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CAPITULO XLVIII. ---- DE LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS.
Vengan ya los que dicen es
imposible la resurrección de los muertos; los que dicen que es inútil 433. Si afírmase algún filósofo, como lo dijo
Laberio con la opinión de Pitágoras, que el hombre salió del buey ó del mulo, y
la culebra de la mujer 434, y con la valentía de los argumentos y la virtud de la elocuencia forzase
á creer esta opinión, ¿qué otra fe hincaría en nuestro entendimiento, ni qué
otra persuasión movería en nuestra voluntad, sino la abstinencia de los
animales para que cada uno advirtiese de la manera que come 435, no fuese que pensando cenar vaca se
cenase la carne de su abuelo? Esta quimera, pues, es posible, es provechosa, es
lícitamente predicable; ¿y si un cristiano enseña que ha de volver el mismo que
murió hombre de hombre, y Cayo de Cayo lo pide el pueblo, no para matarlo á [318] heridas, sino infamemente á pedradas? Si vuestra
filosofía halló que era posible que las almas vuelvan y transmigren, pasándose
una á diferentes cuerpos, ¿por qué aquella razón que prueba que el alma puede
volver á cuerpo diferente, no probará que puede volver también al mismo cuerpo
que dejó? Este es, pues, el artículo de nuestra resurrección, en que se cree se
ha de restituir enteramente aquello mismo que ha sido, y que no se compadece
con la transmigración. Si hubiese transmigración de almas, como decís, no podía
haber resurrección; porque para resucitar ha de volver la misma sustancia, y
para volver la misma 436, primero ha de dejar de ser, y nada de esto puede ser si hubiese
transmigración. Si Pitágoras, como se dice, tiene el alma de Pirro, no
puede Pitágoras resucitar, porque así como no era suya sino de Pirro la alma
que dejó de ser, así cuando vuelve el alma, no vuelve la misma de Pitágoras,
sino la de Pirro. Para impugnar á Pitágoras en estilo más lozano, con más
espacio se habían de buscar los argumentos; queda impugnado con decir que
enseña lo que no se vio, que ninguno vio jamás hombres transformados en
bestias.
Pero vuelvo á mi defensa en que propongo con decoro más honesto que ha de
volver hombre de hombre, y el mismo hombre que fué, y al mismo cuerpo en que [319] estuvo. De suerte que la
misma alma ha de volver al mismo cuerpo con la misma condición de forma unida,
aunque no con el mismo semblante, que resucitará ó condenada ó gloriosa.
Ciertamente que si la razón de la resurrección es para que todos asistan al
juicio destinado, y allí oigan del juicio de Dios la final sentencia, será
necesario se exhiba ó presente allí el mismo que obró para que de las obras
buenas ó malas el mismo que las hizo dé la cuenta. Por esto han de presentarse
también los cuerpos 437;
que el alma sola sin materia, esto es, sin carne, no padece penas corporales, y
porque si las almas han de ser juzgadas de las obras que hicieron con
dependencia del cuerpo (que estando dentro del cuerpo se merece ó desmerece),
es bien sea el cuerpo examinado del servicio que hizo al alma.
¿Cómo puede ser, decís, que una materia totalmente deshecha vuelva á ser?
Considérate hombre á ti mismo, y hallarás el testimonio de lo que dudas. Piensa
qué eras antes que fueses. Llanamente nada. Así lo entendieras, si conocieras
entonces para acordarte ahora. Pues si el que eras nada antes de ser, te
volviste nada después de haber sido, ¿por qué no has de creer que del segundo
nada puedes volver á ser por virtud del primer autor que del primer nada te
crió? ¿Qué le ha sobrevenido á este segundo nada para no ser? Si no siendo
fuiste, aunque no seas serás. Da la razón si puedes, por qué eres el que no
eras, que entonces sabrás por qué serás el que no eres. Antes pienso yo que es
más creíble que puede volver á ser lo que ya fué, que comenzar á ser lo que no
ha sido; que lo que ya fué tiene [320] la posibilidad acreditada; en lo que
nunca ha sido puede dudarse, si repugna.
