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| Guy de Maupassant La Casa Tellier IntraText CT - Texto |
II
Es que Madame tenía un hermano carpintero radicado en su pueblo natal,
Virville, en el Eure. En los tiempos que Madame era aún posadera en Yvetot,
había sostenido en la pila baustimal la hija de este hermano que la nombraron
Constanza, Constanza Rivet; siendo ella misma una Rivet por su padre. El
carpintero que sabía a su hermana en buena posición, no la perdía de vista,
aunque no se encontrasen a menudo, retenidos ambos por sus ocupaciones y
viviendo además lejos uno de otro. Pero como la niñita cumplía doce años, hacía
este año su primera comunión, él cogió la ocasión para un reencuentro, y
escribió a su hermana que contaba con ella para la ceremonia. Los ancianos
padres habían muerto, ella no podía negarse a su ahijada; aceptó. Su hermano
que se llamaba José, esperaba que a fuerza de atenciones llegaría a obtener
quizás que dejara un testamento a favor de la pequeña, Madame no tenía niños.
La profesión
de su hermana no le turbaba en absoluto sus escrúpulos y el resto, las personas
del pueblo no sabían nada. Se decía solamente, cuando se hablaba de ella: - La
señora Tellier es una burguesa de Fécamp -, asumiéndose que podía vivir de sus
rentas. De Fécamp a Virville se contaban menos de veinte leguas; veinte leguas
de tierra para los campesinos son más difíciles de cruzar que el océano para
alguno de la ciudad. La gente de Virville no había jamás pasado más allá de
Rouen; nada atraería a los de Fécamp a un villorrio de quinientos hogares,
perdido en medio de la llanura y que era parte de otro departamento. En fin, no
se sabía nada.
A medida que
la época de la comunión se acercaba Madame sentía una gran inquietud. No tenía
un relevo, y no osaría de ninguna manera a dejar su casa, ni siquiera durante
un día. Todas las rivalidades entre las damas de lo alto y de los bajos
estallarían infaliblemente; luego Federico se emborracharía sin duda, y cuando
estaba achispado, fastidiaba a la gente por nimiedades. Por fin se decidió a
llevar a todo el mundo, excepto al camarero a quién le dio dos días de
licencia.
Consultado
el hermano no hizo ninguna objeción, y se encargó de alojar la compañía
completa por una noche. Así las cosas, el sábado por la mañana, el tren expreso
de las ocho llevaba a Madame y sus compañeras en un vagón de segunda clase.
Hasta
Beuzeville fueron solas y parlotearon como unas cotorras. Pero en esta estación
subió una pareja. El hombre un viejo campesino, vestido con una blusa azul, con
un cuello plisado, las mangas amplias ajustada en los puños y adornadas de un
pequeño bordado blanco, tocado de un antiguo sombrero de copa alta donde el
pelo rojizo parecía cerda, tenía en una mano un inmenso paraguas verde, y en la
otra un canasto grande que dejaba asomar las cabezas alarmadas de tres patos.
La mujer, rígida en su atavío rustico, tenía una fisonomía de gallina con una
nariz puntiaguda como un pico, Se sentó al frente de su hombre y permaneció sin
moverse, impresionada de encontrarse en medio de una compañía tan elegante.
Había en
efecto, dentro del vagón un resplandor de colores brillantes. Madame toda en
azul, en seda azul de pies a cabeza, llevaba encima un chal de falsa cachemira
Francesa, roja, relumbrante, fulgurante. Fernanda resoplaba dentro de un
vestido escocés cuyo corpiño apretado a toda fuerza por sus compañeras,
levantaba sus caídos pechos en una doble cúpula siempre agitada que parecía
liquido bajo la ropa.
Rafaela, con
un tocado emplumado simulando un nido lleno de pájaros, llevaba un vestido
lila, con lentejuelas doradas, con un aire oriental que se ajustaba a su
fisonomía de Judía. Rosa la Jaca, con falda rosa de amplios vuelos, parecía una
niña demasiado gorda, de una enana obesa; las dos bombas parecían estar
envueltas en ropas extrañas hechas de viejas cortinas de ventanales, de esas
viejas cortinas rococó de la época de la Restauración.
Tan pronto
que las damas dejaron de estar solas en el compartimiento, tomaron una
expresión grave, y se pusieron a hablar de cosas relevantes para dar una buena
impresión. Pero en Bolbec apareció un señor con patillas rubias, con unas
sortijas y una cadena de oro, que puso en el portaequipaje sobre su cabeza
muchos paquetes envueltos en tela de hule.
Tenía un
aspecto de bromista y niño bueno. Saludó, sonrió y preguntó con desenfado: - ¿
Las damas cambian de guarnición? - Esta pregunta dejó en el grupo una confusión
embarazosa. Madame una vez recuperado el aplomo, respondió secamente, para
vengar el honor del gremio: - Ud. Podría ser más educado - Él se excusó: -
Perdón, debí decir de convento - Madame no encontró nada que replicar, o juzgó
que la rectificación era suficiente, hizo un saludo digno apretando los labios.
