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CAPITULO I. ---- QUE ES INJUSTA LA PERSECUCIÓN QUE CONDENA LA
RELIGIÓN CRISTIANA ANTES DE SER OÍDA.
Si no es lícito á vosotros, ¡oh jueces 1 del imperio romano!, mirarnos en presencia vuestra, en el
Consistorio público y universal del alto Monte Capitolio, en cuya eminencia
asistís como presidente del tribunal, y examinar en audiencia pública la causa
de cristianos para que líquidamente conste qué calidad de mérito tiene esta
profesión; si sólo á este linaje de causa teme [136] la autoridad de las leyes, ó se
avergüenza de que se vea á clara luz la diligencia de su justicia; si
finalmente pretende esa atención cuidadosa con que se estudia nuestra
persecución, valiéndose de indicios de nuestros mismos domésticos 2, como estos días ha sucedido 3, cerrar el camino á la defensa, séale
lícito á la verdad por el arcaduz oculto de estas secretas letras llegar á
vuestros oídos. Bien podéis leer con desembarazo este papel, que no es súplica
de culpas, ni recomendación de la causa; pues ya sabe nuestra religión su
destino: que ha de vivir destituida de amparo en la tierra peregrina, opugnada
de gentiles, entre enemigos odiosa. No extraña que no se trate como las causas
terrenas la que es toda celestial; que ya sabe que su linaje, su solaz, su
esperanza, su dicha y dignidad la tienen en la altura de los cielos; sólo
algunas veces procura que no sea condenada sin ser primero conocida.
¿Pero qué puede perder en oir las leyes, oyendo en su imperio mismo con el
poder en la mano, pues el oir ni las desarma, ni fuerza? ¿Por ventura es crédito mayor de la potestad de la
ley condenar la verdad sin ser oída? Porque condenando sin oir, á más del
escándalo que esta iniquidad granjea, quedáis en la opinión de los cuerdos
manifiestamente sospechosos de que por eso condenáis sin oir, porque oyendo no
pudierais condenar. Esto es 4
lo primero que pedimos que se advierta [137] en nuestra causa 5: el aborrecimiento que tiene la maldad
«contra sólo el nombre cristiano», ni examinado ni oído. La iniquidad de este
odio con las disculpas se carga; con título de la ignorancia se excusa, que más
agra-vantemente le condena. ¿Qué cosa puede haber tan inicua como aborrecer lo
que se ignora, aun cuando las cosas son de su naturaleza aborrecibles 6? Entonces una cosa merece
aborrecimiento, cuando después de examinada halla el juicio en ella la razón
por que le merece. No teniendo, pues, noticia del demérito, ¿cómo se puede el
odio justificar? La justicia no condena acaso por lo que puede ser, sino por lo
que conoce. Aquellos, pues, que aborrecen porque ignoran la calidad de la cosa
aborrecida, ¿por qué no pueden sospechar (si lo ignoran) que es bueno lo que
aborrecen, ó que injustamente aborrecen lo que ignoran? Con cualquier parte del
antecedente la otra redarguyó que bien se infiere que los que detestan la
religión cristiana la aborrecen porque no la conocen, y que injustamente la
persiguen los que mientras la ignoran la aborrecen. Excusar el odio con la
ignorancia es confesar la iniquidad, siendo la ignoracia única causa del odio;
que si los gentiles le renuncian cuando comienzan á conocer nuestra religión,
querer ignorar siempre es gana de aborrecer, y fomento del aborrecimiento el
desvío de la noticia. Si los que examinan despacio nuestro instituto lo
profesan, bien se conoce que la ignorancia induce el odio si la noticia influye
amor. De estos que llegan á [138] conocernos se hacen los cristianos, los cuales,
conociendo lo que ignoraron, aborrecen lo que profesaron y profesan lo que
aborrecieron; y son tantos los que han llegado, como vosotros lastimados lo
admiráis con asombro.
Gritáis que ya esta cercada Roma, viendo que no hay campo 7, ni isla, ni castillo que no esté llena
de cristianos: pensáis que os ha llegado la última calamidad viendo que sepasa
á nuestrareligión todo sexo, toda edad, toda condición de gente, y la más
lucida nobleza; ¿mas este común aplauso no despierta en vuestros ánimos algún
reparo para sospechar si hay algún misterio escondido en la religión que mueve
á tantos? Esta atracción tan prodigiosa no os dispone para sentir mejor de
nosotros, ni inclina la voluntad á querer experimentar de cerca este secreto.
Sólo en esto se entorpece la curiosidad humana. Suele el ingenio curioso
deleitarse con la sabiduría de un secreto cuando la alcanza; mas vuestro
entendimiento es tan grosero, que sólo con la ignorancia ciega se recrea.
Cuánto mejor hubiera culpado Anacarsis 8 á estos imprudentes, si viera que [139] el que ciegamente
ignora, censura al que sabe la religión que profesa, que culpó al otro que, no
sabiendo música, quiso corregir á un músico perito. Pero estos quieren ignorar,
porque se prendaron en aborrecer; que si se dieran por desengañados, se habían
de mostrar corregidos. Y entendiendo yo que antes bien se perjudican ellos en
no querer conocer esto que conocido no podía ser odiado; porque si poniendo
esta causa al examen del juicio se hallase ser buena, tendrían esta comodidad
de renunciar un injusto aborrecimiento, y si se hallase culpable, podrían
justificar entonces el odio con la autoridad de la misma justicia que examinó
para no disminuir y durar en el aborrecimiento.
Pero decís que no es prueba
eficaz de la bondad de la religión el convertirse á ella muchos; porque en edad
tan estragada más son los que se acomodan á la maldad que á la virtud. ¡Oh,
cuántos más son los apóstatas del bien! Esto ¿quién lo niega? Pero tan
fácilmente se conoce el mal, que lo que verdaderamente es malo lo conocen así
aun los mismos viciosos que viven arrastrados de su pasión 9. A todo mal lo coloreó la
naturaleza ó con vergüenza ó con miedo. El empacho y el temor son manchas que
escupe al rostro la maldad como señas de la conciencia maligna. Los malhechores
rehusan andar en público, procuran esconderse 10; presos, tiemblan; acusados, niegan; en
el tormento con facilidad confiesan, condenados se entristecen, sentenciados se
descargan, aun cuando padecen la pena por el delito que confesaron, apartan de
sí la culpa, atribu-buyendo la fealdad de la maldad á la fuerza de la [140] estrella ó de su hado
11. No quieren conocer
por suyo el delito mismo que confiesan; que los mayores facinerosos con un
natural desvío huyen de ser tenidos por autores de lo malo. Esto no sucede así
al cristiano: ninguno se avergüenza de serlo, ni tiene otra pena sino porque
antes no lo ha sido; si lo prenden se honra, si le acusan no se defiende, si le
preguntan confiesa, si le condenan da gracias. ¿Cómo será, pues, malo aquello
que no tiene las propiedades naturales de la maldad que son temor, vergüenza,
tergiversación, pena, llanto?¿Qué calidad, pues, de maldad es esta que los
cristianos cometen, donde los delincuentes blasonan del delito, los reos se
gozan, la acusación es su deseo, y la pena su gloria? Avergüéncese el Senado de
llamar en el cristiano locura á la causa por que muere, si confiesa convencido
que la ignora. [141]
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