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| Guy de Maupassant La Casa Tellier IntraText CT - Texto |
Se iba allá, cada noche, alrededor de las once, como se va a un café,
simplemente.
Se
encontraban seis a ocho, siempre los mismos, no eran juerguistas sino hombres
honorables, comerciantes, jóvenes funcionarios de gobierno; tomaban su chartreuse
alegremente con alguna de las muchachas, o bien charlaban seriamente con
"Madame", a quién todos respetaban.
Luego se
recogían a dormir antes de la media noche. Los jóvenes algunas veces se
quedaban.
La casa era de familia, pequeñita, pintada de amarillo, en la esquina de una
calle detrás de la iglesia de Saint-Etienne; por las ventanas, se veía la bahía
llena de barcos que descargaban, el gran pantano salado llamado "La
traba", detrás, el costado de la Virgen con su vieja capilla completamente
gris.
Madame,
provenía de una buena familia de campesinos del departamento del Eure, había
aceptado esta profesión igualmente como hubiera sido modista o sirvienta. El
prejuicio de deshonra asociado a la prostitución, tan violento y tan vivo en
las ciudades, no existe en la campiña Normanda. El campesino dice: - Es una
buena profesión - y enviarían a sus hijos a mantener un harem de mujeres como
los enviarían a dirigir un internado de señoritas.
Esta casa,
por lo demás, provenía de herencia de un viejo tío de la cuál era propietario.
Monsieur y Madame, anteriormente proxenetas cerca de Yvetot, lo habían
inmediatamente liquidado pensando que el negocio de Fécamp era más ventajoso
para ellos; habían llegado una bonita mañana a tomar la dirección de la empresa
que colapsaba en ausencia de sus dueños.
Eran buena
gente, que se hicieron querer inmediatamente por su personal y sus vecinos.
El señor Tellier murió de un ataque dos años más tarde. Su nueva profesión lo
mantenían entre la molicie y el sedentarismo, engordando demasiado, dañó su
salud.
Madame,
después de enviudar, era deseada, sin éxito, por los parroquianos del
establecimiento; se la reconocía como una persona absolutamente prudente, y las
propias asiladas no habían llegado a descubrir nada.
Era alta,
entrada en carnes, bien parecida. Su tez, pálida por la oscuridad de ese
albergue siempre cerrado, brillaba como bajo un barniz grasiento. Un delgado
adorno de rulos, falsos y enroscados, rodeaban su frente y le daban un aspecto
juvenil, que contrastaba con la madurez de su figura. Siempre alegre y su cara
animada, atraía fácilmente, con un matiz de moderación que sus nuevas
ocupaciones no habían podido aún hacerla perder. Las palabras soeces le chocaban
siempre un poco; y cuando un muchacho mal educado se refería por su nombre
propio del establecimiento que ella dirigía, se enojaba, sublevada. En fin,
tenía un alma delicada, y, aunque que trataba a sus mujeres como amigas,
repetía a menudo que ellas " no eran harina de un mismo costal".
Algunas
veces durante la semana, partía en coche de arriendo con una fracción de su
tropa; y se iban a retozar en la hierba en la orilla del riachuelo que corre en
los extramuros de Valmont. Eran entonces un grupo de señoritas internas
fugadas, con carreras locas, con juegos infantiles, toda una alegría de
reclusas intoxicadas por el aire libre. Se comía la merienda sobre el césped
bebiendo cidra, se volvía a la caída de la noche con un cansancio delicioso,
una dulce emoción; y en el coche besaban a Madame como a una muy buena madre
llena de indulgencia y complacencia.
La casa
tenía dos entradas. En la esquina, una suerte de café de mala fama se abría en
la noche a la gente del pueblo y los marineros. Dos de las personas encargadas
del especial comercio del lugar eran exclusivamente destinadas a las
necesidades de esta parte de la clientela. Servían con la ayuda de un camarero
llamado Frédéric, un rubiecito imberbe y fuerte como un buey, las botellas de
vino y los jarros de cerveza sobre las mesas de mármoles inestables, y, con los
brazos lanzados al cuello de los bebedores, sentadas a través de sus piernas,
fomentaban el consumo.
Las otras
tres damas (eran solo cinco) formaban una suerte de aristocracia, y permanecían
reservadas a la clientela del primer piso, a menos que fueran requeridas abajo
y que el primero estuviese vacío.
El salón
Júpiter, donde se reunían los burgueses del lugar, estaba tapizado de papel
azul y ornamentado de un gran dibujo representando a Leda extendida bajo un
cisne. Se llegaba a este lugar por medio de una escalera de caracol terminando
en una puerta estrecha, humilde de apariencia, dando a la calle, y sobre ella
brillaba toda la noche, detrás de una celosía, un pequeño farol como aquellos
que alumbran aún en ciertas ciudades a los pies de vírgenes empotradas en los
muros.