Dúdase por ventura de la Omnipotencia de Dios que á este gran cuerpo del
mundo lo sacó de lo que no era, de la vacuidad, de la vacación del nada, no
menos vacante que la muerte, edificado con tan vistosa hermosura, animado con
el espíritu animador de los vivientes, sellado con las armas de su potencia
para que lo pasado sirviese de ejemplo y lo presente de testigo de la humana
resurrección. Cada día muere la luz, y volviendo á renacer resucita flamante
438. Con igual
vicisitud las tinieblas mueren, y con la muerte de las luces resucitan. Las
estrellas difuntas con el oriente del día, con el ocaso reviven; los tiempos
allí comienzan donde acaban; los frutos se consumen y vuelven; de la semilla más
deshecha y corrompida se levantan las plantas con pujanza más fecunda; todo se
conserva acabando: todo la muerte lo mejora. Tú, hombre de tan grande nombre,
si te conocieses aprendiendo de aquella voz del Oráculo 439: «Que el hombre es señor y cabeza de
todos los que mueren y resucitan», no creerías que entre todos los vivientes tú
solo has de morir para acabar 440.
En cualquier parte que estés deshecho, con cualquier materia que estés
destruido, que cualquier violencia te haya sacado la vida, te haya raído el
ser, te haya [321] reducido á nada, Dios te
volverá á ti mismo. El mismo nada es
de aquel de quien fué el todo.
Si esto es así, diréis: ¿siempre andaremos muriendo y resucitando? Si el Señor de las criaturas lo hubiera
ordenado así, á tu despecho experimentarás la ley de tu sujeción. Pero ahora
así está dispuesto como lo reveló. La razón divina que compuso la universidad
del orbe para que con la contrariedad de las sustancias sólidas y vacías,
vivientes y no vivientes, comprensibles é incomprensibles, con luz y tinieblas,
con muerte y vida, reducidas á la consonancia de unidad, quedase hermoseada,
aquella misma dispuso también que el todo del mundo tuviese la variedad que las
partes. A este todo, pues, de siglo lo compuso también Dios, y lo trabó
con partes de duraciones contrarias; la primera es esta en que vivimos, que
comenzó en el principio del mundo, y con edad temporal corre hasta su fin; la
segunda que se espera, se alarga por toda la infinita eternidad. Cuando llegue,
pues, el fin de la primera duración 441,
que es el intermedio límite en que confinan ambos siglos temporal y eterno para
que todo lo temporal de este siglo (que estará patentemente extendido á la
disposición de la eternidad, como paños ó tapices de figuras varias) se
traslade al siglo eterno, entonces todo el linaje humano resucitará para dar
cumplidamente razón de lo bueno ó malo que hizo en el primer siglo que vivió; y
de allí pasará á la duración del segundo siglo, que es inmensa perpetuidad de eternidades.
Puestos, pues, dentro de aquella duración eterna no habrá ya salir para morir,
ni más muerte, ni una [322] y otra resurrección,
sino que seremos eternamente lo que somos, y siempre los mismos sin esperanza
de otra variación. Los honradores de Dios estarán siempre en su divina
compañía, sobrevestidos con la misma naturaleza de la eternidad gloriosa. Pero
los profanos que no sirvieron con fiel entereza á Dios, serán condenados á
fuego igualmente perpetuo, incorruptible por su naturaleza, eterno por la
potencia divina que administra la duración.
Ya conocieron también vuestros filósofos la diferencia del fuego público y
secreto. Así que uno es el fuego que sirve al uso humano; otro el oculto,
ministro de la justicia de Dios, ó ya sea el que desenvaina el cielo en los
rayos de las nubes, ó ya el que la tierra vomitó por las cumbres de los montes.
El fuego de los volcanes quema y no gasta, repara destruyendo, pues duran los
montes que siempre arden. El fuego del cielo no da lugar á otro fuego que se
acaba si comienza, y por eso entre vosotros el que murió de rayo no puede
volver á ser quemado 442.
Esto será, pues, el testimonio de la eternidad del fuego que no se acaba;
éste el ejemplo de la continua justicia que alimenta la pena. Los montes arden y duran. ¡Qué será de los
condenados! ¡Qué de los enemigos de Dios! [323]
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