Entonces el
señor, que se encontraba entre Rosa la Jaca y el viejo campesino, se puso a
guiñarles los ojos a los tres patos cuyas cabezas salían del canasto; luego
cuando sintió que había interesado a su publico, comenzó a hacer cosquillas a
los animales bajo el pico, acompañándolo de dichos jocosos para divertir a la
concurrencia: - Nos han quitado nuestra la-lagunita ¡Cua! ¡cua! ¡cua! Para
encontrarnos con el asa-asador, ¡Cua! ¡cua! ¡cua!.
Los pobres
animales torcían el cuello para evitar las caricias, haciendo ingentes
esfuerzos para salir de su prisión de mimbre; luego repentinamente los tres al
mismo tiempo lanzaron un miserable grito de aflicción: - ¡Cua! ¡cua! ¡cua!
¡cua! - Entonces hubo una explosión de risas entre las mujeres. Se agachaban,
se empujaban para ver; se interesaron locamente en los patos; y el señor
redoblaba su gracia, su ingenio y sus bromas.
Rosa se
cruzó y se recostó entre las piernas de su vecino, besó a los tres animales
sobre el pico. Inmediatamente cada mujer quiso besarlos a su turno; y el señor
las sentaba sobre sus rodillas, las hacía saltar, las piñizcaba; pronto ya las
tuteaba.
Los dos
campesinos, mas espantados que sus aves, movían sus ojos enloquecidos sin osar
hacer el menor movimiento y sus viejos rostros arrugados no hacían una sonrisa
o una mueca.
Entonces el
señor que era vendedor viajero, ofreció como broma unos tirantes a las damas,
y, tomando uno de sus paquetes, lo abrió. Era una artimaña, el paquete contenía
ligas.
Las había en
seda azul, en seda roja, en seda violeta, en seda malva, en seda escarlata, con
unas hebillas de metal formadas por dos cupidos enlazados y dorados. Las chicas
lanzaron gritos de alegría, luego examinaron el muestrario, imbuidas de la
gravedad natural de toda mujer que palpa un objeto de vestir. Se consultaban
con la mirada o con una palabra cuchicheada, se respondían a sí mismas, y
Madame manipulaba con ansia un par de ligas naranjas, más grandes, más
imponentes que las otras: verdaderas ligas de patrona.
El señor
esperaba, alimentando una idea: - vamos, mis gatitas, dijo, debemos probarlas
-. Fue una tempestad de exclamaciones; y ellas se tiraron sus faldas entre sus
piernas como si hubiesen temido una violación. El tranquilo esperaba su hora.
Dijo: - Si ustedes no quieren, yo reempaco. Luego finalmente: - Yo regalaría un
par, a elección, a las que se probaran -. Pero ellas no querían, muy dignas,
con el talle levantado. Las dos Bombas sin embargo parecían tan tristes que
renovó la proposición. Flora Columpio sobretodo, torturada de deseo, dudaba
visiblemente. Él la presionó: - Vamos, mi hija, un poco de coraje, toma, el par
lila, irá bien con tu vestido -. Entonces se decidió y levantando su falda,
mostró una robusta pierna de vaquero, con una media burda mal estirada.
El señor, se
agachó, abrochó la liga bajo la rodilla primero, después más arriba; le hacía
cosquillas suave
mente a la muchacha, para hacerle emitir grititos con unos
bruscos estremecimientos. Cuando terminó, le dio el par lila y dijo: - ¿A quién
le toca?. Todas gritaron al mismo tiempo: - ¡A mí! ¡a mí!. Comenzó por Rosa La
Jaca, que descubrió una cosa informe, completamente redonda, sin tobillo, una
verdadera "salchicha de pierna", como decía Rafaela.
Fernanda fue
felicitada por el vendedor entusiasmado de sus poderosas columnas. Las flacas
tibias de la bella Judía fueron menos exitosas. Luisa Cocote, por broma, cubrió
al señor con su falda, y Madame se sintió obligada a intervenir para terminar
con esa farsa embarazosa. Por fin la propia Madame, estiró su pierna, una bella
pierna Normanda, gruesa y musculosa; y el vendedor, sorprendido y encantado, se
sacó galantemente su sombrero para saludar aquella ejemplar pantorrilla, como
un verdadero caballero Francés.
Los dos
campesinos, paralogizados inmovilizados por el estupor, miraban de lado, con un
solo ojo; se parecían tanto a los pollos que el hombre de las patillas rubias,
parándose, les hizo en la nariz - Co co r co -. Desatándose de nuevo un huracán
de risas.
Los viejos
se bajaron en Motteville, con su canasto, sus patos y su paraguas; y se escuchó
a la mujer decir a su marido al alejarse: - Son pécoras que van a ese diabólico
Paris -.
El simpático
vendedor Porteballe se bajó para Rouen, después de comportarse tan grosero que
Madame se vio obligada a ponerlo bruscamente en su lugar. Agregó como moraleja:
- Nos enseña a no hablar con el primero que venga.-
En Oissel,
cambiaron de tren, y en la estación siguiente encontraron al señor José Rivet
que les esperaba con una carreta grande llena de asientos y tirada por un
caballo blanco.
