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CAPITULO VI. ---- CUANTO HAN DEGENERADO LOS ROMANOS DE LA ANTIGUA PIEDAD Y DE LAS LEVES
DE SUS MAYORES.
Ahora querría yo que me respondan
los religiosísimos observadores de las leyes, los protectores de los institutos
paternos, los celosísimos defensores de las antiguas costumbres, de la
fidelidad, de la honra, de la obediencia que tienen las leyes de sus mayores:
Si ignoran, si tuercen, si borran algo de los idóneos y necesarios preceptos
que disponían las leyes para instruir las costumbres, ¿adonde fueron aquellas
leyes 53 que moderaban
los gastos y la ambición? ¿Qué se hizo la que mandaba que en los banquetes de
las fiestas no se firmase más gasto que cien cuartos para la cena 54, y que no se diese más que una gallina, y
ésta sin lardo? ¿Dónde está la que excluía del Senado al patricio que tenía más
que diez libras de plata 55, con nota de desvanecido y ambicioso? ¿Aquellas que mandaban [161] derribar los teatros de las comedias 56, en que se violan las costumbres?
¿Aquella que castigaba á los que sin legítimo derecho usurpaban las insignias
que gradúan la dignidad y califican la nobleza 57? Ahora veo se han de llamar las cenas
centenarias, gastándose en ellas cien veintenarios de ducados. Veo que apenas
bastan las minas para vajilla de plata (menos fuera para los senadores), para
servicio, digo, de los truhanes y de los libertinos que aún están sujetos al
azote. Veo teatros duplicados, que no basta uno para cada juego, ni uno para
todo el año, sino unos para verano y otros para invierno, y para que no se
enfríe la lujuria en las comedias, los entapizáis á ellos y os abrigáis
vosotros con ropas de marta que inventaron los lacedemonios.
Veo ya que entre matronas nobles
y rameras públicas no hay ninguna diferencia en los trajes 58. También cayeron aquellas enseñanzas de
los mayores que componían la templanza y apadrinaban la modestia de las
mujeres. No conocía el oro sino los dedos de las casadas que recibían el anillo
el día del desposorio 59 en prendas de la fe que se promete al marido. La abstinencia de vino era
tan general para todas, que porque una abrió en una bodega la despensa la
mataron de hambre sus parientes, y Mecenio hizo pedazos á su mujer en tiempo de
Rómulo por haber gustado el vino, y nadie le culpó el hecho. Por esto el
saludar con ósculo los parientes á las mujeres no era cortesía ó [162] benevolencia, sino legal
necesidad para examinar con el aliento la templanza. ¿Dónde está aquella
prosperidad de matrimonios tan felices por las costumbres, que casi en
seiscientos años de la fundación de Roma no se escribió en ella un repudio
60? Ahora no hay
miembro tan flaco en las mujeres que para llevar la carga del oro no sea
esforzado y valiente. Ahora no pueden los parientes saludarlas; que el vaho del
vino los aturde. Ya el repudio se busca como fruto del matrimonio: el deseo del
casado no es el hijo, sino la división: hallóse ya que el camino para hacer
divorcio sin culpa, es hacer culpa para divorciarse.
También en la veneración de los dioses que con vigilantísimo acuerdo
vuestros padres decretaron, vosotros obedientísimos hijos habéis degenerado.
Los antiguos cónsules, con autoridad del Senado echaron de Roma y de toda
Italia al dios Baco Libero 61,
y los sucesores levantaron el destierro que sus padres decretaron. Pisón y
Gabinio, que no eran cristianos, no quisieron poner en el Capitolio 62, que es la curia de los dioses á
Serapis, á Isis, Harpocrate, ni á Cinocéfalo; sino que derribaron sus aras
63 y prohibieron sus
ritos como ceremonias deshonestas y ociosas supersticiones. Y vosotros [163] disteis supremas aras y divino culto á
los que las quitaron vuestros padres. ¿Dónde está la entereza de la religión?
¿Dónde la obediencia debida á los mayores? Así habéis renunciado á vuestros
padres en el vestido, en la comida, en los trajes, en las halajas, en el
entendimiento y en el lenguaje; pues ya hoy no habláis vosotros como hablaron
vuestros bisabuelos 64. Alabáis la antigüedad y vivís siempre á lo nuevo.
Por esto consta que á un mismo
tiempo caísteis de la observancia de los institutos buenos de los padres, y os
quedasteis con los malos usos contra la voluntad de los mayores; pues admitís
las divinidades que ellos quitaron, y no guardáis las costumbres con que ellos
vivieron. Aun en aquello que parece observáis con fidelidad, en el cuidado,
digo, de venerar los dioses (en que nos juzgáis por reos), de que tanto cuidó
la antigüedad, probaré después que lo tenéis olvidado, despreciado y destruido,
conforme lo dispuso la voluntad de los primeros, no obstante la veneración que
disteis á Serapis haciéndolo romano y volviéndole las aras 65; y el obsequio que hicisteis á Baco
haciéndole italiano y sacrificándole las furias. Pero ahora responderé á la
calumnia de los ocultos crímenes que nos imputa la fama popular, para que
despejado el camino pueda responder á los delitos que dicen ser
manifiestos. [164]
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