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CAPITULO XXI. ---- DE CRISTO NUESTRO SEÑOR.
Mas porque dijimos que nuestra
religión está apoyada con las Escrituras de los judíos, y ellos sienten que
esto es presunción nuestra, para licenciosamente pecar á sombra de su
insignísima religión, constando que no profesamos su ley; pues la nuestra es en
edad niovizuela, nacida en los tiempos de Tiberio 201 (como dicen y nosotros no negamos), ni
observamos las abstinencias de sus manjares, ni la circuncisión, ni sus
fiestas, ni se univocan las religiones en el nombre; que si fuera uno mismo el
Dios había de tener un nombre mismo la religión de unos mismos profesores. Para
que se entienda, pues, lo que profesamos y en lo que nos distinguimos, será
conveniente tratar del estado de nuestra religión cristiana, intitulada con
este nombre, que es el enemigo común de judíos y gentiles. Pero si el vulgo siente
que Cristo es hombre puro como los judíos lo juzgaron, no puede pensar tenemos
un Dios común; que no piensan que es hombre el Dios de los judíos; pero no nos
avergonzamos de tener á Cristo por Dios los que debajo de su nombre
gustosamente padecemos, y es buen fiador de la fe que tenemos de su divinidad [219] el gusto con que morimos. Mas porque la
persecución sólo mira á la profesión del nombre cristiano, pues deja libres los
judíos, es necesario decir algo de Cristo; que toda la saña del odio se ha
encendido por este Dios y este nombre.
Tenían los judíos con Dios la
privanza; en ellos solos se hallaba la justicia, la fe y la religión de los
primeros padres. En este solar nació la nobleza de su linaje, la sublimidad de
su reino; y llegó á tanta felicidad, que los avisos cómo habían de servirle y
no ofenderle, él mismo se. los daba por su boca. Pero cuánto ellos hayan
abusado de este favor tomando licencia para pecar en confianza de la virtud de
sus padres, desviándose de los caminos de Dios por profanos modos, aun cuando
ellos no lo confiesen el estado presente lo publica 202, pues los vemos desparramados como gente
que huye desbaratada, vagueando por el mundo, desterrados del cielo y suelo de
su patria, sin que les valga el derecho de los peregrinos para pisar en la
tierra donde nacieron 203. No tiene ya este pueblo á un hombre por cabeza, habiendo tenido á
Dios por rey. No les cogió el castigo desapercibidos : ya antes las Escrituras
les amenazaron, y los mismos avisos les predicaban casi cada día los profetas,
que en estos últimos términos del siglo había de escoger Dios de todas partes
del mundo, de todas naciones y de todos pueblos unos siervos más fieles, en
quien había de trasladar su gracia y benevolencia con más abundante plenitud:
que para la doctrina del nuevo [220] autor había de emplearse la capacidad
con más favores. Vino, pues, Aquél cuya venida estaba profetizada, Jesucristo,
Hijo de Dios, para reformar y alumbrar á este pueblo nuevamente escogido.
De esta gracia, pues, y nueva doctrina fué anunciado en la Escritura por
árbitro, maestro, iluminador y doctor del género humano el Hijo de Dios, no
engendrado de manera que se avergüence de llamarse Hijo; que no nació de la
asquerosa semilla de padre terreno, incestuoso con su hermana, violador de la
hija, adúltero con la mujer ajena y solicitador de las purezas virginales. No
fué este padre enamorado, escamado, emplumado ni cornudo: estos son honores de
Júpiter, padre de los dioses, que casó con su hermana Juno; que estupró á su
hija Venus, que adulteró con Helena; que se convirtió en oro para violar á
Danae 204. El Hijo de
Dios nació de una Madre limpia y pura, que no conoció varón, aunque tuvo
aquellas sombras de casada. Pero conviene declarar la dignidad del Hijo para
que se conozca después Ja calidad del nacimiento.
