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CAPITULO XXXV. ---- QUE LOS CRISTIANOS EL DÍA DE LAS FIESTAS DEL CÉSAR LE DAN MAYORES
HONRAS QUE LOS GENTILES.
Por esto son, pues, los
cristianos públicos enemigos, porque no dedican á los emperadores ni
honras vanas, ni mentirosas ni temerarias 314; porque los profesores de religión verdadera
celebran sus fiestas, no con lascivias torpes, sino con conciencia pura.
Grande servicio, grande agasajo
hacen, por cierto, al emperador los que el día de la fiesta de su nacimiento
315 sacan á la
calle los estrados, las mesas y toda la cocina; los que andan tragando de calle
en calle, disfrazándose una ciudad insigne en traje de tabernera, tirándose
lodo como borrachos 316, andando en camaradas, injuriando á todos con disfraces desvergonzados
para halagar la lujuria. ¡Esto es así!; que con una pública deshonra se
ostenta un público. ¡Esto pasa así!; que lo que está prohibido en todos los
días se pueda [268] hacer lícitamente el día
que es fiesta del César. ¿Es posible que los mismos que por respeto del César
guardan recatadamente la modestia, esos mismos por su causa la profanen? ¿Que la licencia para las malas costumbres
sea piedad? ¿Que la ocasión de la lujuria pase plaza de religión? ¡Oh
miserables cristianos! Con razón merecen la condenación, porque castos, sabios
y honrados cumplen con las solemnidades de los emperadores. ¡Oh públicos
enemigos! porque no enraman con laureles las puertas de las casas el día de la
fiesta 317; porque al
medio día no le rompen al sol sus rayos con las antorchas 318; porque no piensan que es decente y es
honesto en tan pública solemnidad entoldar las casas con las libreas de las
casas públicas de las rameras 319.
Pero quería en este segundo
crimen de lesa Majestad de que nos acusáis como de segundo sacrilegio 320, porque no celebramos los días solemnes
del César con ese modo que inventó, no la razón, sino el deleite, y no lo sufre
ni la modestia, ni la vergüenza, ni la honestidad, mostrar la verdad y vuestra
fe, por si acaso os hallare yo aun en eso peores que los cristianos que llamáis
indevotos de los romanos y públicos enemigos de los emperadores. A los mismos
quirites 321, [269] al mismo pueblo romano que nació y habita en los
siete montes reconvengo para que digan si perdonó jamás aquella lengua romana á
algún César que no haya satirizado. Buen testigo será el Tíber y los corrales
donde las bestias se ensayan 322. Y si la naturaleza hubiera puesto en el pecho
una materia diáfana, se viera en el corazón del pueblo salir ó entrar, como en
patio de comedia, un César, y otro nuevo César repartiendo el congiario
323, aun en aquella
misma hora que el pueblo aclamando grita: Júpiter de nuestros años aumente los
Turos. Esto el cristiano no lo dice, porque ni sabe adular, ni desea
nuevo César, que desinteresadamente venera en el presente la mano que le puso.
Diréis que esta inconstancia es
del vulgo, y que el vulgo es vulgo. Sí; pero aunque vulgo no deja de ser
romano, y aun el que más insta en la condenación de los cristianos. Atribuís al
vulgo la mengua de la fe, porque llanamente los de la nobleza, los del senado,
los del orden ecuestre, los castellanos de las fortalezas, los oficiales de
palacio jamás maquinaron hostilidad ni alevosía. Pero Avidio Casio 324, que conspiró en Antioquía; Pescenio
Nigro 325, que se alzó en
Siria; Albino 326, [270] que se rebeló en Britania 327, ¿en qué orden estaban de nobleza ? ¿Que
calidad tenían los preteríanos que cercaron al emperador Cómodo en la puerta de
los dos laureles 328? ¿De qué orden era Aelio Leto, el que trazó que al mismo Cómodo lo
ahogase Narciso en el ejercicio de la lucha? ¿De dónde eran los armados que
invadieron el palacio de Pertinax 329,
y le mataron con más atrevida hostilidad que Estéfano y Partenio á Domiciano
330? Estos nobles, si
no me engaño, romanos eran, digo, no cristianos. Todos estos tenían rebalsada
en el pecho la impiedad alevosa, hasta que impetuosamente reventó; sacrificaban
por la salud de los emperadores en palacio y fuera de él; celebraban sus
solemnidades, juraban por su genio y llamaban á los cristianos públicos
enemigos de los emperadores.
Pero aun aquellos cómplices que cada día se descubren, parricidas de Pertinax,
padrinos que son ahora de las malvadas partes de la rebelión de Albino, de los [271] cuales después de la
vendimia se anda ahora haciendo la rebusca 331, enramaban las puertas con fresquísimos y frondosísimos
laureles; asombraban el día con altísimas y clarísimas antorchas, y dividían la
plaza con aliñadísimas y soberbísimas mesas, no para celebrar los gozos
públicos del César, sino para ensayar sus propios deseos, y para que en la
solemnidad ajena tuviese dechado y buen agüero la imagen de sus esperanzas;
pues por el suceso se ha conocido, que aunque el aparato miraba al emperador
presente, pero en su corazón mudaban el nombre del príncipe.
De esta misma calidad son los servicios que hacen al César los que consultan
á los astrólogos 332, á
los adivinos, á los agoreros y á los magos sobre su vida y salud. Estas artes las inventaron los ángeles
apóstatas, y Dios las tiene prohibidas; por eso no se valen de ellas los
cristianos, ni aun para sus mismos negocios. Ninguno tiene necesidad de
escudriñarle al emperador la salud, ni de saber el término de su vida, sino
aquel que maquina algo contra ella, y desea que se consiga, ó el que después de
ella espera algo y lo difiere. No se consultan con una misma intención los
sucesos de los amigos y los de los señores; al amigo el amor le hace curioso;
al siervo la sujeción solícito. [272]
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