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CAPITULO XIII. ---- QUE LOS GENTILES BURLAN Y DESPRECIAN Á LOS MISMOS DIOSES QUE ADORAN.
Vosotros sois con vuestros dioses
los más impíos. Si en vuestro entender y en vuestra conciencia los tenéis á
estos por dioses, ¿cómo sois con ellos tan impíos, tan sacrilegos y profanos? Vosotros
despreciáis á los dioses que presumís que lo son: destruís á los que teméis, y
os burláis de lo que defendéis. Advertid si acaso miento.
Primeramente algunos adoran á unos dioses y á otros no. Luego á los que no
se veneran se ofende; que no se da á uno ventaja, que no se dé á otro el
desprecio; y en la elección queda otro reprobado. Ya despreciáis, pues, á los
que reprobáis. Luego el que los reprueba no los teme, ni ellos por la
contumelia se pueden dar por ofendidos; porque la divinidad pende del albedrio
del Senado. No era Dios el que el hombre consultado no quería: un no querer del
hombre quitaba la deidad. A los dioses domésticos que llamáis lares 128, con dominio doméstico los tratáis
empeñándolos, vendiéndolos y des figurándolos. Tal vez del dios Saturno hacéis
un servicio para vaciar en él los excrementos [193] del vientre, y de la diosa Minerva una
bacinilla para excrementos menores 129.
Si con el uso el dios se rompe ó se abolla, más santa es vuestra necesidad que
su divinidad; porque él sirve á la necesidad de casa, aunque la deidad se
pierda. El necesitado y menesteroso no pide á Dios que le ayude, sino que lo
destruya. A los dioses públicos con público derecho los envilecéis teniéndolos
en el hastiario para alquilarlos. Si vamos al Capitolio ó á la plaza de las
verduras, allí vemos que á la misma voz del pregonero, debajo de la misma lanza
y del mismo registro del contador donde se venden los otros despojos las
divinidades cautivas se venden á pujas de almoneda 130, regateando los precios como si fuesen
comunes alhajas. Los campos tributarios son los peores, y los hombres pecheros
menos nobles; que el pechar es linaje de esclavitud: mas en vuestros dioses el
más noble es más pechero y más tributario el más santo. Obligáis á la majestad divina á ganar: hacéis la
deidad jornalera y userera la religión. Andan vuestros sacerdotes con los
dioses en la mano mendigando por las tabernas: por entrar y pisar el templo
piden precio: nadie puede tener á Dios de balde, y se quedara sin él [194] si no le compra; que la divinidad ya es vendible
y el sacerdocio usurero.
Igualáis á los muertos en la
honra con los dioses. Si á los dioses dais templos, á los muertos dais aras.
Los trajes de los dioses en estatuas se hallan de hombres que murieron 131. La mayor edad no le granjea á
Dios culto más festivo. Igualmente se hace el convite Silicernio 132 en el entierro de un viejo, que en la
fiesta del antiquísimo Júpiter. El arte con igualdad los sirve. Con el Símpulo
se ofrece á los dioses el vino, y con la Obba á los manes en las
funerarias. También son iguales en el servicio; que el adivino que sirve en el
templo á los dioses embalsama á los muertos en las casas: allí desbalija el
ministro entrañas de reses, y aquí maneja entrañas de hombres.
A los emperadores muertos
confieso que dignamente dais la misma honra que á los dioses. En esto no se
darán ellos por agraviados; antes os quedarán agradecidos, que habiendo sido
sus vasallos se vean iguales á sus señores. Sólo podrían tener algún enojo,
viendo que al lado de Juno, Ceres y Diana adoréis á Larentina, rústica
ramerilla 133, dejando á Lais
y á Friné rameras de más rumbo y más estofa 134; y que Simón Mago [195] tenga inscripción divina y estatua
levantada 135, y que Antinoo
136, aquel paje que
tenía Adriano en palacio para abusar de su sexo, haya llegado á ser Dios; que
aunque los dioses antiguos no fueron mejores que estos nuevos, con todo eso
tienen los ancianos por afrenta que hagan los modernos con ninguno lo que la
antigüedad hizo con ellos.
Quiero dar ahora una vista á vuestros ritos. No digo cuán puros llegáis á
los sacrificios, sino qué reses sacrificáis, las enfermas, las podridas y
sarnosas. De las sanas, de las
opimas no le dais á Dios sino los pies y la cabeza que dierais en vuestra casa
á los esclavos ó á los perros. De la décima que se ofrece á Hércules le
defraudáis tanto, que latercera parte no le ofrecéis en sus aras. Para
pedirlas lo hicisteis dios de respeto, y para robarlas lo hacéis de palo. Pero
en esto siempre alabaré la discreción; que es gran prudencia sisar algo de lo
que el diablo se lleva. [196]
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