Ya dijimos que Dios crió la universidad del mundo con la palabra, con la
razón y poder. Vuestros sabios ya
conocieron que la palabra y la razón criaron el universo. Cenón llama á esta
palabra formadora del universo con disposición ordenada; 205 y también la llamó hado, dios, alma de
Júpiter y necesidad de las criaturas. Oleantes 206 [221] recoge estos términos llamando al Hacedor
del universo Espíritu puro, vivo penetrador de las cosas 207. Así nosotros á la palabra, á la
razón y poder con que Dios crió el mundo llamamos substancia divina
espiritual, que con la palabra pronuncia, con la razón dispone y con la
omnipotencia preside. Y como esta palabra se origina de Dios mismo, pronunciada
con substancial pronunciación, llamamos Hijo de Dios verdadero 208, porque es substancia nacida, si bien
indistinta en la esencia de su principio; que Dios es tan solamente una
espiritual esencia. Así como el rayo
nace del sol, porción de aquella suma, quedándose el sol en el rayo, porque en
el rayo está el sol, y no se separa la substancia, sino que se extiende ; así
el espíritu nace de espíritu y Dios de Dios. Como la lumbre aunque encienda
otras queda entera sin menoscabarse, y no pierde los grados la matriz, aunque
de ella se originen otras iguales luces, que si se comunica no se mengua; así
lo que nació de Dios es Dios enteramente é Hijo de Dios, yambos un Dios tan
solamente, Espíritu de Espíritu y Dios de Dios, en quien solamente hace número
el grado de la generación 209, el modillo de la persona, no la majestad de la esencia, que aunque nace
no se aparta; como el ramo, aunque nace no se divide del tronco.
Este divino rayo, pues, como
estaba antes profetizado, se deslizó del cielo á las entrañas de una Virgen y
allí tomó forma humana 210, y nació hombre unido [222] á Dios. Esta humanidad unida se
instruye con el espíritu, medra, crece, habla, obra, enseña: este es Cristo.
Admitid esta fábula, como decís, semejante á las vuestras, mientras no la
pruebo y señalo quiénes fueron los que fingieron las fábulas semejantes á esta
verdad, para que en compañía de la mentira quedase la verdad sospechosa. Los
judíos ya esperaban esta venida admirable, que así la leen prometida en los
profetas : que noniegan la persona, pues la esperan; antes no hay controversia
tan reñida entre nosotros y los judíos como la porfía con que niegan su venida,
que aún esperan. Dos venidas señala de Cristo la Escritura: la primera ya se
cumplió en humildad de carne humana; la segunda, que ha de ser en el fin del
mundo, será en ostentación de divinidad manifiesta 211. Los judíos confunden estas venidas, y
como no esperan sino una de ostentación majestuosa, no creen la primera, de
condición tan humilde. El no haberla conocido, castigo fué de sus culpas; que
si la conocieran la creyeran, y si la creyeran se salvaran. Ya leen ellos este
castigo en la Escritura: que habían de ignorar con la ciencia; que habían de
cegar con la vista y ensordecer con las voces.
Pero al que vieron aquí como hombre abatido por su humildad debieran conocer
por Dios grande por su poder, pues le vieron expeler demonios, alumbrar ciegos,
limpiar leprosos, consolidar paralíticos, resucitar con su palabra muertos,
mandar los elementos, refrenar las tempestades, andar sobre los mares
mostrándose palabra primogénita de Dios, primordial principio de las [223] cosas con espíritu,
razón y poder; que vivificando con su palabra se pudo conocer que era el mismo
que en la primera formación del universo crió con la palabra. Así se
exasperaban con su doctrina los principales maestros judíos porque los
convencía, mayormente porque le seguía numeroso concurso del pueblo, que
finalmente le presentaron á Poncio Pilatos 212, que gobernaba la Siria por los romanos, y con votos
violentos y extorsiones lo pidieron para clavarlo en una cruz 213. Ya dijo Cristo antes que lo habían de
hacer así: esto fuera poco si mucho antes no lo hubieran ya dicho los profetas.
Con todo eso estando cruficado mostró prodigios propios de la muerte de su
divina persona; porque con la palabra envió voluntariamente el alma previniendo
el oficio al verdugo que rompía las piernas de los agonizantes crucificados
214. Al momento de
expirar, estando el sol en medio del cielo, se escondió en las tinieblas el
día. Pensaron que era eclipse los
que no sabían la profecía que en la muerte de Cristo había de cegar el sol.
Este general desmayo de la luz lo hallaréis en vuestros archivos advertido por
inaudito en la naturaleza 215. Bajado el cuerpo de la Cruz, y ungido con aromas le pusieron en el
monumento, y entonces los judíos cercaron el sepulcro con guarda militar y [224] diligente custodia; que como había dicho había de
resucitar de la muerte al tercer día, temieron los judíos recelosos no le
hurtasen sus discípulos.
