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CAPITULO XXXVI. ---- QUE LOS CRISTIANOS TIENEN OBLIGACIÓN DE AMAR, NO SOLAMENTE Á LOS
EMPERADORES, SINO Á TODOS LOS HOMBRES.
Pues si es así que se han hallado
enemigos del César los que se llamaban romanos, ¿por qué á los cristianos,
aunque los reputáis por enemigos, no queréis llamar romanos? 333 ¿No podemos ser romanos siendo enemigos,
si hay enemigos que son romanos? Mayormente que el rehusar estos servicios de
las fiestas no es mal afecto, sino reverencia; que nos parece desacato servir
con acciones que también se puede ofender con ellas. La piedad, la veneración,
la fidelidad que se debe á los emperadores no consiste en aquellos servicios,
de que puede abusar la hostilidad para capa de una conjuración, sino en
aquellas costumbres que Dios manda, y enseñan á tener unión pacífica con sus
príncipes, y civil concordia con los ciudadanos.
Esta paz y sana intención no sólo deben tenerla los cristianos con los
emperadores, sino con todos. No
administramos ningún bien con excepción de personas; que es hacer por nosotros
obrar de manera que no se pretenda ni premio, ni alabanza de los hombres, sino
que se espere de Dios tan solamente, que es el cobrador-y remunerador de la
bondad indiferente. Igual benevolencia tenemos con los emperadores que
con nuestros [273] vecinos. La mala voluntad, las malas obras, las malas
palabras, los malos pensamientos, igualmente nos los prohibe nuestra ley
respecto de cualquier estado de personas. Contra ninguno puedo hacer
aquello que no puede hacerse contra el César, y lo que no puedo hacer contra
nadie menos por ventura debo hacer contra aquel á quien mi Dios le hizo grande
334. [274]
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