El carpintero besó educadamente a todas las damas
y les ayudó a subir en su carreta. Tres se sentaron sobre las tres
sillas del fondo; Rafaela, Madame y su hermano sobre los tres asientos de
adelante; y Rosa no halló donde sentarse, instalándose como pudo en las
rodillas de la gran Fernanda; luego el equipaje se puso en marcha. Pero muy
pronto, el trote brusco del caballo sacudía tan violentamente el vehículo que
las sillas comenzaron a bailar, tirando las pasajeras al aire, a la derecha, a
la izquierda, con unos movimientos de peleles, de muecas de alarma, de gritos
de terror, combinado de vez en cuando con unas sacudidas más fuertes. Se
aferraron a los costados del vehículo; los sombreros caídos en la espalda,
sobre la nariz o hacia los hombros; y el caballo blanco iba siempre, alargando
la cabeza, la cola erecta, una colita de ratón sin pelo con la cuál se golpeaba
las ancas de vez en cuando. José Rivet, con un pie apoyado en el pescante, la
otra pierna replegada sobre si mismo, los codos muy elevados, sostenía las
riendas, y de su garganta escapaban constantemente una suerte de cloqueo que
hacía parar las orejas al jaco, y apurar su trote.
De ambos
lados del camino la campiña verde se desbordaba. Las colzas en flor mostraban
de trecho en trecho un mantel amarillo ondulante de donde se elevaba un
saludable y fuerte aroma, un perfume penetrante y dulce, transportado desde muy
lejos por el viento. Entre el centeno ya crecido unos arándanos mostraban sus
pequeñas cabezas azul celeste que las mujeres quisieron recoger, pero el señor
Rivet no quiso detenerse.
Luego de vez
en cuando, un campo todo entero parecía regado de sangre de tanto que las
amapolas lo había invadido. Y al medio de esas praderas coloreadas así por las
flores de la tierra, la carreta, que pasaba llevando ella misma un ramo de
flores de colores más ardientes, pasaba al trote del caballo blanco,
desapareciendo detrás de los grandes árboles de una granja, para reaparecer al
fondo del follaje y caminar de nuevo a través de los campos amarillos y verdes,
salpicados de rojo o de azul, la brillante carretada de mujeres que huían bajo
el sol.
Dieron la
una cuando llegaron a la puerta del carpintero.
Estaban
exhaustas y pálidas de hambre, no habían tomado nada desde la salida. La señora
Rivet se abalanzó, las hizo descender una después de la otra, las besaba
inmediatamente que tocaban tierra; y no perdía oportunidad de besar a su
cuñada, que quería acaparar. Comieron en el taller desocupado de las mesas de
trabajo por el almuerzo del día siguiente.
Una tortilla
francesa casera seguida de una carne asada, regada de buena sidra burbujeante,
devolvió la alegría a todo el mundo. Rivet, para brindar, tenía tomado un vaso,
y su mujer servía, cocinaba, traía los platos, los retiraba, murmuraba en la
oreja de cada una: - ¿No quiere un poco más?. Una pila de tablas apoyadas en
las paredes y unos montoncitos de virutas barridos en la esquina despedían un
perfume de madera cepillada, un olor a carpintería, esa inhalación resinosa que
penetra al fondo de los pulmones.
Preguntaron
por la pequeña pero estaba en la iglesia, no regresó hasta la tarde.
El grupo
salió para hacer un paseo por el pueblo. Era un pueblito atravesado por una
calle ancha. Una decena de casas en fila a lo largo de esta única vía cobijaba
a los comerciantes del lugar, el carnicero, el abacero, el carpintero, el
tabernero, el zapatero y el panadero. La iglesia al fondo de esta suerte de
calle, estaba rodeada de un estrecho cementerio; y cuatro tilos inmensos,
plantados delante de su portal, la ensombrecían completamente. Estaba
construida en pedernal tallado, sin ningún estilo, y coronada de un campanario
de pizarra. Detrás de ella la campiña volvía a aparecer, recortada, aquí y allá
por arboledas escondiendo las granjas.
Rivet, por
etiqueta, aunque vestía ropa de trabajo, daba el brazo a su hermana que paseaba
majestuosamente. Su mujer, muy emocionada por el vestido de lentejuelas doradas
de Rafaela, se ubicó entre ella y Fernanda. Rosa la glotona trotaba detrás con
Luisa la Cocote y Flora Columpio, que cojeaba, extenuada.
Los vecinos
salían a las puertas, los niños detenían sus juegos, una cortina levantada dejó
entrever una cabeza tocada de un gorro de indiana; una vieja con muleta y casi
ciega se santiguó como al paso de una procesión; y todos seguían mirando por
largo tiempo las hermosas damas de la ciudad que habían venido de tan lejos
para la primera comunión de la pequeña de José Rivet. Una inmensa consideración
recaía sobre el carpintero.
