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CAPITULO XIX. ---- QUE LA ANTIGÜEDAD DE LA ESCRITURA SAGRADA SE PRUEBA POR LA EDAD DE
MOISÉS Y LA SUPUTACIÓN DE LOS TIEMPOS.
Si la antigüedad autoriza la Escritura, nuestros libros sobre todos los del
siglo tienen autoridad suprema 185.
La antigüedad de las Escrituras se
venera entre vosotros como la fe de la religión. Nuestra Escritura excede, no
en tiempos, sino en siglos; no á los libros ni á las letras, sino al cuerpo, á
la materia, al origen, á la disposición y á las venas de donde se originó
cualquier estilo más antiguo de escribir. El libro de un profeta en que está
encerrado el tesoro de los sacramentos judaicos, que ya llegaron á ser
nuestros, es más antiguo que muchas naciones, que muchas insignes ciudades, que
las causas de las historias, que los principios de las memorias escritas, que
las mismas efigies de los caracteres 186 (depósitos y señales de las cosas) que los mismos
dioses vuestros (que creo es decir lo menos), que los mismos templos, que los
oráculos y los ritos. Si no le sabéis el nombre, Moisés se llama este
profeta, igual en edad con Inaco 187, rey de los argivos, cuatrocientos años menos
siete, antes que la calamidad de Priamo; y [214] si dijese que mil y quinientos años antes
que Hornero, no sería decir más que lo que dijeron otros. Los demás profetas
después de Moisés, los más modernos son más antiguos que todos vuestros
primeros sabios, jurisconsultos é historiadores.
El mostrar ordenadamente los caminos por donde esto se podía probar, no me
fuera tan difícil como enorme, ni tan arduo como largo. Pero más despacio nos
habíamos de aconsejar con los instrumentos necesarios para esta prueba. Si la
suputación se había de hacer por los dedog 188, era menester hacer muchos gestos con las manos,
abriendo y doblando dedos, si por la antigüedad de papeles se habían de abrir
los archivos de las naciones antiquísimas de los egipcios, caldeos y fenicios:
si por el testimonio de los autores habían de citarse también aquellos
ciudadanos de cuyos libros salieron estas noticias, á Manethón, egipcio
189; á Beroso, caldeo
190; á Jerónimo
191, el que gobernó á
Tiro y á Fenicia; y á los que siguieron la autoridad de estos autores Mendesio
Ptolomeo 192; Menandro,
efesio 193; [215] Demetrio Falereo Juba, rey de Libia
194, Appión 195, Tallo y Josepho, judío, celoso
defensor de las antigüedades judaicas que refiere estos autores, ó para
impugnarlos, ó para seguirlos. Habíanse
de ver también los registros de los protocolos griegos, y conferir tiempo y
sucesos para averiguar los encadenamientos de los tiempos, por los cuales
constasen los números de los anales. Si para probar esta antigüedad se había de
peregrinar por todo el mundo buscando historias, y revolviendo escrituras,
sirva por parte de prueba el alegar los autores por donde se podría probar. Pero
más conveniente es deferir la prueba que darla larga y confusa; que el estilo
apresurado es obscuro, y el detenido molesto. [216]
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