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CAPITULO XVII. ---- QUE LOS CRISTIANOS SOLAMENTE ADORAN Á UN
DIOS QUE NADIE PUEDE IGNORAR.
Adoramos los cristianos 169
á un Dios que toda la máquina del mundo, con el aparato de los elementos, con
la variedad de los cuerpos, con la hermosura de los espíritus, crió de nada con
la palabra que mandó, con la razón que dispuso, con la virtud del poder, para
que sirviese de extrínseco ornamento de la Suprema Majestad y por eso los
griegos llaman kosmos al mundo, que significa ornamento. Dios es invisible, aunque se deja ver en
los vestigios de las criaturas; incomprensible, aunque se deja tocar por
gracia; inestimable, aunque los sentidos lo aprecian. Por la parte que se
alcanza, se conoce como verdadero; por la que nos excede, le veneramos por
grande. El objeto que se ve, menor es que los rayos de los ojos que le miran;
el que se comprende, menor es que las manos que le abarcan; el que
apreciadamente se conoce, menor es que el sentido que lo halla; pero el que
tiene infinita inmensidad, que no se alcanza, ESTE ES DIOS, que solamente lo
comprende su noticia. La falta de nuestra capacidad para definirle,
explica la infinita naturaleza de su ser. De una grandeza misma nace la duda y
la certeza; por no caber tanta magnitud en la humana capacidad, dudosamente la
define; y por hallarse vencida de infinidad inmensa que [209] no alcanza, se asegura
que es Dios la magnitud que tanto excede. Y este es el delito mayor de los
gentiles 170, que no
quieren conocer lo que no se puede ignorar.
¿Cómo queréis que lo pruebe? Que
esta verdad, de todos los medios expelió los temores de la duda. ¿Queréis la
prueba por el número y hermosura de las criaturas? ¿Por este gran palacio en
que vivimos? ¿Por los frutos que nos sustentan? ¿Por las cosas que nos
deleitan, y por los prodigios que nos atemorizan? ¿Queréis esta prueba por
el testimonio del alma que tenéis dentro del cuerpo 171? Esa alma, pues, aunque presa en esa
cárcel 172, cercada de
falsas doctrinas, enflaquecida con tantas torpezas, cautiva por la tiranía de
los falsos dioses, cuando vuelve en sí 173, cuando despierta de una embriaguez, cuando recobra el
vigor perdido, como el convaleciente que escapó de la enfermedad peligrosa, con
un impulso natural á Dios, llamándole UNO,VERDADERO Y GRANDE. Voz común de
todos: DIOS ME HIZO ESTE FAVOR. También cuando lo alegamos por Juez decimos:
DIOS LO VE: A DIOS DEJO LA VERDAD; DIOS VOLVERÁ POR MÍ. ¡Oh testimonio del alma
naturalmente cristiana! 174
Finalmente, cuando nombráis á Dios en estas ocasiones no miráis al Capitolio,
sino al cielo; que ya reconoce el alma que está allí la corte de Dios vivo, que
por eso aspira á las alturas, porque bajó de allí. [210]
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