Al pasar
delante de la iglesia, escucharon los cantos de los niños: un cántico gritado
hacia el cielo por unas vocecitas agudas; pero Madame les impidió entrar, para
no perturbar a aquellos querubines.
Después de
un paseo por la campiña, y después de enumerar las principales propiedades, del
rendimiento de la tierra y de la producción del ganado, José Rivet retornó su
rebaño de mujeres y lo instaló en sus alojamientos.
Como el lugar era muy pequeño, se les había repartido de dos en dos en las
habitaciones.
Rivet, por
esta vez dormiría en el taller sobre las virutas; su mujer compartiría su cama
con su cuñada, y en el dormitorio del lado, Fernanda y Rafaela descansarían
juntas, Luisa y Flora se encontraban instaladas en la cocina sobre unos colchones
tirados en el suelo y Rosa ocupaba un pequeño closet negro al lado de la
escalera, encontrado con un armario estrecho donde yacería esa noche la
comulgante.
Cuando la
niña regresó, le llegó una lluvia de besos; todas las mujeres la querían
acariciar, con esa necesidad de expansión tierna, esa actitud profesional de
cariño, que en el vagón les había hecho a todas besar los patos. Cada una la
sentó en sus rodillas, manosearon sus finos cabellos rubios, la estrecharon en
sus brazos con ímpetus de afección vehemente y espontáneos. La niña muy
prudente, compenetrada de piedad, como inconmovible por la absolución, se
dejaba hacer, paciente y contemplativa.
Como la
jornada había sido agotadora para todos, se acostaron muy pronto después de
cenar. Ese silencio infinito de los campos que parece casi religioso
envolviendo al pueblito, un silencio quieto, penetrante, y extenso hasta las
estrellas. Las muchachas, acostumbradas a las tumultuosas veladas del hotel
galante, se sentían emocionadas por este silencio de descanso de la campiña
dormida. Tenían escalofríos en la piel, no de frío, sino estremecimientos de
soledad que provenían de un corazón inquieto y turbado.
En seguida
que se acostaron, de dos en dos, se abrazaron como para protegerse de esta
invasión de calma y profundo sueño de la tierra. Pero Rosa la Jaca, sola en su
closet negro, y poco acostumbrada a dormir con los brazos vacíos, se sentía
embargada por una emoción vaga y dolorosa. Se revolvía en su cama sin poder
dormir, cuando escuchó, detrás del tabique de madera pegada a su cabeza, unos
débiles sollozos como los de un niño que llora. Temerosa, llamó débilmente, y
una vocecita entrecortada la respondió. Era la niña que dormía siempre en el
dormitorio de su madre, tenía miedo en su desván estrecho.
Rosa,
encantada, se levantó, y suavemente, para no despertar a nadie, fue a buscar a
la niña. La trajo a su cama cálida, la apretujó contra su pecho en un abrazo,
la mimó, la envolvió de su ternura de manifestaciones exageradas, luego, ya
calmada, se durmió. Al amanecer la comulgante reposaba su frente sobre el seno
desnudo de una prostituta.
A las cinco,
al Ángelus, la pequeña campana de la iglesia sonando a todo repique despertó a
estas damas que dormían normalmente la mañana entera, único descanso de sus
fatigas nocturnas. Los campesinos de la aldea estaban ya en pié. Las mujeres
del lugar iban afanosas de puerta en puerta, charlando animosamente, llevando
con cuidado unos vestidos cortos de muselina almidonada como cartón, o unos
cirios enormes, con un lazo de seda con franjas de oro en el medio. El sol ya
alto brillaba en un cielo completamente azul que mantenía en el horizonte un
tinte un poco rosado, como una huella tenue de la aurora. Familias de gallinas se
paseaban delante de sus casas, y, de vez en cuando, un gallo negro de cuello
brillante levantaba su cabeza coronada de púrpura, batía las alas, y lanzaba al
viento su canto de bronce que repetían los otros gallos.
Llegaron
unos carruajes de los municipios vecinos, descargando en las pisaderas de las
puertas las altas Normandas en vestidos oscuros, con el chal cruzado sobre el
pecho afirmado por una joya de plata antiquísima. Los hombres habían puesto el
guardapolvo azul sobre la levita o sobre el viejo vestido de tela verde cuyos
faldones asomaban por debajo.
Cuando los
caballos estuvieron en las pesebreras, había a lo largo de toda la el ancho
camino una doble línea de cacharros rústicos, carretas, cabrioles, tílburis,
carros con asientos, coches de todas las formas y de todas las edades, apoyados
de punta o bien con el culo por tierra y los varales al cielo.
La casa del
carpintero estaba llena de una actividad de colmena. Las damas en bata y
enagua, el pelo suelto sobre la espalda, unos cabellos ralos y cortos que se
diría descoloridos y raídos por el uso, se ocupaban de vestir a la niña.
