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CAPITULO XXXIII. ---- QUE EL EMPERADOR NO ES DIOS, SINO PURO
HOMBRE.
Pero ¿qué puedo yo decir de la piedad y respeto que tienen los cristianos
con los emperadores? Venerámosle como á hombre á quien eligió Dios entre todos
307; y como le puso en
aquel estado nuestro Señor, con razón decimos: el César es más nuestro, pues
nuestro Dios lo hizo César. Siendo, pues, más mío que vuestro, más debo yo
trabajar por su salud, no sólo porque pido con méritos para impetrar á quien
puede dar lo que le pido, sino porque templando la majestad del César con la
inmediata sujeción y subordinación á Dios, más lo encomiendo á su cuidado
cuando á él tan solamente lo sujeto; pero á quien lo sujeto no lo igualo.
El no querer llamar Dios al emperador no es odio, sino servicio suyo:
rehusamos este lenguaje ó por no saber mentir, ó por no atrevernos á burlar de
nuestro príncipe con la adulación, ó porque haciéndose de los hombres los
emperadores, por ventura no querrá dejar de ser hombre, ó porque es
conveniencia suya el dar á Dios la ventaja. Harto tiene con llamarse emperador.
Grande es aún el nombre que Dios puede dar tan solamente. El que lo llama Dios
le quita el imperio, que [264] son hombres los que imperan. Aun en aquel sublimísimo
carro 308 se le avisa
de la condición de su naturaleza. A las espaldas del emperador triunfante va un
ministro que le dice: «Mira tras de ti: acuérdate que eres hombre 309.» Y llanamente más se goza viéndose en
tanto lustre de gloría, que sea necesario el acuerdo de su naturaleza. Menor
sería si entonces se dejase llamar Dios, que la menoscabaría una mentira. Mayor
es que la honra sea tanta, que sea necesario detener el pensamiento para que no
lo piense. [265]
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