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CAPITULO IX. ---- QUE ESTOS DELITOS DE QUE INFAMAN Á LOS CRISTIANOS LOS COMETEN LOS
GENTILES, UNOS EN SECRETO, OTROS EN PÚBLICO.
Para refutar llanamente estos
delitos falta probar que vosotros los hacéis sin temor alguno de castigo, unos
en secreto, otros en público, y aun por saberlos hacer los habéis creído de
nosotros.
En África públicamente se sacrificaban niños á Saturno 83 hasta el proconsulado de Tiberio
84. Éste amenazó á los
sacerdotes que así sacrificaban; y habiendo delinquido, los crucificó en
cumplimiento de su voto en los mismos árboles de su templo que habían hecho
sombra á tal maldad 85.
Testigo es de este castigo el tercio de la milicia de mi patria, que sirvió en
esta [174] ejecución al procónsul
86. Esta sagrada maldad
no sacó de este castigo escarmiento; que siempre quedan raíces cuando los
vicios son añejos. Esto es lo que no solamente á los cristianos, sino á muchos
de los gentiles lastima, que se conserve en vuestra inclinación la semilla de
esta fiereza, y en vuestro dios el apetito vivo de esta maldad; que un dios no
muda fácilmente las costumbres. Tragóse
Saturno á sus hijos, y aún le dura el hambre de los ajenos 87. Los mismos padres los
sacrificaban tan gustosamente, que poniéndolos en el ara los acariciaban con
halagos para esperar la muerte con la risa, reputando el sacrificio más alegre
y placentero por más grato. Decid, pues, ¿ cuál es mayor delito, ser homicida
del hijo ajeno ó ser parricida del propio? Los galos sacrificaban á Mercurio
hombres mayores 88.
Dejo para los teatros las táuricas fábulas 89. Mas sin salimos de casa, en aquella religiosísima
ciudad que consagró Eneas el piadoso 90,
¿no hay un dios Júpiter en el Lacio [175] que en los espectáculos de su fiesta
está nadando en sangre humana? Diréis
que es sangre de malhechores condenados á las fieras. Yo dudo si por ser la
sangre de un malvado es menos que humana, ó si el desacato es más torpe,
lavando á Dios con sangre de un mal hombre. Lo cierto es que un
homicidio la derrama. ¡Oh Júpiter 91,
gran cristiano, si los cristianos con sangre humana lo son! ¡Oh cruel, nacido
tan solamente de la crueldad de tu padre!
Si decís que el título de religión con que sacrificáis los hijos sirve al
delito de excusa (á más que el parricidio que admitís es más enorme que el
homicidio que nos imputáis), quiero hacer investigación en vuestro pueblo para
saber el rito con que él os mata. ¿En cuántas conciencias queréis que llame de
la muchedumbre numerosa del pueblo que tanto apetece la sangre cristiana? ¿En
cuántos de los justísimos y severísimos jueces que nos prohijan esta maldad?
Para que secretamente me digan cómo matarán sus hijos. Los que los arrojan al
Tíber 92; los que los
exponen para que el hambre, los fríos y los perros se los coman ó los maten; [176] los que procuran los
abortos, no negarán que los matan: sólo dirán que les dan la muerte más benigna
que los cristianos. ¿Y no es mayor crueldad entregar un niño á un perro que á
un cuchillo? Que hombres mayores, á
quien en la condenación dejaron elegir el linaje de la muerte eligieron por más
benigna la del hierro. A nosotros no es lícito no solamente matar hombres ó
niños 93, pero ni desatar
aquellas sangres que en el embrión se condensan. La ley que una vez nos prohibe
el homicidio, nos manda no descomponer en el vientre de la madre las primeras
líneas con que la sangre dibuja la organización del hombre, que es anticipado
homicidio impedir el nacimiento. No se diferencia matar al que ya nació
y desbaratar al que se apareja para nacer, que también es hombre el que lo
comienza á ser como fruto de aquella semilla.
De la comida de la sangre y de las otras viandas trágicas se refiere no sé
dónde (creo que en Herodoto) 94,
que algunas naciones se confederaban bebiendo recíprocamente la sangre de sus
brazos. Algo de esto hizo Catilina con sus conjurados 95. Entre algunos gentiles de los scitas (así se dice), cada familia se comía
sus difuntos96. De lejos tomo el corriente. Hoy los sacerdotes de la diosa Belona beben ó
lamen en la palma de la mano la sangre [177] que se sacaron del muslo en obsequio de
la fe que prometen á su diosa 97. Algunos para remedio del corazón bebieron
con ardiente anhelo la sangre caliente del degüello de los gladiadores 98. ¿Dónde viven aquellos que cenan de las fieras que en la arena pelearon?