La pequeña,
de pie sobre una mesa, no se movía, mientras que Madame Tellier dirigía su
batallón volante. La lavaron, la peinaron, le pusieron la toca, la vistieron y
con la ayuda de muchos alfileres, ordenaron los pliegues del traje, ajustaron
el talle demasiado ancho, arreglaron la elegancia del atuendo. Luego que
terminaron, se hizo sentar la paciente recomendándole no moverse; y la tropa de
mujeres nerviosas corrieron a ataviarse a su vez.
La pequeña iglesia volvía a llamar. Su tañido débil de campana pobre ascendía
perdiéndose en el cielo, como una voz demasiado feble, rápidamente ahogada en
la inmensidad azulada.
Las
comulgantes salían de sus casas, dirigiéndose hacia el edificio comunal que
contenía las dos escuelas y la alcaldía, situado a un extremo del pueblo,
mientras que " la casa de Dios" estaba al otro extremo.
Los parientes en tenida de gala con una expresión incómoda y unos movimientos
torpes de cuerpos siempre encorvados sobre el trabajo, seguían a sus retoños.
Las niñas desaparecían en una nube de tul blanco parecido a la crema batida,
mientras que los niños, parecían embriones de camareros de café, caminaban con
las piernas separadas para no manchar sus pantalones negros.
Era un honor
para la familia cuando un gran número de parientes, venidos de lejos, rodeaba
al niño: de esta manera el triunfo del carpintero era completo. El regimiento
Tellier, patrona a la cabeza, seguía a Constanza; el padre daba el brazo a su
hermana, la madre caminaba al lado de Rafaela, Fernanda con Rosa, y las dos
Bombas juntas, la tropa se desplegaba majestuosamente como un estado mayor en
uniforme de parada.
El efecto en
el pueblo fue pasmoso.
En la
escuela las niñas se organizaron bajo la toca de la monja los muchachos bajo el
sombrero del profesor, un hombre buen mozo que se las traía; partieron atacando
un cántico.
Los niños a
la cabeza formaban sus dos filas entre las dos líneas de coches sin caballos,
las niñas seguían en el mismo orden; como todos los vecinos habían cedido el
paso a las damas de la ciudad por respeto, ellas quedaron inmediatamente detrás
de los pequeños, prolongando aún más la línea de la procesión, tres a la
izquierda y tres a la derecha, con sus atavíos brillantes como un ramillete de
fuegos artificiales.
Su entrada
en la iglesia enloqueció a la población. Se empujaban, se daban vuelta, se empinaban
por verlas. Y las devotas
hablaban demasiado alto, estupefactas por el espectáculo de estas damas mas
engalanadas que las casullas de los cabildos. El alcalde ofreció su banca, la
primera banca a la derecha junto al coro, y madame Tellier se ubicó junto a su
cuñada, Fernanda y Rafaela. Rosa la Jaca y las dos Bombas ocuparon la segunda
banca junto al carpintero.
El coro de
la iglesia estaba lleno de niños de rodilla, las niñas a un lado y los niños al
otro, y los largos cirios que sostenían en sus manos parecían lanzas inclinadas
en todas direcciones.
Ante el
facistol, tres hombres de pie cantaban a toda voz. Prolongaban
interminablemente las sílabas del latín sonoro, eternizando los Amén con unas
a-a indefinidas que el serpentón sostenía con su nota monótona impelida sin
fin, bramado por el instrumento de cobre de ancho hocico. La voz aguda de un
niño replicaba, y de vez en cuando, un sacerdote sentado en un sitial y tocado
con una birreta cuadrada se levantó, barbullando alguna cosa y sentándose de
nuevo, mientras que los tres cantores comenzaban nuevamente, los ojos fijos
sobre el grueso libro de cantos abierto ante ellos y sostenido por las alas
desplegadas de un águila de madera montada sobre el pedestal.
Luego se
hizo un silencio. Todos los presentes al mismo tiempo se pusieron de rodillas,
apareció el oficiante, anciano, venerable, con su pelo blanco, inclinado sobre
el cáliz que sostenía en su mano derecha. Delante de él caminaban los dos
monaguillos en sotanas rojas, y detrás apareció una muchedumbre de cantores con
gruesos zapatos que se alinearon a ambos lados del coro.
Una
campanilla sonó en medio de un gran silencio. El oficio divino comenzaba. El
sacerdote circuló lentamente delante del tabernáculo de oro, hizo unas
genuflexiones, salmodió con una voz cascada, temblorosa de vejez, las oraciones
preparatorias. En cuanto se callaba, todos los cantores y el serpentón rompían
al unísono, y los hombres también cantaban en la iglesia, con una voz mas callada,
más humilde, como deben cantar los feligreses.
De pronto el
Kyrie Eleison saltó hacia el cielo, empujado por todos los pechos y los
corazones. Unos granitos de polvo y fragmentos de madera carcomida cayeron
incluso de la antigua bóveda sacudida por esta explosión de gritos. El sol que
golpeaba sobre las tejas del techo hacía un horno de la pequeña iglesia; una
gran emoción, una expectante ansiedad, la proximidad del inefable misterio,
oprimía el corazón de los niños, apretando la garganta de sus madres.