El edificio,
húmedo y viejo, olía ligeramente a moho. Por momentos, un aroma de agua de
colonia pasaba por los pasillos, o bien una puerta entreabierta en el piso bajo
hacía escuchar en toda la casa, como una explosión de trueno, los gritos
populacheros de los hombres del piso bajo, y ponían en la cara de los señores
del primero una mueca inquieta y de disgusto.
Madame,
amable con sus clientes, sus amigos, no se movía del salón, y se interesaba de
las murmuraciones de la ciudad que les atañía. Su conversación seria,
contrastaba con los temas sin sentido de las tres mujeres; ella era como un
descanso de los chistes pícaros, de los peculiares panzones, que se decían cada
noche en esta orgía decente y mediocre de beber un vaso de licor en compañía de
mujeres públicas.
Las tres
damas del primero se llamaban Fernanda, Rafaela y Rosa la Jaca.
Como el
personal era poco, habían tratado que cada una de ellas fuera como una muestra,
un compendio de tipo femenino, a fin de que todo consumidor pudiera encontrar
allí, un poco más o menos, la realización de su ideal.
Fernanda representaba la bella rubia, muy gorda, casi obesa, fofa, hija del
campo cuyas pecas se rehúsan a desaparecer, y cuyo pelo ondea, corto, claro y
sin color, parecido a un cáñamo peinado, le cubría insuficientemente el cráneo.
Rafaela, una
Marsellesa, puta de puertos, jugaba el rol indispensable de la bella Judía,
delgada, con los pómulos salientes enlucidos de maquillaje rojo. Sus cabellos
negros, brillantes como el espinazo de un buey, formaban unos ganchos sobre sus
sienes. Sus ojos hubiesen sido bellos si el derecho no hubiese estado marcado
por una nube. Su nariz arqueada caía sobre una mandíbula prominente donde dos
dientes nuevos, en alto, desentonaban al lado de aquellos, abajo, que habían
tomado al envejecer un tinte oscuro como las maderas viejas.
Rosa la J
aca, una pequeña bola de carne toda en el vientre con dos
piernas minúsculas, cantaba de la mañana a la noche, con una voz cascada, unos
versos alternativamente obscenos o sentimentales, contaba unas historias
interminables y triviales, no cesaba de hablar callando solo para comer y de
comer solo para hablar, siempre agitada, ágil como una ardilla a pesar de su
gordura y la exigüidad de sus patas; y su risa, una cascada de gritos agudos,
estallaban sin cesar, aquí, allá, en el dormitorio, en la despensa, en el café,
por todos lados, sin ningún motivo.
Las dos
mujeres de abajo, Luisa apodada Cocote, y Flora, la columpio porque cojeaba un
poco, la una siempre vestida como La libertad con una cinta tricolor, la otra
como fantasía Española con unos cequíes de cobre que danzaban en su pelo
zanahoria con cada uno de sus pasos desnivelados, tenían el aire de cocineras
vestidas para un carnaval. Parecidas a todas las mujeres del pueblo, ni más
feas ni más bonitas, verdaderas sirvientes de posada, se les apodaba en el
puerto bajo el sobrenombre de las dos bombas.
Una paz
celosa, pero raramente perturbada, reinaba entre estas cinco mujeres, gracias a
la sabiduría de conciliación de Madame y a su inextinguible buen humor.
El establecimiento,
único en la pequeña ciudad, era frecuentado asiduamente. Madame había dado al
lugar una dignidad como si la tuviera; se mostraba tan amable, tan atenta hacia
todo el mundo; su buen corazón era tan conocido, que una suerte de
consideración la rodeaba. Los clientes la invitaban por cuenta de ellos,
exultados cuando ella les expresaba una amistad más marcada; y cuando se
encontraban durante el día por sus quehaceres, se decían: - Esta noche, donde
tú sabes, como diciendo: En el café, ¿no es cierto? después de comida.
En fin La
casa Tellier era una costumbre, y raramente alguno se perdía la cita cotidiana.
Sin embargo,
una noche, hacia fines del mes de Mayo, el primero en llegar, el Señor Poulin,
comerciante de maderas y ex-alcalde, encontró la puerta cerrada. El farolito,
detrás de su reja, no estaba encendido; ningún ruido salía del hospedaje, que
parecía muerto. Golpeó suavemente la puerta, luego con más fuerza; nadie
respondió. Caminó por la calle lentamente y cuando llegó a la plaza del mercado
se encontró con el señor Duvert, el armador, que se dirigía en la misma
dirección. Regresaron juntos sin mayor éxito. Pero una gran batahola se escuchó
repentinamente detrás de ellos, y a la vuelta de la casa, vieron un grupo de marineros
Ingleses y Franceses que aporreaban a golpes de puño las persianas del café.
Los dos
burgueses se fueron inmediatamente para no verse comprometidos, pero un apagado
"pss´t" los contuvo: era el señor Tournevau, el salador de pescado, que
habiéndoles reconocido, los llamó. Le dijeron la novedad, no había nadie más
afectado que él, casado, padre de familia y muy dominado, no venía mas que los
sábados, "securitatis causa", decía, haciendo referencia a una medida
de control sanitario, que el doctor Borde, su amigo, le había revelado se
efectuaba periódicamente. Era precisamente su noche y de esta manera estaría
contenido por toda la semana.
