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CAPITULO XXV. ---- QUE ES FALSA LA PRESUNCIÓN DE LOS ROMANOS
CON QUE PIENSAN HAN OCUPADO EL IMPERIO DEL MUNDO POR EL CUIDADO QUE HAN TENIDO
EN LA VENERACIÓN DE LOS DIOSES.
Tan suficientemente me parece haber probado si es verdadera ó falsa esta
divinidad, habiendo mostrado la consistencia de la prueba no sólo con disputas
y argumentos, sino con los testimonios de los mismos Dioses á quien creéis, que
de este punto no hay para qué volver á hacer mención otra vez.
Mas porque ocurre tan de cerca la mención del nombre romano, no dejaré sin
respuesta el encuentro que provoca la presunción de los que dicen: «Que los
romanos por méritos de la diligentísima observancia de la religión han sido
ensalzados á tanta sublimidad, que han señoreado el mundo; y con tanta certeza
entienden que hay dioses, que creen han hecho los dioses que florezcan sobre
todos los que sobre todos los veneran.» Pero si los dioses han pagado á los
romanos con tanto premio estos servicios 258, ESTERCULIO
259, MUTINO 260 [242] y LARENTINA 261, como dioses naturales de Roma han
sublimado el Imperio, que los otros dioses extranjeros yo creería quisieran
favorecer más sus naciones; sus patrias, donde nacieron, crecieron, valieron y
murieron, que á otras naciones extrañas y remotas. Pera véase si Cibeles
262 tuvo con los
propios paisanos esta parcialidad, pues por ser ella de Frigia, en cuyo
distrito está Troya, tiene tan tierno amor á los romanos como á reliquias del
linaje troyano, y descendientes de Eneas, su patriota, á quien ella defendió de
los argivos.
Pero diréis que Cibeles no por eso favorece á Roma, sino porque
antevio como divina y preconoció como diosa que los romanos habían de destruir
á los griegos, que fueron los que destruyeron á su patria, Frigia, y así con la
presciencia que tuvo que habían de vengar sus agravios los romanos, se vino á
favorecerlos. Pero en verdad que estos días dejó la majestad de Cibeles una
señal y documento moderno de su divina presciencia, porque habiendo muerto
Marco Aurelio en la ciudad de Sirmio 263,
de la inferior Hungría, á diez y siete de Marzo; el Archigalo de Cibeles
264, aquel santísimo
sacerdote sacrificó á veinticuatro días del mismo mes la sangre impura, los
muslos y testículos de muchos que castró, por la salud del emperador, que había
siete días [243] que era muerto. ¡Oh tardos
correos! ¡Oh perezosos despachos! ¡Oh postas negligentes, por cuya pereza no
supo antes Cibeles la muerte del emperador! Ellos tuvieron la culpa de que los
cristianos tanto se hayan reído de la diosa.
Pero si dan los reinos los dioses, no es creíble que Júpiter permitiera que
su querida patria Creta 265
fuese tan presto destruida de los escuadrones romanos, olvidado del Ideo, su
cueva amada, del sonido de los cheribantos y del suavísimo olor de la cabra
Amaltea, su nodriza 266.
¿Por ventura no hubiera preferido Júpiter el sepulcro donde están sus cenizas
267 al Capitolio donde
está su estatua? Que si por mano de Júpiter manda el mundo una ciudad, parece
que dispusiera lo mandase aquella tierra que cubría sus cenizas. ¿Por ventura quisiera
Juno que Samo donde nació 268,
y Cartago, donde reinó, fueran desoladas por el linaje troyano? 269. Que si en Cartago tuvo el imperio
Juno, las armas y el poder, ella la hubiera amparado si los hados se lo
hubieran permitido. ¡Miserable diosa, hermana y mujer de [244] Júpiter, que no pudo
contra el hado! Pero en esto iguales son los hermanos, que también Júpiter al
hado estuvo sujeto. ¿Así pagan,
pues, los dioses con reinos los servicios? Vosotros se los quitáis con agravios,
¿y ellos los dan por premios de sus injurias? Y aunque debe Roma á los
hados el imperio de Cartago 270,
no les dió tanta honra como da á Larentina, vulgarísima ramera. Pues si al hado
que os dió imperios no dais culto, ¿cómo es premio de vuestra religión la
grandeza del imperio?
Cierto es haber reinado muchos
dioses. Pues si los dioses
dan los reinos, los dioses que no adoraron deidades y fueron reyes, ¿de quién
recibieron la gracia de la corona real? ¿A quién adoraron Saturno y Júpiter? Yo
creo que á algún Esterculio. Aunque no reinaron en Roma los advenedizos
aborígenes 271, reinaron
después los ausonios y sicanos antes que nacieran Júpiter y Saturno, que fueron
los primeros dioses. Luego si antes que el primer dios se labrara hubo en Roma
reyes, no dan los dioses los reinados. ¿Pero qué vanidad es atribuir la
excelsitud del imperio romano á la religión, si estuvo antes el imperio ó reino
crecido, que creciera la religión. Aunque vuestra religión pudiera
merecer imperios, no se le puede deber á ella el aumento del romano, porque ya
estaba el imperio rico cuando aún era pobre la religión. Porque aunque inventó
Numa 272 esta [245] curiosidad supersticiosa
de religión, comenzó con tanta pobreza, que no tenían los romanos ni templos,
ni imágenes: la religión era estrecha; los ritos pobres; no había Capitolio que
compitiese con el cielo; el altar era un césped desaliñado; los vasos no eran
de Samia 273; más olia
el barro de los vasos, que las reses del sacrificio. No había aún dioses
figurados; que no habían nacido aún los ingenios de los griegos y toscanos
274, tan primorosos en
labrar ídolos con que hoy inunda Eoma. Luego si la religión era tan pobre
cuando no era tan próspera la ciudad; si creció con las mismas riquezas, no
fueron los romanos antes religiosos que ricos. Luego tampoco fueran grandes por
haber sido religiosos.
¿Pero cómo son grandes por la religión los que profanando la religión
alcanzaron la grandeza? Si yo no me engaño, todo reino é imperio se amplía con
las victorias; las victorias se consiguen con las guerras, y las guerras no se
hacen sino rindiendo y destruyendo ciudades. Esto no se puede ejecutar sin
grande injuria de los dioses. En la
guerra, igual es el estrago de las murallas y los templos; iguales las muertes
de los ciudadanos y sacerdotes; iguales los robos de las riquezas profanas y
sagradas. Tantos sacrilegios cometieron los romanos como solemnizaron trofeos;
tantos triunfos celebraron de los dioses como de las naciones; tantos despojos
ganaron como tienen dioses cautivos. Y admiro en esto la apacibilidad de los
dioses, que se dejen adorar de los que los cautivan; que premien más las
injurias que las adulaciones, y que decreten eterno imperio y sin fin para Roma
que tanto les oprime. [246] Ciertamente no puede el crédito humano
entender que por méritos de la religión hayan crecido los que, como dijimos,
ofendiendo á la religión crecieron, ó creciendo la ofendieron. Y yo creería que
tantos reinos que se fundieron para que crecidamente se labrase la suma
grandeza del imperio, tenían también religión y se perdieron; que vuestra
religión así destruye como engrandece los reinos. [247]
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