El sacerdote
que se había sentado un rato, volvió hacia el altar, y, la cabeza descubierta,
cubierta de sus cabellos de plata, con unos gestos trémulos, se acercaba al
acto sobrenatural.
Se volvió
hacia los fieles, y, con las manos extendidas hacia ellos, pronunció: Orate,
fratres", " orad mis hermanos. Todos oraron. El anciano cura balbucía
las palabras misteriosas y supremas; la campanilla tintineó repetidamente, la
muchedumbre prosternada clamaba a Dios; los niños caían en una intensa
ansiedad.
Fue entonces
cuando Rosa, la frente en sus manos, se recordó de repente de su madre, la
iglesia de su pueblo, su primera comunión. Se creyó de vuelta a aquel día
cuando era pequeña, toda envuelta en su vestido blanco, y se puso a llorar.
Ella lloró quedamente primero; las lágrimas lentamente salían de sus párpados,
luego con sus recuerdos, su emoción en aumento, y, el cuello hinchado, el pecho
palpitando, sollozó. Había sacado su pañuelo, secado sus ojos, se tapaba la
nariz y la boca para no gritar; todo fue en vano; una especie de gemido salió
de su garganta, y otros dos suspiros profundos, desgarradores, le respondieron;
porque sus dos vecinas, abatidas junto a ella, Luisa y Flora cogidas de los
mismos recuerdos lejanos gemían también con torrentes de lágrimas.
Como las
lágrimas son contagiosas, Madame, a su vez, sintió pronto sus párpados húmedos,
y, se volvió hacia su cuñada, vio que toda su banca lloraba también.
El sacerdote
engendraba el cuerpo de Dios. Los niños ya no pensaban, lanzados sobre las
baldosas por una especie de miedo devoto, y, en la iglesia, de tanto en tanto,
una mujer, una madre, una hermana, tomada por la extraña simpatía de tiernas
emociones, perturbadas también por estas hermosas damas de rodillas que se
estremecían de emoción e hipos, empapaban sus pañuelos de indiana a cuadros y
con la mano izquierda, apretaban violentamente su corazón desbocado.
Como la
pavesa que salta esparce el fuego a través de un sembrado maduro, las lágrimas
de Rosa y sus compañeras se extendieron a toda la concurrencia. Hombre,
mujeres, viejos, jóvenes en blusón nuevo, todos pronto sollozaban, y sobre sus
cabezas parecía flotar una cosa sobrehumana, un alma expandida, el hálito prodigioso
de un ser invisible y todopoderoso.
Entonces, en
el coro de la iglesia, un pequeño golpe seco sonó: la monja, golpeando sobre su
libro, dio la señal de la comunión; y los niños, temblando de una fiebre
divina, se aproximaron a la santa mesa.
Toda una fila se arrodilló. El anciano cura, sosteniendo en la mano el cáliz de
plata dorado, pasaba delante de ellos, su ofrenda, entre dos dedos, la hostia
sagrada, el cuerpo de Cristo, la redención del mundo. Ellos abrían la boca con
unos espasmos, unas muecas nerviosas, los ojos cerrados, la cara totalmente
pálida; y la lengua plana extendida sobre sus barbillas temblorosas como el
agua que corre.
Súbitamente
en la iglesia una suerte de locura, un rumor de muchedumbre en delirio, una tempestad
de suspiros con unos gritos contenidos. Pasaba como esas ráfagas de viento que
abaten los bosques; y el sacerdote permanecía de pie, inmóvil, una hostia en la
mano, paralizado por la emoción, diciendo: - Es Dios, es Dios que está entre
nosotros, que manifiesta su presencia, que desciende a mi voz sobre su pueblo
arrodillado.- Y balbució unas oraciones atolondradas, sin encontrar las
palabras, unas plegarias del alma, en un ímpetu furioso hacia el cielo.
Terminó de
dar la comunión con tanta sobreexcitación de fe que sus piernas casi no lo
sostenían, y cuando el mismo bebió la sangre del Señor, se sumergió en un acto
de agradecimiento desesperado.
Detrás de él
la gente, poco a poco se calmó. Los cantores, elevados por la dignidad de la
sobrepelliz blanca, replicaban con una voz menos segura, aún húmeda; y el
serpentón también parecía ronco como si el instrumento mismo hubiese llorado.
Entonces el
sacerdote levantó las manos, en un signo de que se quedaran quietos, y pasando
entre las dos filas de comulgantes perdidos en éxtasis de bondad, se aproximó a
la baranda del coro.
La asamblea
estaba sentada en medio de un ruido de asientos, y todos se sonaban con fuerza.
Cuando percibieron al cura, se hizo un silencio, comenzó a hablar en un tono
muy bajo, vacilante, velado.