Pero llegando el día tercero, estando los discípulos huidos, repentinamente
se oyeron alborotos, la tierra se estremeció, la piedra que cerraba la puerta
se apartó, los guardias pavorosamente desmayaron, y dentro del sepulcro no se
hallaron sino los despojos del sepultado. Con todo eso los ministros judíos que
estaban concertados para divulgar la maldad, cuando supieron el suceso,
temerosos de no perder la gracia del pueblo y los salarios, echaron voz de que
los discípulos habían hurtado el cuerpo difunto. No quiso el resucitado
mostrarse al vulgo para que los impíos no saliesen de su error, y para que la
fe destinada á tan gran premio sintiese dificultad. Pero con algunos de sus discípulos comunicó
cuarenta días en la región de Galilea de Judea, enseñándoles lo que habían de
enseñar. Habiéndolos después ordenado predicadores del mundo, á vista suya le
cercó una nube, y se subió al cielo con más verdad que Rómulo; que esta subida
tiene los testigos más abonados que Proclo 216. De los prodigios de la vida y muerte de Cristo
escribió á Tiberio César el presidente Pilatos 217, en su conciencia cristiano, si durara
constante en su sentir; y también los Césares hubieran ya creído en Cristo, si,
ó los Césares no amaran tanto los [225] vicios, ó los cristianos pudieran ser
Césares viciosos. Los discípulos se dividieron por el mundo predicando,
como se lo mandó Dios, su maestro. Estos
padecieron gustosamente muchas persecuciones de los judíos por la fe 218, y después en la persecución de Nerón
hicieron en Roma con la sangre la sementera.
Pero ya produciremos idóneos
testigos de la divinidad de Cristo que serán los mismos dioses que adoráis, y
no es maravilla que los alegue; que para que lleguéis á creer á los cristianos
es necesaria la infalible deposición de vuestros dioses. Mientras no llegan,
sabed que este es el orden de nuestro instituto: este principio publicamos de
la religión cristiana, de su nombre y de su autor. Nadie piense otro de
nosotros de lo que aquí decimos: nadie nos infame de otros delitos supuestos:
claramente decimos lo que adoramos; que á nadie es lícito mentir, ni disimular
la religión que profesa. Por el mismo caso que se finja la religión, se
niega; porque quien traslada el culto, muda la adoración, y el que la muda la
niega, porque deja de adorar lo que adoró. Ya lo decimos, y públicamente lo
decimos, y ensangrentados y despedazados á tormentos, á boca llena lo gritamos
á los atormentadores: «Que adoramos á Dios por Cristo.»
Este es nuestro Dios: no importa que lo miréis vosotros como hombre puro;
que por él y en él quiere Dios ser conocido y adorado. Para responder á los judíos basta saber que
Moisés, aunque fué hombre, les enseñó á ellos la verdadera religión. Para
atajar á los griegos acuérdense que Orfeo enseñó la religión en Pieria 219, [226] Museo en Atenas, Melampos á los argivos
220, Trifonio á los
de Boecia 221. Y si os miro á
vosotros, que sois los señores de las gentes, ya sabéis que Pompilio Numa, el
que cargó con tan trabajosas supersticiones á los romanos, no fué más que un
hombre. Pues si fué lícito á un hombre atobar con tanta muchedumbre de
divinidades ajenas á hombres rústicos y salvajes, fáciles de engañar, ¿no le
será lícito á Jesucristo dar un Evangelio, que sea comento de su propia
divinidad, á hombres ya cultos y políticos que no creen temerariamente para que
con nuevos ojos vean la luz de la verdad?Inquirid, pues, ¡oh romanos!;
oídnos y examinad si esta divinidad de Cristo es verdadera: si esta religión es
honesta;. y si se hallare buena para informar las costumbres en el bien,
renuncíese la falsa; mayormente, pues ya se ha hallado la razón por qué se
adoraba alguna cosa escondida en las estatuas de hombres muertos; pues ya se
sabe con certeza quién obraba los prodigios, y de dónde salían las voces de los
oráculos que tenían en algún crédito la fe falsa de la divinidad fingida. [227]
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