|
CAPITULO XXVI. ---- QUE SOLO DIOS, CUYO ES EL MUNDO, DA A LOS PRÍNCIPES LOS REINOS.
Mirad, pues, no sea que reparta
los reinos aquel cuyo es el mundo regido y el hombre mismo que reina. No sea
que aquel Señor que fué antes de todo tiempo, y que de la edad imaginaria de
los siglos que antecedieron á los tiempos, compuso un cuerpo de tiempo con
partes de primeras duraciones y postreras, haya decretado que cada parte de
tiempo tenga en el mundo á veces el dominio de los reinados. No sea que aquel
que antes que hubiera ciudades tuvo el linaje humano en su dominio, haya
ordenado ensalzar unas ciudades y tener á otras humilladas.
¿Cómo erráis no conociendo que
tenía dueño el mundo y el imperio antes que nacieran los dioses? ¿Cómo erráis
no entendiendo que hubo imperios en la tierra antes del aparato supersticioso
de la religión romana? Antes fué Roma selva inculta que sus dioses mismos
275; antes tuvo
reyes que se edificase el Capitolio, teatro de las supersticiones; antes que
vuestros pontífices reinaron los babilonios; antes que los quindecinviros
reinaron los medos 276; antes que los salios, los [248] egipcios 277; antes que los lupercos los asirios
278; antes que las
vestales las amazonas.
Finalmente, si la religión romana da los reinos, ¿cómo reinó en tiempos
pasados con tanta opulencia. Judea, siendo la que más despreció estas comunes
divinidades? ¿Cómo siendo tan contraria á vuestros ritos floreció tanto que
tuvieron á bien los romanos honrar á su Dios con víctimas, á su templo con
dones, á su pueblo con mutua confederación 279? Al cual nunca lo mandaréis hoy vosotros 280, si él no hubiera pecado contra Dios,
y últimamente contra Cristo. [249]
|