- Mis
queridos hermanos, mis queridas hermanas, mis niños, estoy agradecido desde el
fondo del corazón: Me han dado la más grande alegría de mi vida. Sentí que Dios
descendió sobre nosotros a mi llamado. Él vino, está presente, que llenó
vuestras almas, hizo desbordar vuestros ojos. Soy el más antiguo sacerdote de
la diócesis, soy también, hoy día, el más feliz. Un milagro se ha hecho entre
nosotros, un verdadero, un gran, un sublime milagro. Mientras Jesucristo
penetraba por primera vez en el cuerpo de estos pequeños, el Espíritu Santo, la
paloma celeste, el soplo de Dios, cayó sobre vosotros, se apoderó de vosotros,
ustedes se abrazaron, doblegados como cañas ante la brisa -.
Luego, con
una voz más clara, se volvió hacia las dos bancas donde se encontraban las
invitadas del carpintero: - Gracias sobretodo a ustedes, mis queridas hermanas,
que han venido de tan lejos, y cuya presencia entre nosotros, cuya fe visible,
cuya piedad tan viva ha sido para todos un saludable ejemplo. Ustedes han sido
la edificación de mi parroquia; vuestra emoción ha enfervorizado los corazones;
sin ustedes, puede ser, esta gran jornada no habría sido de este carácter
verdaderamente divino. Ha sido suficiente algunas veces solo de una pequeña
elite para decidir al Señor a descender sobre el rebaño.
Se le quebró
la voz. Agregó: - Es la gracia que yo anhelo. Así sea. - Y se volvió hacia el
altar para terminar el oficio.
Ahora todos
tenían prisa por salir. Los propios niños se movían, cansados de la prolongada
tensión espiritual. Estaban famélicos, por lo demás, y los parientes, poco a
poco se iban, sin escuchar el último evangelio, para terminar los preparativos
de la comida.
Era una
muchedumbre a la salida, una muchedumbre bulliciosa, una mezcla de voces
ruidosas donde cantaba el acento normando. La gente formaba dos filas, y cuando
aparecían los niños, cada familia se precipitaba al suyo.
Constanza se encontró tomada, rodeada, abrazada por toda la familia de mujeres.
Rosa sobretodas no dejaba de abrazarla. Finalmente ella la tomó de una mano,
Madame Tellier se apoderó de la otra; Rafaela y Fernanda levantaban su larga
falda de muselina para que ella no la arrastrara por el polvo; Luisa y Flora
cerraban la marcha con la señora Rivet; y la niña, recogida, penetrada
totalmente por el Dios que ella portaba, se puso en camino en medio de esta
escolta de honor.
El banquete
estaba servido en el taller sobre grandes planchas sostenidas por unos
caballetes.
La puerta
abierta, dando sobre la calle, dejaba entrar toda la alegría del pueblo. Se
festejaba en todas partes. En cada ventana se veía unas mesas de gente
endomingada, y unos gritos salían de las casas en fiesta. Los campesinos en
brazos de camisa, bebían sidra vaciando las copas al seco, y en medio de cada
reunión se veían dos niños, aquí dos niñas, allá dos muchachos, comiendo en
cada una dos familias.
De vez en
cuando, bajo el pesado calor de mediodía, una carreta de bancos atravesaba el
lugar al trote saltarín de un viejo rocín, y el hombre en blusón que conducía
lanzaba una mirada de envidia sobre todo este despliegue de fiesta.
En la casa
del carpintero, la alegría guardaba un cierto aire de reserva, un resto de la
emoción de la mañana. Rivet solamente estaba en vena y bebía sin medida. Madame
Tellier miraba la hora a cada rato, porque para no tomar dos días seguidos sin
trabajar debían tomar el tren de las 3:55 que las dejaría en Fécamp por la
noche.
El
carpintero hacía toda clase de esfuerzos para distraer la atención y
mantenerlas hasta el día siguiente; pero Madame no se dejaba distraer; ella
nunca bromeaba cuando se trataba de negocios.
Inmediatamente
terminado el café, ordenó a sus asiladas se prepararan rápidamente; luego se
volvió a su hermano: - Tú, te vas a aparejar ahora -; y se fue a terminar sus
últimos preparativos.
Cuando bajó,
su cuñada la esperaba para hablar acerca de la pequeña; y mantuvieron una larga
conversación en la cuál nada se resolvió. La campesina astuta, falsamente
enternecida, y Madame Tellier, que tenía a la niña en sus rodillas, no se
comprometía a nada, prometía vagamente; se ocuparía de ella, había tiempo, se
volverían a ver.
Mientras tanto el coche no llegaba, y las mujeres no bajaban, se escuchaban grandes risotadas, empujones, explosiones de gritos, aplausos. Entonces, mientras la esposa del
carpintero se dirigía al establo para ver si el vehículo estaba listo, Madame,
finalmente subió.