Los tres
hombres hicieron un gran rodeo hasta el muelle, encontrando en el camino al
joven señor Philippe, hijo de un banquero, un parroquiano, y el señor Pimpesse,
el recaudador de impuestos. Todos juntos regresaron por la calle "de los
Judíos" para hacer una última tentativa. Pero los marineros enardecidos
sitiaban la casa, lanzaban piedras, dando alaridos; los cinco clientes del
primer piso, retornando a su camino lo más pronto posible, comenzaron a vagar
por las calles.
Se
encontraron con el señor Dupuis, el agente de seguros, después al señor Vasse,
el juez de los tribunales de comercio; e iniciaron un largo paseo que los llevó
primero al rompeolas. Se sentaron en línea sobre el pretil de granito y miraban
rizarse el oleaje. La espuma sobre la cresta de las olas, hacía en la sombra,
blancuras luminosas, extinguiéndose inmediatamente que aparecían, y el ruido
monótono del mar rompiendo contra las rocas se prolongaba en la noche a todo lo
largo del acantilado. Cuando los tristes caminantes hubieron descansado por un
rato, el señor Tournevau dijo: - Esto no es divertido.- No lo es, respondió el
señor Pimpesse; regresaron abatidos.
Después de
bordear la calle que domina la costa y que se llama: "Sous -le-Bois",
regresaron por el puente de madera sobre el "Retenue", luego
atravesaron la línea del ferrocarril y desembocaron nuevamente en la plaza del
mercado, donde comenzó de repente una discusión entre el recaudador, el señor
Pimpesse, y el salador, el señor Tournevau, a propósito de una seta comestible
que uno de ellos afirmaba haber encontrado en los alrededores.
Los ánimos
estaban agriados por el tedio, quizás habrían llegado a los puños si los otros
no hubiesen intervenido. El señor Pimpesse, furioso, se retiró. Y un nuevo
altercado se produjo entre el ex-alcalde, el señor Poulin y el agente de
seguros, el señor Dupuis, acerca del sueldo del recaudador y los beneficios que
podría procurarse. Los correspondientes insultos volaban de ambos lados, cuando
una tempestad de gritos formidables se desencadenó, y la tropa de marineros,
cansados de esperar en vano ante una casa cerrada, desembocaron en la plaza. Se
tomaban por el brazo, de dos en dos, formando una larga procesión, vociferando
furiosamente. El grupo de burgueses se ocultó bajo un portal, y la horda
aulladora desapareció en dirección a la abadía. Largo tiempo aún se escuchó el
clamor disminuyendo como un trueno que se aleja; y el silencio se restableció.
El señor
Poulin y el señor Dupuis, indignado el uno con el otro, se fueron cada uno para
su lado sin despedirse.
Los otros cuatro reanudaron la marcha y volvieron a bajar instintivamente hacia
el establecimiento Tellier. Estaba completamente cerrado, mudo, impenetrable.
Un borracho, tranquilo y obstinado, daba pequeños golpes en la vitrina del
café, luego se detenía para llamar en voz baja al camarero Federico. Viendo que
no le contestaban, decidió sentarse en el umbral de la puerta, y esperar los
acontecimientos.
Los
burgueses iban a retirarse cuando un grupo bullicioso de hombres del puerto
apareció al final de la calle. Los marineros Franceses berreaban la Marsellesa,
los Ingleses la Rule Britania. Hubo una pateadura general contra los muros,
después la marea de rufianes reanudó su carrera hacia el muelle, donde una
batalla se declaró entre los marinos de ambas naciones. En la reyerta, un
Inglés se quebró el brazo, y un Francés se partió la nariz.
El borracho,
que permanecía delante de la puerta, lloraba ahora como lloran los borrachines
o los niños contrariados.
Finalmente
los burgueses se dispersaron.
Poco a poco
se restableció la calma en la ciudad perturbada. De vez en cuando, aún por
momentos, un ruido de voces se elevaba, para extinguirse en lontananza.
Solo un
hombre continuaba vagando, el señor Tournevau, el salador, afligido de esperar
hasta el próximo sábado; esperaba algún incidente, no comprendía; lo exasperaba
que la policía dejara cerrar así un establecimiento de utilidad pública, que
supervisa y tiene bajo su tuición.
Regresó
husmeando los muros, buscando el motivo; se dio cuenta que sobre el toldo
estaba pegado un cartel. Encendió rápidamente una cerilla alumbrando unas
palabras en una letra grande y desigual: "Cerrado por primera
comunión".
Entonces se
fue, comprendiendo que no había caso.
El borracho
ahora dormía, tendido a lo largo y atravesado en la inhóspita puerta.
Al día siguiente, todos los parroquianos, uno después de otro, encontraron
motivos para pasar por la calle con unos papeles bajo el brazo para despistar;
con una mirada furtiva, todos leyeron el anuncio misterioso: "cerrado por
primera comunión".