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CAPITULO XLV. ---- QUE EN SOLOS LOS CRISTIANOS SE HALLA LA
INOCENCIA DE LA VIDA.
Pero diréis: ¿es posible que
entre tantas sectas solamente en la de los cristianos se halla la enseñanza
verdadera y la inocencia de la vida? ¿Qué maravilla, si esta ilación es
necesaria? La necesidad de esta consecuencia nace de la calidad del legislador
y de la observancia de sus profesores. Enseñónos Dios esta ley, y como revelada
de tan perfecto maestro, perfectamente la aprendimos, y perfectamente la
guardamos con toda fidelidad como mandatos que de ninguna manera pueden ser
menospreciados por la atención cuidadosa y penetrante con que nos atiende el
autor de ella. A vosotros os enseñó la ley de la inocencia el crédito humano, y
os obliga á guardarla el terreno señorío; y por esto ni la enseñanza puede ser
llena, ni la transgresión cumplidamente temida. Tanta prudencia tiene un
hombre para establecer una ley buena, como tiene autoridad para obligar á que
se guarde, y así tan fácilmente la ley se engaña, como la autoridad se
desprecia; pero Dios, que tiene la ciencia verdaderamente infalible y la virtud
infinitamente poderosa, no puede padecer mengua en el decreto de su ley; que la
verdad granjea á la ciencia crédito, y la potencia á la autoridad respeto.
Si no, véase cuál ley es más llena de perfección, más cumplida de inocencia,
¿la que define no mates, ó la [304] que manda no te enojes? Cuál dispone
con más perfección, ¿la que prohibe el adulterio, ó la que refrena también una
concupiscencia solitaria de los ojos? Cuál instruye con más plenitud, ¿la que prohibe las malas obras, ó la que
detiene también las malas palabras? Cuál enseña más enteramente, ¿la que manda
no hacer injurias, ó la que no permite venganzas? Aunque también quería
acordaros que estas leyes en que parece se enseña esta parte de inocencia no
nacieron de vuestra prudencia; que de la ley divina se copiaron, que fué el
ejemplar primero, como dije, tratando de la edad de Moisés.
Pero ¿cuánta autoridad tienen las
leyes humanas? Pues las más veces aun en los delitos manifiestos y probados se
escapan los malhechores por la intercesión ó por la fuga; y alguna vez se
abalanzan al delito atraídos del deleite 406, ó del forzoso empeño en consideración de la
brevedad del castigo, pues no pasa de la muerte. Así Epicuro todos los
dolores despreció 407:
el pequeño porque no duele, el grande porque no dura. Pero nosotros que vivimos
siempre á la vista de aquella divina centinela que desbalija los más ocultos
secretos del pecho, y que antevemos la pena eterna con que castiga, no tenemos
otro refugio sino acudir á la inocencia de la vida; porque ni podemos inventar
fuga de la vista de una ciencia tan llena que alcanza el más oculto y alejado
retiro de los pensamientos, ni podemos despreciar el castigo en consideración
que es leve ó no [305] durable; porque la
intención de la pena es suma 408:
la duración sempiterna, y así tememos no al juez que juzga á los que temen á
Dios, sino á aquel á quien debiera temer el procónsul. [306]
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