Rivet, muy
borracho y a medio desvestir, trataba, pero en vano, de violentar a Rosa que se
moría de la risa. Las dos Bombas lo retenían por los brazos, tratando de
calmarlo, espantadas por esta escena después de la ceremonia de la mañana; pero
Rafaela y Fernanda lo incitaban, retorcidas de jolgorio, se mantenían a los
lados; lanzaban gritos agudos a cada uno de los esfuerzos inútiles del
borrachín. El hombre furioso, la cara roja, todo desguañangado, sacudía con
violentos esfuerzos las dos mujeres aferradas a él, y tiraba con toda sus
fuerzas las faldas de Rosa farfullando: -¿Puta, no quieres?- Pero Madame,
indignada, saltó, tomó a su hermano por los hombros, y lo tiró hacia atrás tan
violentamente que fue a golpear contra el muro.
Un minuto
más tarde, se le escuchó en el patio, bombeándose agua en la cabeza; cuando
subió a su carreta, estaba totalmente calmado.
Se pusieron
en camino como en la víspera, y el caballito blanco comenzó su paso vivo y
danzarín.
Bajo el sol
ardiente, la alegría dormida durante la comida se liberó. Las muchachas se
divertían ahora de las sacudidas del cacharro, empujando ellas mismas las
sillas de sus vecinas, estallando de risa en todo momento, recordando las vanas
tentativas de Rivet.
Una luz
salvaje llenaba los campos, una luz que enceguecía los ojos; y las ruedas
levantaban dos polvaredas que volaban largo tiempo detrás de la carreta sobre
la gran vía.
De repente
Fernanda que amaba la música, suplicó a Rosa que cantara; de aquí que ella
entonara vigorosamente "El gordo cura de Meudon". Pero Madame
inmediatamente la hizo callar, encontrando que era una canción poco conveniente
para ese día. Agregó: - Cántanos mejor alguna cosa de Béranger.- Entonces Rosa
después de haber dudado algunos segundos, hizo su elección, y con una voz
cansada comenzó "La abuela":
Mi abuela, una noche de su santo
había bebido dos dedos de vino puro
Nos decía, meneando la cabeza:
Qué de amores yo tuve en aquellos tiempos
Cuanto extraño
Mi brazo tan rellenito
Mi pierna bien torneada
Y el tiempo ido
Y el coro de muchachas, que Madame personalmente dirigía, replicaba:
Cuanto extraño
Mi brazo tan rellenito
Mi pierna bien torneada
Y el tiempo ido
- ¡Eso está bueno!- dijo Rivet, entusiasmado por el ritmo; y Rosa continuó:
Cómo, mamita, tú no tenías recato
- ¡ No verdaderamente ! y mis encantos
Sola a los quince años, aprendí a usarlos
Porque, en la noche yo no dormía
Todos juntos coreaban el estribillo; Rivet golpeaba con el pie el pescante,
llevaba el ritmo con las riendas sobre las ancas del caballito blanco quién,
como si hubiera sido impulsado por el ritmo, se puso al galope, un galope
tempestuoso, precipitando a las damas unas sobre las otras en el fondo de la
carreta.
Ellas se
pusieron a reír como unas locas. Y la canción continuó, vociferada a grito
pelado a través de la campiña, bajo un cielo abrasador, en medio de unos
cultivos maduros, al paso furioso del caballito que aceleraba ahora a cada
repetición del estribillo, y picaba cada vez cien metros de galope, con gran
alegría de los viajeros.
De vez en cuando, algún cantero se enderezaba, y miraba a través de su máscara
de alambres a esta carreta furiosa y rugiente, seguida por la polvareda.
Cuando
descendieron en la estación, el carpintero se emocionó: - Es una pena que
ustedes se vayan, lo habríamos pasado muy bien.-
Madame le
respondió sensatamente: - Cada cosa a su tiempo, no puede ser siempre solo
diversión. - Entonces una idea iluminó la mente de Rivet. - Vean , dijo, yo las
iré a ver a Fécamp el mes próximo. - Miró a Rosa con un aire astuto, con ojos
brillantes y de granuja. - Vamos, concluyó Madame, hay que ser bueno: Puedes
venir si tú quieres , pero no hagas tonterías.
No
respondió, y como se escuchó silbar al tren, se puso a besar a todas. Cuando le
tocó a Rosa, se empeñó en encontrar su boca que ella, riendo detrás de sus
labios cerrados, lo evitaba cada vez con un rápido movimiento de lado. La tenía
abrazada; pero no podía lograrlo, debido a su gran látigo que tenía en su mano
y que en sus esfuerzos, agitaba desesperadamente tras la espalda de la
muchacha.
- Los
pasajeros para Rouen, embarcarse -, gritó el asistente del conductor. Se
subieron.
Un corto
pitido se escuchó, repetido enseguida por el resoplido potente de la locomotora
que escupió ruidosamente su primer chorro de vapor mientras las ruedas
comenzaban a rodar lentamente con gran esfuerzo.
Rivet, solo
en el interior de la estación, corrió al andén para ver una vez más a Rosa; y a
medida que el carro lleno de mercancía humana pasaba delante de él, se puso a
restallar el látigo, saltando y cantando con toda sus fuerzas:
Cuanto extraño
Mi brazo tan rellenito
Mi pierna bien torneada
Y el tiempo ido
Luego miraba perderse a lo lejos un pañuelo blanco que alguien agitaba.