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CAPITULO XXVII. ---- QUE LOS DEMONIOS INCITAN Á LOS GENTILES CONTRA LOS CRISTIANOS; QUE
AUNQUE LES ESTÉN SUJETOS TIENEN CONTUMACIA DE ESCLAVOS.
Esto basta contra el intento de
los que nos acusan de crimen de lesa divinidad, pues no se ofende á los dioses
que no son. Qué maravilla, pues, que provocados á sacrificar, los pies se
aplomen, y cierre el camino la fe de nuestra conciencia con que ciertísimamente
sabemos á quién se encaminan estos servicios, aunque parece que se hacen á
estatuas consagradas debajo la invocación de algunos hombres. Este tesón con
que rehusamos este culto llaman algunos locura, pareciéndo-les que podríamos
sacrificar en lo exterior, quedando el ánimo interior entero para escapar de la
muerte, y no preferir la obstinación á la vida. Agradecimiento merece el
consejo que nos dais para engañaros. Pero ya sabemos quién es el que inspira estos
consejos, el que administra esta piedad, el que forja estos arbitrios, el que
se vale, ya de la blanda astucia, ya del rigor cruel para enflaquecer nuestra
constancia. Este es aquel espíritu demoniaco, arquitecto de embelecos,
embustero de mentiras, enemigo nuestro por su divorcio, envidioso por los
divinos favores, que desde el alcázar de vuestros entendimientos con
inspiración oculta os instruye y nos combate, templando el rigor con la
caricia, la fiereza con el halago para sobornar nuestra firmeza y trabucar
vuestro entendimiento para que juzque con [250] perversidad de juicio y rigurosa
iniquidad, como dijimos en el principio del tratado.
Pero decís: ¿cómo causan estos
daños los demonios si están á los cristianos sujetos? Sin duda alguna lo están;
pero esta sujeción es de esclavos que mezclan alguna vez con el temor la
contumacia. Los siervos siempre procuran dañar á sus dueños no obstante que
como á señores les respeten; que el temor servil respira odios. A más
que en aquel estado desesperado, mientras no llega la última condenación del
juicio se entretiene su malicia en este gozo, se deleita su maldad en ocasionar
nuestros daños 281.
Pero aunque estén más briosos, echándoles la mano á la melena se rinden y caen
á la servidumbre de su estado, y de cerca ruegan temerosos á los que de lejos
ofendían. Siervos son, si bien alguna vez se rebelan saliendo impetuosamente de
aquella cueva infernal contra nosotros 282, como los esclavos, que saliendo de las cárceles, de
las cijas, de las minas, ó de otra penal servidumbre, conspiran contra sus
señores, que como se conocen inferiores danse por perdidos, si no se valen de
la rebelión; y pudiendo nosotros tratarlos como á rebeldes con superioridad de
señores, es fuerza para mostrar nuestro valor y virtud resistirles como á
iguales, y tenerles campo como si fuesen legítimos combatientes. A estos
enemigos entonces los rendimos con mayor gloria, entonces los entramos con más
solemne pompa atados al carro de nuestro triunfo, cuando morimos por la
constancia de la fe. [251]
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