amistad, la única que puede dar sentido y plenitud a vuestra vida.
Todos vosotros,
fieles, descubrid nuevamente el don de la Eucaristía como luz y fuerza para
vuestra vida cotidiana en el mundo, en el ejercicio de la respectiva profesión
y en las más diversas situaciones. Descubridlo sobre todo para vivir plenamente
la belleza y la misión de la familia.
En fin, espero
mucho de vosotros, jóvenes, y os renuevo la cita en Colonia para la
Jornada Mundial de la Juventud. El tema elegido —«Venimos a adorarlo» (Mt
2,2)— es particularmente adecuado para sugeriros la actitud apropiada para vivir
este año eucarístico. Llevad al encuentro con Jesús oculto bajo las especies
eucarísticas todo el entusiasmo de vuestra edad, de vuestra esperanza, de
vuestra capacidad de amar.
31.
Tenemos ante nuestros ojos los ejemplos de los Santos, que han encontrado en la
Eucaristía el alimento para su camino de perfección. Cuántas veces han
derramado lágrimas de conmoción en la experiencia de tan gran misterio y han
vivido indecibles horas de gozo «nupcial» ante el Sacramento del altar. Que nos
ayude sobre todo la Santísima Virgen, que encarnó con toda su existencia la
lógica de la Eucaristía. «La Iglesia, tomando a María como modelo, ha de
imitarla también en su relación con este santísimo Misterio».26 El Pan
eucarístico que recibimos es la carne inmaculada del Hijo: «Ave verum corpus
natum de Maria Virgine». Que en este Año de gracia, con la ayuda de María,
la Iglesia reciba un nuevo impulso para su misión y reconozca cada vez más en
la Eucaristía la fuente y la cumbre de toda su vida.
Que llegue a
todos, como portadora de gracia y gozo, mi Bendición.
Vaticano, 7
de octubre, memoria de Nuestra Señora del Rosario, del año 2004, vigésimo sexto
de Pontificado.
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