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CAPITULO VII. ---- QUE DE LOS DELITOS OCULTOS QUE SE IMPUTAN Á
LOS CRISTIAROS NO SE HA HALLADO OTRO TESTIGO SINO EL VANÍSIMO DE LA FAMA.
Los delitos ocultos que nos
imputa la fama son:
«Que en la nocturna congregación
sacrificamos y nos comemos un niño 66.
»Que en la sangre del niño degollado mojamos el pan, y empapado en la sangre
comemos un pedazo cada uno.
»Que unos perros que están atados á los candeleros los derriban forcejeando
para alcanzar el pan que les arrojamos bañado en sangre del niño.
»Que en las tinieblas que ocasiona
el forcejeo de los perros, alcahuetes de la torpeza, nos mezclamos impíamente
con las hermanas ó las madres.»
De estos delitos nos pregona reos la voz clamorosa popular 67, y aunque ha tiempo que la fama los
imputa, hasta hoy no ha tratado el Senado de averiguarlos. Pues si los creéis,
¿cómo no los averiguáis? Y si no los averiguáis, ¿por qué los creéis? Vuestra
disimulación deja [165] nuestra inocencia
prescripta; que quien tanto tiempo ha rehusado averiguar,nunca se atrevio á
probar. Pero cuán lejos estáis de la averiguación, si instáis en el tormento á
los cristianos, no á que digan lo que han sido, sino á que nieguen lo que son.
Comenzó nuestra religión 68,
como decimos, en el tiempo de Tiberio; nació la verdad en las mantillas del
odio; desde su nacimiento es odiosa. Tantos enemigos tiene como hay gentiles,
estos son extraños; los propios domésticos la persiguen 69; los judíos, por emulación; los
soldados, por su furor bullicioso; los siervos, por su condición alevosa. Cada día nos hacechan los judíos. Cada día
nos descubren los soldados. Cada día los criados nos entregan. Pues si los
pesquisidores nos hallan en la junta desapercibidos, digan: ¿Quién al niño del
sacrificio le oyó sollozar jamás? ¿Quién nos cerró las bocas ensangrentadas de
cíclopes y sirenas 70 para que el juez no busque y vea entre los dientes la sangre? ¿Quién en
las casadas cristianas 71 halló jamás vestigios de incestos y torpezas, ni aun en orden al trato [166] honesto maridable? ¿Qué gentil, si los halló por
interés, los calló? Que no encubre el delito del enemigo el que por descubrirlo
tiene premio, y si por interés calló, más pecó; que vender el silencio del
delito es dar salvo conducto á los pecados 72.
Si andamos siempre escondidos y á sombra de tejados, como decís, ¿cómo se
han sabido nuestros delitos secretos? ¿Quién los pudo revelar? No los mismos
que llamáis reos; que cada religión obliga á la fe del silencio, como entre
vosotros los ritos samotracios 73
y eleusinios 74;
y más debían recatarse los cristianos sabiendo el peligro que tendrían de la
vida venerando como misterios sagrados tales abominaciones. Pues si los cristianos no son ínfleles á sí
mismos, síguese que los gentiles extraños los han descubierto. ¿Y cómo pueden
los extraños saber lo más secreto de un instituto sagrado, si los sacros ritos
de la religión más impía extrañan ojos árbitros, y se recatan de los que no son
sectarios de aquel instituto? Si ya no es que los más impíos y execrables teman
menos.
Solamente se han sabido por la fama: ya la fama es conocida; vuestro es
aquel adagio. «La fama es el mal
mayor, porque es el mal más ligero.» ¿Por qué es mala la fama? ¿Porque vuela, ó
porque revela, ó porque [167] miente? Aun cuando dice la verdad,
es mentirosa; porque la. vicia, ó quita, ó añade, ó muda. ¿Qué diré? Que su
condición es esta: que np dura sino mintiendo, que vive solamente no probando;
porque si probó, perdió su ser; si da á ver lo, que decía, renuncia el oficio.
Cuando la cosa se conoce con certeza ya no hay fama. Cuando alguno ve, pongo
este ejemplo 75, lo que
pasa en liorna, no dice: fama es que esto se ha hecho en Roma; sino, esto se ha
hecho. No dice: fama es que fulano sale á tal provincia por procónsul; sino,
fulano va á tal provincia procónsul. La fama es nombre de cosa incierta: si hay
certeza ya no hay fama. ¿Quién ha de creer, pues, á la fama, sino el
inconsiderado?; que el discreto nunca cree lo dudoso. Todos los hombres cuerdos
deben pensar que aunque esté la fama con cualquier universal divulgación
derramada, con cualquier probable aseveración compuesta, tuvo de un primer
autor forzosamente principio, y que desde allí mugronada á las orejas y lenguas
anda soterrada gateando hasta mostrarse prodigiosamente crecida; y así aquellas
ramas extendidas obscurecen y desvanecen el vicio de la semilla, lo incierto
del primer rumor, para que nadie advierta si lo que sembró aquella primera boca
fué mentira. Que las más veces
sucede mentir el que sembró la fama, ó por arte de la envidia, ó por sospecha
de los mal pensados, ó por el deleite que por natural ó por costumbre tienen
muchos en mentir.
Pase así, que todo lo descubre, como dicen vuestros proverbios 76, el tiempo, por disposición de la naturaleza,
que ordenó no tener nada encubierto mucho tiempo, aun aquello que la fama no
divulga. Gozóme yo por [168] lo menos que sola la
fama sepa los delitos de los cristianos, que solamente los pruebe quien tiene
por esencia no probar, que solamente los diga quien siempre suele mentir. Este
es el indicio que tenéis contra nosotros, y aunque es tan voceado de todos,
sólo pudo en tanto tiempo esforzar una siniestra opinión, mas hasta hoy no ha
probado. [169]
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