¿Aquellos que apetecen el venado y jabalí que mataron hombres en la plaza? ¿Qué
se hizo el jabalí que lamió la sangre del que ensangrentó en la lucha? ¿Dónde
está aquel venado que con las ansias de la muerte se revolcaba en la balsa de
la sangre que salió de los gladiadores? Estas fieras en vuestras mesas se
hallan, que por rociadas con sangre humana y más manidas, las cenáis por más
sabrosas. Apetecéis entrañas de osos, en donde la carne humana sin digerirse
está cruda 99. Regüelda el
hombre carne de una fiera que con carne humana se engordó. Los que comen estas
cosas, viandas más execrables cenan que las que se imputan á las mesas de los
cristianos. ¿Comen menos aquellos que con lujuria de brutos insertant
in os membra virilia puberum? Esto no es comer muertos, sino vivos; no es
comer niños, sino hombres. ¿Beben menos aquellos qui pudendam mamillam
sugunt, humani seminis perversi irrumatores? Esto no es beber sangre, sino
impaciencias de la sed, que no espera á que lo sea, pues antes que llegue á ser
sangre se la beben sucia. Los gentiles con esta sangre se consagran.
Avergüéncese vuestro error si pensó comían sangre [178] humana los que no pueden comer sangre
de reses 100. Los
cristianos no comemos sangre de animales, ni morticinios, que un morticinio
podrido en cierta manera inficióna la sepultura del estómago. Finalmente, entre
las invenciones con que tentáis la observancia de nuestra ley, una es darnos
una morcilla de sangre, porque os persuadís con certeza que el cristiano que
come sangre se desvía de su ley. Quien
esto sabe, ¿con qué ilación puede legítimamente inferir que apetece sangre de
hombres el que aborrece sangre de reses? Si ya nosea que, como
experimentados, sepáis que la sangre humana es más sabrosa. El que examina al
cristiano, como lleva á la cárcel el brasero y la navecilla del incienso para
probar si lo es, había de llevar también sangre humana; que como el examinador
conoce que es cristiano el que no sacrifica, conocería que lo es el que la
come, y así igualmente se ha de dar por no cristiano el que no come como el que
no sacrifica, y no faltaría al juez sangre humana para la prueba donde hay
tantos gentiles malhechores.
Si hablamos de incestuosos, ¿quién más que aquellos que tienen por maestro
al mismo Júpiter 101?
Ctesias dice que los persas se mezclaban con sus madres 102. [179] Los macedonios, sospechosos están de
este delito, porque oyendo representar la tragedia 103, cuando Edipo se lastimaba de haber
violado á su madre, ellos llenos de risa dijeron: «Empacho tiene éste de haber
escupido en su madre con saliva genital.» Conoced ahora ya cuánta licencia
tiene el error para cometer incestos, ingeniando materias vuestra desenfrenada
lujuria. Primeramente, exponéis los
hijos á la ventura de la misericordia ajena 104, ó los renunciáis para que mejores padres los
adopten 105. Fuerza es,
pues, que alguna vez se pierda la memoria 106 de este hijo enajenado, y que juntamente tropiece
alguno por error, casándose con su hermana ó su parienta, y que de allí se
eslabonen varias generaciones, creciendo la maldad con el perpetuo incesto.
Finalmente, siendo vuestra lascivia tan bruta 107 que en toda ocasión tropieza; siendo tan
lozana, que en todo lo que mira da corcobos; siendo tan individua compañera
vuestra, que en cualquier lugar y para cualquier torpeza os acompaña, en casa,
fuera, y en las partes más remotas, puede suceder fácilmente tener en muchas
mujeres muchos bastardos, y derramada aquella sangre en diferentes hijos, no
conocidos de sus mismos padres, aficionarse de ellos, y unos hermanos [180] de otros sin conocerse, como sucede á los que
viven juntos en el mundo, y casarse el padre con su hija 108, y el hermano con su hermana, sin conocer
el error toda la parentela de la sangre incestuosa.
A nosotros no puede invadirnos este error, porque nos cerca la muralla de la
observancia fidelísima y diligentísima de la castidad; que si ésta nos defiende
del estupro y adulterio voluntario, mejor nos preserva del incesto casual.
Otros muchos cristianos, así mozos como viejos, viven más seguros de estos
riesgos, porque embargan este error con virginal continencia. Si conocierais en vosotros mismos estos vicios, no
los achacarais á los cristianos. Unos mismos ojos os representaran ambas cosas;
pero tienen los vuestros dos cegueras, que en sí no ven los vicios que tienen,
y en los cristianos hallan los delitos que no están. Todo lo iré
probando en el tratado. [181]
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