|
CAPITULO XI. ---- QUE SON VANÍSIMAS LAS CAUSAS POR QUE CREEN LOS GENTILES QUE FUERON
DIOSES LOS QUE ERAN HOMBRES.
Como no os atrevéis á negar que
estos dioses fueron hombres, así os resolvisteis á decir que después de muertos
fueron hechos dioses. Examinemos, pues, las causas que obligaron á que fuesen
dioses estos hombres muertos.
Primeramente es necesario
concedáis que hay un Dios entre todos más sublime, fuente de la divinidad
118, que la
dispensa á los hombres y los transforma en divinos; porque ellos no podían
tomar para sí la divinidad que no tenían, ni darla á otros para usar de ella,
no siendo los dueños propietarios. Porque si no hubiese uno que hiciese
dioses, vanamente presumís que hay dioses hechos negando el hacedor.
Ciertamente que si ellos se pudieran hacer dioses, nunca hubieran sido hombres,
poseyendo naturaleza más grande y calidad más honrada. Luego si hay uno que
hace á los hombres dioses, vuelvo á inquirir la causa que tuvo Dios para
hacerlos. Esta dais vosotros 119,
que deseó Dios [186] tener ayuda y ministros
para los oficios del cielo. Más llanamente, que es cosa indigna de un Dios tan
grande necesitar de la ayuda de un hombre, mayormente de hombre muerto,
habiendo podido hacer en el principio del mundo un vivo, que con más reputación
suya hiciese lo que había de hacer el muerto.
Pero ni á este ministro le hallo ocupación en que servir; porque todo el
universo sea eterno, como quiere Pitágoras, sea temporal como dijo Platón, se
halló de una vez en la primera creación dispuesto, instruido y ordenado con
todo el gobierno de razón. No salió de la divina mano imperfecta la naturaleza,
que todas las cosas perfecciona. No esperó á Saturno ni á sus hijos para
recibir virtud de su mano. Vanos serían los hombres si no creyesen que desde el
principio del mundo llovieron las nubes, centellaron las estrellas, lucieron
los astros, bramaron los truenos y que el mismo Júpiter temió los rayos que le
ponéis ahora en su mano. Asimismo nadie negará que antes que naciera Libero
120, Ceres, Minerva, ó
el primer hombre que fué Dios, producía la tierra sus frutos; pues antes de
criar Dios al hombre le aparejó bastantemente todo lo necesario á la vida.
Finalmente, estos hombres que llamáis
dioses hallaron en el mundo estas cosas necesarias de la vida; no las hicieron.
Lo que se halla ya fué: lo que fué no lo hizo el que lo halló, sino el
que lo crió primero de ser hallado. Y si por hallar Libero las vides le disteis
divinidad, llanamente con villana ingratitud se procedió con Lúculo 121, pues siendo el primero que trajo del [187] Ponto á Italia las
cerezas, no se le dió por la industria divina consagración. Luego si desde el
principio estuvo instruida y dispensada con determinados empleos para ejercer
sus oficios la universidad del orbe, por esta parte cesa la razón de hacer
dioses á hombres; porque estos oficios y potestad (que les repartís) estuvieron
en la naturaleza antes que ellos nacieran: y duraran aunque no hubieran nacido,
y se continuaran aunque no los hubierais consagrado, é influyeran aunque no
crearais deidades.
A otra causa atribuís el tener hombres muertos divinidades. Esto es, al
mérito de su virtud, que mereció remuneración tan grande. Pero yo pienso concederéis
que aquel Dios que hace dioses es infinitamente justo, y que ni temeraria, ni
injusta, ni pródigamente dispensó premio tan grande. Contaré, pues, los méritos
de estos hombres para ver si fueron tales, que merecieron ser ensalzados en el
cielo ó sumergidos en el profundo infierno, á que vosotros, cuando queréis,
llamáis cárcel de penas. En el encierro de aquella cárcel penan los impíos con
sus padres, los incestuosos con sus hermanas, los adúlteros con las casadas,
los raptores de doncellas, los violadores de muchachos, los vengativos, los
matadores, los ladrones, los fraudulentos y todos los que son semejantes á
alguno de vuestros dioses. No probaréis, pues, que de vuestros dioses haya
alguno que no haya cometido uno ú otro de estos delitos 122, sino negando que hayan sido hombres
jamás; que si siempre fueron dioses y nunca hombres, no delinquieron; que la [188] divinidad es impecable. Mas para que no negaseis que fueron
hombres, cometieron ellos estas maldades como señas de lo que fueron, y
embargos para no ser dioses por sus méritos. Si vosotros, ¡olí jueces!,
castigáis coma presidentes justos á los que cometen estas maldades; si vosotros
como honrados rehusáis el trato, la conversación y compañía de los malos y los
torpes, ¿coma Dios, que es la suprema bondad, pudo elegir para su compañía
hombres de costumbres que vosotros evitáis? ¿O por qué condenan vuestras leyes
á los malhechores si adoran á sus concolegas? Vuestra justicia es afrenta de
los cielos; que si ella condena á los ladrones, ya juzga que muchos dioses
debieran ser ahorcados. Para agradar y obligar á estos dioses, mejor sería que
hicieseis dioses á los hombres más facinerosos, que sería agasajo y honra suya
la consagración de los iguales.
Pero dejando el título de su indignidad,
cuando hubieran sido honrados, buenos y perfectos, ¿cuántos mejores muertos que
éstos dejasteis en el infierno? ¿En vuestros dioses hay alguno más sabio que
Sócrates, más justo que Arístides, más soldado que Temístocles, más sublime que
Alejandro, más dichoso que Polícra-tes, más elocuente que Demóstenes? ¿Entre
los que sacasteis para dioses hay alguno más sabio y grave que Catón, más justo
ni guerrero que Escipión, más sublime que Pompeyo, más feliz que Escila, más
elocuente que Tulio? Si deidades se dan por méritos, ¿cuán dignamente hubiera
Dios guardado alguna para éstos sabiendo que habían de nacer para merecerla
mejor que Júpiter ni Saturno? Pero creo que se anticipó y cerró el cielo
en la primera elección, y estará ahora vergonzosamente corrido viendo que en el
infierno murmuran de la injusticia los mejores. [189]
|